Sábado 30 de Octubre de 2010
El 10 de agosto pasado, mi papá José M. Quintana fue operado de próstata en el Hospital Español. Lo raro de esto fue que a los tres días de haber sido operado, comenzó con un inexplicable dolor en la zona de la columna, lo que motivó que volviera al hospital para que lo trataran por el dolor. Allí comenzó un camino tan largo y doloroso que culminó con la muerte de mi padre. Lo extraño de todo es que ningún "profesional de la salud" pudo decirme con certeza qué es lo que tenía mi padre, ni siquiera momentos antes del triste desenlace. ¿Cómo es posible que nadie haya podido decirme qué padecía? Desde el 1 al 19 de octubre que estuvo internado fui testigo de lo que un ser humano puede pasar en su lecho de muerte, que médicos y enfermeros (no todos) se encargaron en tres semanas de apagar la vida de mi padre. ¿Cómo ningún médico, que se llenan la boca con su juramento de salvar vidas, no supo darme ningún diagnóstico? ¿Cómo se lo medicó constantemente, inclusive con morfina y todo tipo de cócteles sin saber que tenía? ¿Por qué luego de que junto a mis hermanos presentamos una queja se le hizo una resonancia magnética de columna, una punción, como también en el transcurso de su internación, centellograma, tomografías, ecografías otra punción y hasta una enema porque estaba muy hinchado. ¿Ningún médico se dio cuenta de eso, sino hasta horas antes de morir? ¿Era necesario hacerlo sufrir tanto?, más triste aún, ¿podría haberse evitado su muerte o por lo menos el sufrimiento? Sólo Dios lo sabe, y es quien se encargará de hacer justicia divina.
Soledad Quintana