Martes 26 de Noviembre de 2013
El periodista chileno Luis Müller escribió en la revista Geo, que un día el cielo sobre la ciudad de México se obscureció; una densa y gigantesca nube gris cargada con plomo, azufre, dióxido de carbono y otros contaminantes producidos por el hombre, cubrió la ciudad. En el bosque de Chapultepec los pájaros dejaron de cantar y muchos murieron asfixiados; en tanto en los jardines, aparecieron muchos pajaritos muertos. Ese día fue el 27 de enero de 1987; la ciudad rodeada de montañas, sufrió una inversión térmica que concentró una fantástica y peligrosa cantidad de metales, bacterias y restos químicos, transformando la luz solar y la escasa densidad del aire en un smog fotoquímico particularmente tóxico. "La primera maravilla de esta ciudad es que sigamos viviendo con el grado de contaminación que existe", dijo irónicamente el poeta y ecologista Homero Aridjis, fundador del "Grupo de los 100", un movimiento formado en 1985 por escritores, músicos y pintores que publicaron el siguiente manifiesto: "La ciudad de México ha llegado a un grado de contaminación atmosférica del 97.5 por ciento; al llegar al 100 por ciento la vida humana termina; ¡tenemos derecho a vivir! La populosa capital que cuenta con 19 millones de habitantes debiera tener 35 millones a principios del siglo 21, pero habrá muerto para entonces de continuar este grado de contaminación. Está al borde del suicidio y por ahora sigue subsistiendo pero la cuenta regresiva ya comenzó. Con la construcción de los "ejes viales" que son largas y rápidas avenidas, la capital mexicana perdió sus árboles centenarios; los niños ofrecieron una flor por cada árbol condenado a muerte pero nadie les hizo caso y hoy la ciudad, parece un enorme callejón sin salida bloqueada por la refinería "18 de Marzo" y por automóviles, colectivos y camiones que conforman un importante polo de contaminación ambiental. Sin salida porque hay 150 empresas consideradas altamente contaminantes; sin salida por las varias toneladas de basura que se producen diariamente, quedando algunas de ellas sin ser recogidas". La Secretaría del Medio Ambiente del Distrito Federal se hizo eco de la advertencia; tomó importantes medidas y actualmente ha mejorado la situación. En Rosario aún tenemos la salida despejada. Mirémosnos en el espejo mexicano y tratemos de no cometer sus errores; nuestra ciudad es grande pero no tanto; creo que todavía estamos a tiempo de rescatarla de una gran contaminación; sus campos no lejanos, su río y nuestra inteligencia, pueden hacer de Rosario definitivamente, como dice el conocido eslogan, el mejor lugar para vivir.
Edgardo Urraco