Carta abierta a un hombre cerrado
Proyecto audiovisual voluble, inconsistente. Guión cinematográfico superpuesto, indecoroso. Elevado presupuesto, estrafalario. Actuaciones duras. Gestos casi comerciales.

Martes 20 de Octubre de 2009

Proyecto audiovisual voluble, inconsistente. Guión cinematográfico superpuesto, indecoroso. Elevado presupuesto, estrafalario. Actuaciones duras. Gestos casi comerciales. Ademanes asquerosos. Miradas vacías de unión, desbordantes de cólera. Sinopsis ilógica, imposible de entender. Drama tragicómico. Argumento desarmado, desarticulado. Y, como si semejante panorama creativo no fuera aún demasiado funesto, la historia del país entreteje la trama que protege al director de este circo que se enorgullece en exhibir leones sin dientes, payasos sin risas, magos sin magia. Argentina se erige como la embajada en la que el injerto científico-deportivo se convierte en intocable, en héroe, en prócer o en mártir. Fue una pieza excelente. Brillante. Desbordante. Sobresaliente. Pero la pieza es pieza al fin. Una voz la controla. La mente alejada de un estratega, que planea el juego desde lo alto del tablero, la domina. No importa si se es rey, torre o alfil. La pieza continuará, en esencia, siendo pieza. Marioneta de circo, en tonos grisáceos, en una carpa que entremezcla el negro con el blanco. Y, embriagado de falsa autoridad, este "Napoleón sudamericano a escala" insulta, ataca. Todo espíritu es responsable de lo que ha llegado a ser. Pero no hay alma culpable de lo que uno no es ni podrá llegar a ser jamás. Fue pieza, la memoria de un país inmortaliza este logro, lo ampara. Pero no aspire, copia made in Argentina de Luis XIV, a elevarse al rango de general, comandante o capitán. Señor Maradona, no escupa en su propio altar. No sea el Poncio Pilatos de su propia historia. La culpa es suya, de nadie más. Responsabilidad y mando son sus deberes máximos, sus premisas. Su descarrilamiento verbal profanó su memoria, su retórica insolente aniquiló sus glorias añejas. Le preguntaron sobre el balance de su minusválido proceso y usted, ídolo del escape por la tangente, profesó su asco para con el término "proceso". Alegato simple, sencillo. "Proceso me hace acordar a Videla", confesó. Se recuerda que entre las inhumanas atrocidades enumeradas en el currículum de los golpistas sobresale la censura, la inyección letal a la libertad de expresión. Y usted, al recibir críticas con ira filosa y cortante, no se sitúa muy lejos. Es peligroso confundir valentía con carencia de educación, rebeldía con falta de respeto. No se crea un correcto imitador de Don Corleone, le falta sutileza, diplomacia. Pero su "modus operandi" lo iguala en violencia. Si el acto singular de una personalidad en particular es el reflejo de un pueblo y de su cultura, entonces deberían replantearse ciertos requisitos a demandar para llegar a ser coronado como noble soberano de nuestra injusta historia.

Sebastián Isla, andas_Seba_andas@hotmail.com