Lunes 03 de Marzo de 2014
Lo dice la canción del autor y compositor chileno Julio Numauser: "Cambia, todo cambia"; y entre tantas cuestiones, han cambiado los carnavales. Sólo queda el recuerdo de aquellos corsos con carrozas, pierrots, colombinas, mascaritas, arlequines, papel picado, serpentinas y otros disfraces. Colombina, Pierrot y Arlequín son personajes de "La Comedia del Arte"; género teatral de origen francés. Sí; apenas queda el recuerdo de aquellas siestas en las que los vecinos jugaban con agua. El recuerdo del inocente pomo, los pitos, cornetas, matracas, y las murgas bullangueras que dejaban a su paso atrevidas coplas. Reside en la evocación de gente memoriosa y con muchos "febreros vividos", aquella marquesa de la risa loca y la colombina que puso fuego de una hoguera, como en el tango "Siga el corso", de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez. Cuentan las abuelas que en la década del 30 para los carnavales, el veredón de Alberdi; ése de los eucaliptos y los tranvías quedaba tapizado de serpentinas. Lo mismo sucedía, dicen, en otros lugares de Rosario donde la famosa serpentina era un signo distintivo de esa tradicional celebración pagana, y volaba desde la gente a los integrantes de las carrozas y viceversa, así como entre los que iban y venían por el corso. Pero en las grandes ciudades el carnaval se fue apagando hasta casi extinguirse. Los municipios hicieron esfuerzos para que volviera a tener importancia y recuperara su pasado brillo. Así; el rey Momo (echado del Olimpo por chistoso y criticón), despertó en la costanera correntina de la mano de las grandes comparsas. Y desde hace unos años, también Gualeguaychú le dio esplendor a sus carnestolendas. Aquellos corsos de las décadas del 30 y del 40 quedaron para la recordación nostalgiosa. No digo que hayan sido mejores, fueron diferentes; los actuales tienen otro estilo. Pero más allá de épocas, formas y matices, en carnaval la vida no se detiene; sigue transcurriendo con sus luces y sombras; en carnaval, como escribió Le Pera, el mundo sigue andando. En tanto en Rosario, muchos aún recuerdan al español Alfonso Alonso Aragón; como dice Rafael Ielpi, un rey sin reinado. Hoy, como ayer disfrazado de rey Momo, el "poeta Aragón" debe andar con su triste sonrisa por los parques y plazas del cielo, repartiendo sus famosas poesías que no resistían el menor análisis literario, pero encerraban esa especie de locura y fantasía que poblaban su vida sencilla. Hoy debe estar pensando... ¡cómo han cambiado los carnavales!
Edgardo Urraco