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Argentina llegó a cuartos con un gol de Di María sobre el final del suplementario

La excitación mete la cola. Las pulsaciones, todavía a mil, mucho más que las de los jugadores, no hacen sencilla la tarea de racionalizar conceptos e ideas. La emoción por el objetivo conseguido en el último instante, aunque no fue el último, tapa el bosque.

Miércoles 02 de Julio de 2014

San Pablo, enviado especial.- Resulta muy difícil imaginar a la selección en una instancia superior. Juega muy mal. Pésimo. Pero el juego no es lo peor: no tiene actitud. Parece que no le importa nada. O tiene un severo problema de personalidad que no le permite afrontar los partidos a la altura de una Copa del Mundo. Ya es el cuarto partido que juega de la misma manera. Y en estas instancias no hay especulación posible. Ejemplo: si los talentosos de este equipo tuvieran la moral de Rojo, que no jugará el sábado por doble amarilla, Argentina sería casi imbatible.

Pero la selección de Sabella, vaya a saberse por qué, es indolente. Es cierto que se cometen injusticias cuando se mete a todos en la misma bolsa, pero lamentablemente para ellos el fútbol es un juego de equipo. La opción que los redimiría sería un estado físico endeble de la mayoría. Pero eso nunca se sabrá.

A propósito, se les recomienda a quienes hayan quedado al menos compungidos con el rendimiento de la selección que no reparen en las declaraciones de los protagonistas que encontrarán páginas más adelante. Los hará sentirse peor. Son declaraciones de ocasión. Nadie declara en su contra. Suele decirse que cuando un equipo juega mal y sale adelante se potencia. Quien esto escribe, por ejemplo, tuvo la sensación de que será muy difícil bajar al anfitrión Brasil tras ganarle el sábado último a Chile desde los doce pasos.

Pero el problema que aquí se observa, claro que con mucha más minuciosidad e interés que en cualquier otro rival, es que Argentina no reacciona. No mejora. Es más, empeora. Si sigue así va a terminar siendo el campeón del mundo de la posesión intrascendente.

Más adelante se analizará el juego. Se insiste, lo de la selección fue tan preocupante que se transforman en detalles los desacoples y la tan mentada, y cierta, descompensación estratégica. El problema es que la actitud no se compra. Se tiene o no se tiene.

Ojalá sea un problema de estado físico porque podría resolverse. Pero en ese caso se estaría ante el inconveniente de haber sufrido un desgaste superior al normal por haber jugado 120 minutos frente a Suiza. Por suerte para la selección, hasta aquí le tocaron rivales flojísimos. Al punto que será amplio favorito el sábado otra vez a pesar de todo.

Este Mundial, que regala goles a diestra y siniestra, no tiene un potencial campeón. No se advierte a un candidato excluyente. Porque a cada gran partido de las potencias le sigue uno desconcertante. La excepción es Argentina, que jugó mal los cuatro que disputó. Un equipo que tiene a Messi puede maquillar en unos pocos segundos un partido entero. Un plantel que tiene a Di María puede borrar con un toquecito la angustia de 120 minutos.

Se insiste con un ejemplo para marcar bien las diferencias. Un entrenador que tiene a once jugadores con las características de Rojo o Garay sabe a qué puede atenerse. Ganará o perderá, pero no habrá quedado ni una sola gota de nada por entregar.

El espíritu no se compra ni se vende ni se permuta. Se tiene o no. Ojalá que los otros siete que quedan en carrera tengan menos que Argentina. Si no es así, va a ser muy complicado. El fixture ya está por ponerle rivales de verdad del otro lado de la cancha.

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