Viernes 22 de Enero de 2010
Nadie que circule con diferentes tipos de vehículos a motor desconoce la gran cantidad de obstáculos que a diario deben sortearse por las calles de Rosario, a saber: pozos de todos los tamaños, lomos de burro despintados, badenes, camiones hormigoneros, los tradicionales corralitos de los cráteres que la empresa que provee el agua demora meses en reparar, carros a tracción a sangre, bicicletas y motos que circulan en contramano o que pasan los semáforos en rojo gozando a los automovilistas, etcétera. Por eso manejar en Rosario, más que una caravana de deseos, es una caravana de obstáculos. Es conveniente tratar de no variar en lo posible el recorrido diario para no ser sorprendido por algo nuevo. Por el camino de siempre se pueden llevar grabados en la memoria los inconvenientes anteriormente suscitados para así poder recordar de qué lado o en qué cuadra están los pozos. El lunes y martes pasado cambié de recorrido y el miércoles al mediodía volví a tomar el camino de siempre y apareció un nuevo lomo de burro no señalizado ni tampoco pintado de amarillo en la puerta de la cancha de hockey del club Gimnasia y Esgrima. Me di cuenta que algo pasaba porque un motociclista no se mató de milagro y pudo mantener el rodado como si fuera uno de los ases del Dakar. En mi caso venía circulando a unos 30 km por hora y sólo pegué la cabeza contra el techo del auto. Pero lamentablemente unas botellas de buen vino que viajaban en el baúl se rompieron.
Daniel Ciúffoli daniciu@hotmail.com