Miércoles 25 de Mayo de 2011
La semana pasada (el primer día de luna llena del mes de mayo) una multitud celebró en Nepal el nacimiento de Buda, cuyo pensamiento dio origen a una de las más grandes religiones conocidas. Cuenta la historia que hace 2600 años, el príncipe Siddhartha, de la familia Gautamá, llamado también simplemente Buda, el iluminado, hizo un "clic" en su vida, que hasta ese momento, dado su condición social de clase alta, había sido pletórica de esplendor y bienestar, casi como la de algunos personajes actuales que hablan de pobreza como una entelequia que convendría "eliminar de raíz pero con paciencia y mucho tiempo". Lo diferente de aquel clic de Buda fue que al desconocer por su formación, la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte, se sintió muy impresionado al ver a un hombre enfermo, a un viejo y a un muerto. Aterrizó o le cayó la ficha, diríamos hoy, y esa experiencia le hizo abandonar su palacio y familia para emprender una vida de ascetismo que le permitiera hallar la paz y plenitud de su espíritu. Luego de aquel hecho, lo que le sucedió es conocido. Según comenta Radhakrishnan "aniquiló la ira, se hinchó de un amor universal, destruyó sus pasiones sensuales y consiguió por fin la felicidad extirpando de raíz todas las tendencias egoístas que suelen rondar al hombre". Como dijimos, pasaron ya 26 siglos de aquella historia y hoy --en general-- es muy raro que reaccionemos ante la pobreza con actos concretos despojados de hipocresía y estrategias eleccionarias. Ya no hay asombro por el reclamo de chapas, frazadas o algunos mendrugos de pan. Nos hemos habituado al paradójico júbilo de los jubilados, al malestar frente al Ministerio de Bienestar Social y a los chicos descalzos de fierro (de faltante de hierro) ¿Existe algún culpable de la inacción y la indiferencia? Oí decir que la culpa es de los modelos, aunque repasando postulados varios tocan la guitarra con estrategias para combatir la indigencia. Si hoy viviera aquel iluminado oriental recomendaría a funcionarios enriquecidos que se acerquen a una villa, a un dispensario o a un comedor comunitario. Pero eso sí, después de ser elegidos y no antes. Si pretendemos un cambio empecemos ya por nosotros mismos y aunque más no sea, por no hacernos los distraídos. Algo así como imitar a Buda y al clic que lo cambió.
Omar Pérez Cantón