Lunes 22 de Septiembre de 2014
No son pocos los que esperan la consagración primaveral; son quienes piensan que lo mejor del invierno es que cada jornada que transcurre acerca más a la primavera. Del latín prima (primer) y vera (verdor), la que le cambia el color al paisaje, esa que le pone otra vestidura a los árboles; la que despierta espíritus adormecidos y les devuelve el trinar a pájaros que silencian su canto durante la época invernal, como el simpático "chingolito" y la pequeña tacuarita, por ejemplo. El invierno, que cuando llega septiembre comienza a vivir resignado los últimos días de su mandato, a veces invita a su reino a esas olas de frío polar que ponen de rodillas a numerosas personas. Es por eso que mucha gente espera ansiosa la llegada de la estación que, como alguien dijera, es "la reina de las flores". Es que cuando ella se aproxima, los colores van preparando la fiesta anual del clima y a su influjo, hay un hermoso renacer en todas partes. No obstante a veces el tiempo desconoce las sugerencias del almanaque; se hace el desentendido y sigue obstinadamente jugando en la zona baja del termómetro. No presta atención cuando le informan que van retornando los días tibios que predisponen mejor el ánimo; no acusa recibo de ello aunque se lo anuncien las aves, los campos, las azaleas y los pensamientos de los canteros. Pero no importa; cuando se rebela y desconoce el inminente cambio de estación, igual va anidándose en el alma, su majestad: la primavera; que antes de su advenimiento triunfal comienza a preparar su especial ropaje milenario y sutil. Recuerdo que en las composiciones que sobre la estación de las flores y el reverdecer de las plantas hacíamos en la escuela primaria, salvo alguien que insinuaba algunas condiciones literarias siempre escribíamos lo mismo: los durazneros se visten de rosado y vuelven alegres las golondrinas. Después, con los años aprendimos que además la primavera invita al romanticismo y revive las ansias de amar. En aquella época una canción decía: "en el aire tibio hay olor a menta". Claro que en estos días lo del aroma a menta puede ser que exista en el campo, o más precisamente en la sierra; porque en nuestras ciudades, el aire tiene olor a muchas cosas menos a menta. Pero con la imaginación podemos hacer maravillas, y una de ellas, es sentir que el aire que respiramos por estas latitudes es el más tibio y aromado del mundo. La canción a la que hago referencia es: "Mama llevame pa'l pueblo", cuya autoría corresponde a Pedro Noda, Alfredo Loruso y Agustín Magaldi. Y ya instalados en la evocación de ese tema que entre otros grabó Nelly Omar; si escuchamos a la recordada "Gardel con polleras", podremos recorrer un camino de canto, arpa y guitarras, que nos llevará hasta un tiempo y un lugar donde la primavera (que para muchos significa "la de pleno vigor") despertaba a los jardines, a los campos, a los árboles y a los sentimientos amorosos, en un escenario de campestre pureza y virginal belleza.
Edgardo Urraco