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Argentina pagó caro una vez más sus desencuentros en la Copa Davis

Una más. Una vez más. No es nuevo. Es la historia de siempre. Se correrá el riesgo de ser autobiográfico, pero se intentará hacer algo de catarsis con la bendita y maldita Copa Davis.

Lunes 17 de Septiembre de 2012

El título del maravilloso libro de Gabriel García Márquez está tan gastado como cantado para la ocasión: crónica de una muerte anunciada. Argentina perdió con República Checa 3-2 tras la victoria de Tomas Berdych sobre Carlos Berlocq por 6/3, 6/3 y 6/4 y el cierre de Juan Mónaco sobre Ivo Minar: 6/3 y 7/6 (2).

Una más. Una vez más. No es nuevo. Es la historia de siempre. Se correrá el riesgo de ser autobiográfico, pero se intentará hacer algo de catarsis con la bendita y maldita Copa Davis.

Quien esto escribe estuvo en un match de Copa Davis por primera vez en 1989, entre el 7 y el 8 de abril de ese año. Fue la semifinal de la Zona Americana I en la que Argentina le ganó a Canadá 3-0 en el Buenos Aires Lawn Tennis. Alberto Mancini y Guillermo Pérez Roldán fueron los singlistas. Y el dobles lo jugaron Horacio De la Peña y José Luis Clerc.

Por entonces, Guillermo Vilas ya había enamorado perdidamente a medio país en los 70. Antes de aquel choque con Canadá, el país tenístico ya había sufrido una gran desilusión. La final de 1981 en Cincinnati, en la que Vilas y Clerc jugaron un partido de dobles memorable frente a la mejor pareja del mundo (John McEnroe-Peter Fleming) sin dirigirse la palabra. Perdieron 11/9 en el quinto. McEnroe ganó los dos singles (fácil a Vilas y en 5 sets a Clerc) y Batata derrotó a Roscoe Tanner. El quinto punto no se jugó. Siempre fue igual, nada cambió. Es una historia de desencuentros, egos y vanidades que destroza cualquier intento.

Pasaron épocas duras. Muchos años de Zona Americana, temporadas en las que se sabía de antemano que no habría chances siquiera de ganar una serie.

En los finales de los 90, Hernán Gumy hacía malabares para mantener a Argentina en competencia, mientras otros, mucho más dotados en los papeles, hacían sapo una y otra vez. El caso más emblemático es el de Franco Davin, que si bien jugó la Davis una sola vez, fue un principiante en la cancha. En 1995 perdió los dos singles frente a Chile en el Buenos Aires Lawn Tennis contra el Chino Marcelo Ríos y el precario Gabriel Silberstein. Le temblaba hasta el cabello. Su talento incomparable de zurdo exquisito le dio paso al espanto.

No es fácil la Davis. Mucho menos cuando no es la prioridad. Sólo la ganan los que deciden y se proponen hacerlo. A veces ni siquiera hace falta tener a los mejores jugadores del circuito. Suiza no la ganó nunca y tiene a Federer. Sudáfrica festejó en 1974 y Croacia en 2005. Son apenas un puñado de ejemplos.

El soberano, el público, dictó sentencia ayer. Ovacionó como nunca a un jugador derrotado, a Berlocq. Y silbó a Juan Martín Del Potro cuando se retiraba del estadio. La explicación es sencilla: Charly dejó todo, luchó contra los molinos de viento hasta el último punto sabiendo que iba a perder. Y Delpo priorizó el US Open por sobre la Davis. Está en todo su derecho, pero los llantos estuvieron demás. La gente no es tonta. Jamás hay que subestimarla.

Esa gente, que no concurrió masivamente ayer como lo marcaba la venta de entradas, se sintió identificada, plenamente representada por un tipo que sintió orgullo de salir a la cancha. Berlocq lo dijo antes: "Es el partido más importante de mi vida".

Es un punto de partida. Quien no quiera jugar la Davis, que no la juegue. Está en todo su derecho.

Si al fin y al cabo las estrellas nunca pudieron. Algunos jamás se interesaron. Quizás haya que elegir a los integrantes del equipo por su entrega y no por el ranking. Al menos estará asegurado el esfuerzo y se minimizarán egos, intereses y vanidades. ¿Se animará alguien a ponerle el cascabel al gato? Difícil.

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