Jueves 20 de Agosto de 2009
Tuvieron amplia repercusión las palabras del presidente del Concejo de Arroyo Seco Miguel Angel Coradini acerca de la actitud hostil que debería adoptarse frente a los jóvenes que cometen actos delictivos. Al respecto, quiero recordar que en algunos países económicamente equilibrados (Suiza) no se observan hechos lamentables como los mencionados, porque su nivel económico no hace necesario que se recurra a actos ilícitos para satisfacer inmediatas necesidades de dinero. No es difícil reconocer que la miseria conduce a la ignorancia y ésta a la delincuencia. En un Estado moderno la mejor inversión que se puede realizar es la destinada a la educación del pueblo porque una persona que sabe discernir es un factor positivo dentro de la sociedad ya que sabe cuidar su salud; es eficiente en el trabajo que le toca realizar y un ejemplo en todos los niveles. Sin embargo el desafortunado que no ha podido ilustrarse vive a la deriva como una hoja en la tormenta. Algunos de nuestros próceres nos dejaron valiosos ejemplos que lamentablemente no han sido imitados en la medida que hubiera sido de desear. Recordemos la labor heroica de Belgrano y Sarmiento con relación a la educación en momentos más difíciles que los actuales para hablar de cultura. En tiempos más cercanos, Eva Perón, dentro de sus posibilidades, brindó preferente atención a la niñez atendiendo sus necesidades en múltiples hogares escuela, lo cual le generó un valioso reconocimiento de los que fueron testigos presenciales de su obra. Más tarde Arturo Illia intentó llevar a cabo un plan educativo que junto a otras iniciativas de alto valor lo condujeron a pagar cara su "osadía" al desoír a los oportunistas de siempre. El abandono de los niños a su propia suerte, especialmente en el norte de nuestro país, constituye una ignominia y es una de las causales de los desmanes que lleva a cabo la juventud desorientada, de los cuales los adultos somos sus responsables porque no le hemos brindado la ayuda que por su inexperiencia necesita de nosotros. ¿Cuál es entonces la solución que hemos de brindarle a nuestra desafortunada juventud? Indudablemente debemos involucrarnos en sus problemas expresando nuestras convicciones con la altura que las circunstancias exigen e interesando al respecto a los que tienen poder de decisión. La palabra acertada y justa tiene un extraño poder de cambio y éstos se producen en su exacta medida cuando media la convicción necesaria.
Pedro S. Tavacca
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