Viernes 14 de Diciembre de 2012
Dos hábitos son los míos, imposibles de soslayar. Uno, caminar las calles rosarinas, y otro detenerme en algún bar para disfrutar de un rico café. Sabedora de la calidad de un buen café, lo bebo amargo y ahí sí descubro la tirada, la espuma. Durante el trajinar de la mañana de anteayer me topé con uno en la esquina de Dorrego y Salta, y me propuse además de un café solitario, un desayuno que me ofrecía el menú, ubicado en prolija cartulina con el logo del bar. Opté por el más económico, 11,50 pesos, que constaba de una jarrita, una tostada, una manteca o un dulce o un quesito. Cuando se acercó la moza le pregunté si era lo mismo jarrita que café chico, y me dijo que sí. Desayuné una rica tostada de pan negro con una manteca. Pero el disfrute no me alcanzó para liberarme de mi enojo posterior. Me cobraron 16 pesos porque el menú decía jarrita y no café chico. Cuando me acerqué a la caja a protestar, me dijeron que la tirada del café chico era más costosa y que el menú decía jarrita, esa era la promoción. Dos señores que ocupaban una mesa detrás la mía se sintieron agraviados también, ya que habían consumido el mismo pedido y nadie les había dicho de la diferencia de costo ¿Cómo nos defendemos ante tal atropello? ¿Es tan caro el café chico que justifique una diferencia de 4,50 pesos? Como moraleja, creo que a esos "distinguidos" bares no vuelvo más.
DNI 12.522.034