Martes 26 de Marzo de 2013
En su bien plumeado artículo "El cuento del buen Papa" (22 de marzo, página 22 de La Capital), Martín Caparrós se despacha contra la Iglesia Católica y contra el nuevo Papa. La belicosa nota censura pero omite comentar las innumerables obras buenas del catolicismo. Se enrola así en una posición anticlerical a ultranza que resulta maniquea. No digo que el maniqueísmo sea siempre algo malo. Digo que Caparrós, a quien las musas no lo rehúsan, es en este caso maniqueo y por tramos panfletario. En tanto, la Iglesia invoca un origen metafísico. Para los ateos, "la metafísica es la historia de la metafísica" (Jaspers). O "un conjunto de ilustres perplejidades" (Borges). Lo indudablemente venturoso de la Iglesia se exhibe en la asistencia material —no olvido la espiritual— a los más necesitados. Una asistencia incluso de mucha entidad en la Argentina. Caparrós, creo, debió ser más ecuánime, quedaba mejor parado, me temo que jamás hizo caridad en una villa. Mientras, opino, como él, que el aborto sentimental (derivado de una violación) o el terapéutico son discrecionales de la mujer. También hallo plausibles la inseminación artificial y el uso de anticonceptivos. Las personas nos vinculamos por tres estatutos decrecientemente compulsivos: la ley, la moral y el decoro. La moral religiosa rige entre quienes la comparten. Pero no respecto a quienes descreen. Porque la ética es laica y es una ciencia. Todos nos debemos a esa moral. De lo contrario, el mundo sería no un purgatorio sino un infierno. Si es que ya no lo es (también ignoro eso). O al menos Sartre: "El infierno son los otros".
Julio Chiappini