Domingo 15 de Noviembre de 2009
Son jóvenes, profesionales, algunos llegaron a Malasia con la intención de trabajar, otros vinieron a pasear y quedaron maravillados con esta sociedad de oportunidades y de contrastes. Viven en Kuala Lumpur, se mueven con naturalidad, pero no dejan sus costumbres y su identidad. Se juntan mucho entre ellos o con otros extranjeros y forman esta gran comunidad de expatriados que vive en Malasia. Muchos no hablan malayo, no lo necesitan, se manejan con el inglés en esta ciudad cosmopolita y abierta. Toman mate y cerveza, juegan al fútbol y al truco. Y aunque tienen contacto con los nativos, saben que la brecha cultural es grande. Son los argentinos que decidieron quedarse, al menos temporalmente, en esta ciudad, donde progresan y, en algunos casos, quieren acumular experiencia para llevar después a la Argentina. ¿Cómo viven los argentinos en Malasia? ¿cómo sintieron la llegada? ¿se sienten aceptados? ¿cómo ven la cultura? De estos y otros temas hablaron con La Capital.
Gregorio Del Campo y Lía Bechelli tienen 28 y 27 años respectivamente, ocupan cargos ejecutivos de Sur Asia, una compañía que comercializa vinos y comida proveniente de Sudamérica, y viven desde hace dos en Kuala Lumpur. Tienen la impronta del joven exitoso, que no le tiene miedo a cambiar de clima y costumbres, pero que llevan el folclore argentino adonde va, y piensa en la Argentina como su lugar definitivo de residencia.
Antes de llegar a Malasia, habían estudiado los últimos meses de sus carreras en Corea del sur, donde la cultura es más rígida y el país más difícil para vivir. En ese sentido, venir a este país pluricultural y más abierto les fue fácil y se adaptaron. “Malasia, y sobre todo Kuala Lumpur, es más cosmopolita, y como tiene una gran diversidad interna entre los chinos, los indios y los malais (o bumaputras, la mayoría étnica) son más abiertos al público”, cuenta Gregorio.
Existe una pequeña comunidad de argentinos en este país. “Por eso nunca falta el asado, los partidos de truco. Nos juntamos para jugar al fútbol todos los fines de semana, trasladamos acá el folclore”, comenta.
Los dos aseguran que en el país se puede “comer de todo”, que Kuala Lumpur es una ciudad bastante segura, y que no sintieron un gran impacto con la cultura. “El choque más importante fue llegar a un país mayoritariamente musulmán, con otras costumbres, y ver el contraste entre las mujeres que van totalmente tapadas y las chinas o las indias que visten normalmente”, reflexiona Lía. “Es una adaptación, Pero ellos están muy abiertos y muy acostumbrados a recibir a una comunidad de expatriados”, explica.
Cuando tienen que explicar cuál es la actitud del nativo con el extranjero, Gregorio apela a términos comerciales: “Si hay negocio, van para adelante y no hay problemas. Los grandes negocios gubernamentales y los grandes contratos se hacen con malayos, y ahí se hace más difícil ingresar a ese círculo. Pero para el comercio, el día a día, el trabajo, el almuerzo, un partido de fútbol, en cualquier ámbito tanto social como laboral es bastante sencillo, la gente es simple y muy educada”, dice. Y Lía agrega: “Lo que pasa es que estan acostumbrados a tener una gran cantidad de turistas y de expatriados en su territorio”.
Cuentan que el país está “explotando” económicamente, y que todas las familias que trabajan en las grandes empresas mandan a sus hijos a estudiar a Londres, Estados Unidos o Australia. “Por eso, cuando nos reunimos con gente joven nos encontramos con que todos estuvieron o estudiaron en el extranjero”, cuenta Gregorio, y hace el contraste: “Por otro lado, el dueño de una frutería te recibe en ojotas, traje de baño, escupe al lado tuyo, hay como una disociación muy grande entre estos dos mundos”.
— ¿Cómo es la ciudad por fuera de estos grandes edificios?
(Gregorio) —La ciudad es superdesarrollada y crece día a día. Desde hace dos años que llegamos acá y cambió muchísimo, hay un montón de barrios nuevos, autopistas, tienen un nivel de desarrollo que no se compara con el de nuestros países. Acá las cosas se hacen día a día, se trabaja las 24 horas. Pero te alejás de Kuala Lumpur y podés encontrarte con el que vive en el campún (el campo) como lo hacían hace 25 años, con sus casitas de palmas.
A los dos les asombra el ritmo vertiginoso de crecimiento, en un país que tiene 50 años y donde hace 25 “no había nada, era todo selva”.
Organizando el regreso. La intención de ellos es permanecer dos o tres años, saber cómo se hacen las cosas y por qué se hacen así, juntar fuerzas y experiencia y volver a la Argentina. Cuando se les pregunta si Malasia es un lindo lugar para quedarse a vivir, las respuestas cambian. “No sé si es un buen lugar, lo que sé es que Argentina es el lugar donde quiero vivir”, dice Gregorio. Y Lía agrega: “Argentina se extraña, pero Malasia es realmente un lugar para quedarse, las condiciones de vida y las facilidades que uno tiene aquí para desarrollar la familia son muy buenas”.
Eugenia Sandrone tiene 25 años y estudió comercio internacional en Córdoba, se fue de Argentina los últimos días de marzo y hace cinco meses que recayó en Kuala Lumpur después de un paso por Australia, vino de paseo y decidió quedarse. Buscó trabajo y no le costó encontrarlo, primero en una empresa que ofrece servicios financieros y corporativos, y después como freelance, sobre todo en traducciones. Vive con un grupo de amigos en un condominio, un complejo de departamentos con pileta, gimnasio, una proveeduría propia y otros servicios.
Eugenia cuenta que para los malayos, la mujer blanca es muy vistosa. “La gente busca sacarse fotos con nosotras, nos miran con otros ojos. Los hombres se sienten muy atraídos, se te acercan, te dicen cosas, pero siempre desde el respeto”, aclara. Igualmente, según la cultura, hay distintos grados de acercamiento: “Es algo que se va aprendiendo —explica—. No es igual la forma en que se te acerca un indio, un chino o un malai. Hay que saber manejarlo, porque a veces podés sentir que te están atacando. Pero también hay que entender, por ejemplo, que en la cultura india las mujeres son muy sumisas y es el hombre el que toma la iniciativa. Hay veces en que el hombre cree que con sólo poner los ojos en vos, ya tiene derecho a casarse, o si una les sonríe, para ellos es motivo suficiente para pensar que una está interesada en ellos. Esas son cosas que al principio me costó aprender”.