Castillos de arena levantados con fuerza de ley
Opinión, por Hernán Lascano / La Capital

Viernes 27 de Marzo de 2009

Tanto le debemos a Roland Barthes, un formidable observador de las creaciones discursivas, todos los que vivimos de las palabras. Ahí están sus advertencias para quien se aventure a oírlas: la transparencia de la lengua, la idea de que algo dicho refiere a una cosa o a un hecho, es ilusoria. Algo que leemos en el diario u oímos por radio, y que por ello nos parece tan sólido, resulta de complejas tramas de construcción. De ellas a menudo podemos ser víctimas los mismos que lanzamos los enunciados, sin que haya necesariamente un culpable. Más que tomar el lenguaje para decir algo, el lenguaje nos suele tomar a nosotros, para poner en evidencia —a veces en ridículo— que lo que se dice y lo que pasa son cosas distintas.

La lengua es asertiva, propone la Lingüistica Estructural, de la que provenía Barthes. En la afirmación hay como una norma que rige al discurso. Si alguien dice "Una joven fue traída de Chaco y forzada a prostituirse en Rosario" tal situación existirá para nosotros, como si lo consagrara una ley, sólo porque se ha dicho.

Ante la majestad de esa ley los enunciados son difíciles de desmantelar. Por la dinámica que rige su modo de producción (los tiempos de cierre, el imperativo de rapidez ante la competencia) los medios presentan como terminados hechos de los que sólo hay versiones precarias, porque acaban de ocurrir.

Pero cuando la aparición de novedades, como la acción de un juez, agrega ladrillos a esa afirmación inicial y provisoria, el macizo edificio que creímos ver puede venirse abajo. Hoy sabemos que la causa de un choque en cadena en Arroyo Seco no era, como creímos el primer día, el humo de un horno de ladrillos. O que el detonante de un paro de taxis de 30 horas, hace tres años, no fue el asalto que contó un chofer sino un incidente que éste tuvo con su hijo.

Pasa con todos los hechos, pero en especial, con los que involucran emociones o peligros para la vida. Cualquier cosa que se afirme en ese mundo, donde los sentimientos se elevan al rango de verdad, logra adhesiones más o menos automáticas.

La denuncia de Daniela era verosímil, porque se articuló sobre un fenómeno que existe, como la trata de personas, y sobre un fondo de emociones arraigadas que le daban crédito inmediato. Pero eso que contaron los medios no fue lo que pasó. Fue sólo una afirmación insustancial que tuvo la fuerza de una ley.