Buen viaje, amigo
Cuando Willy me avisó de la noticia acerca de su partida, me resistí a creerlo. Al menos fue mi respuesta institiva, de puro egoísta. Cuando llegan este tipo de noticias uno prefiere negarlas, como cuando deseamos eso de "que la gente buena no se vaya nunca".

Viernes 23 de Julio de 2010

Cuando Willy me avisó de la noticia acerca de su partida, me resistí a creerlo. Al menos fue mi respuesta institiva, de puro egoísta. Cuando llegan este tipo de noticias uno prefiere negarlas, como cuando deseamos eso de "que la gente buena no se vaya nunca". Conocí a Mario Borgonovo hace muy poco, alrededor del año 1984, cuando compartí muchas de las actividades culturales que realizó para Rosario acompañando a su entrañable amigo Rafael. Luego vinieron reuniones políticas y viajes de campaña electoral junto a su amigo Angel. Recuerdo que cuando dejé Rosario, allá por 1987, su empresa de publicidad había crecido, pautaba en todos los medios, sus carpetas de clientes estaban compuestas por las principales empresas de la plaza, pero él seguía siendo el mismo: jovial, buen amigo, preocupado siempre por el destino de uno, aunque yo era uno de los últimos que lo habían conocido. Para Mario valíamos igual: todos importaban. Pude devolverle algo de lo que me enseñó cuando yo ya estaba instalado en Buenos Aires. Esa vez le hicimos "pito catalán" a la parca, cuando quiso venir por Gime, su hija menor. Luego los caminos fueron separándose, mis visitas a Rosario eran muy esporádicas, pero cada vez que nos encontrábamos era como si siempre hubiéramos estado juntos. Su sonrisa, su extrema generosidad, su paternidad sin límites ni horarios fueron enseñanzas que siempre me marcaron. La última vez que nos vimos estaba acodado en Pinamar en la barra de su bar preferido. Nos cruzamos en un gran abrazo y el encuentro fue como todos esos anteriores: los bellos recuerdos, sus proyectos y sus amores: sus adoradas hijas, su cultura, su club de fútbol y sus amigos. Hoy la parca vino por él, pero poco se llevó. Lo más importante quedó en Rosario, su ciudad, a la que tanto amó. Mucho también quedó atrapado en el recuerdo de sus amigos, en las líneas que escribió en los diarios, en sus canciones... Quiera Dios que todo este dolor se transforme en el dulce recuerdo de quien en vida fue un ciudadano de ley, un padre ejemplar y un amigo entrañable. Buen viaje, amigo.

Jorge San Martino,

jorgesanmartino@yahoo.com.ar