Aquellos felices años
Eramos una avanzada de esa bulliciosa clase media que iba llegando a las universidades en los años sesenta. La arrolladora música de los Beatles era el sonido de fondo de nuestras vidas.

Jueves 20 de Diciembre de 2012

Eramos una avanzada de esa bulliciosa clase media que iba llegando a las universidades en los años sesenta. La arrolladora música de los Beatles era el sonido de fondo de nuestras vidas. Aquí el Club del Clan iba reemplazando, sin que tuviéramos conciencia de ello, a los conjuntos folclóricos tradicionales, y las guitarras se refugiaban en nuestras mateadas del Parque Urquiza o las noches de pizza de las pensiones. El doctor Arturo Frondizi había llegado a la presidencia de la Nación, y en la radio, ya superado el periodo de las opiniones gubernamentales unificadas que habían existido en  la década anterior, se escuchaban multiplicidad de voces diversas. Mientras sonaban las canciones felices del Mundo de Cristal y El Tren Expreso entre ellas surgía  con frecuencia la voz de un locutor que anunciaba : “diario La Capital, decano de la prensa Argentina”. Para nosotros el diario era el que trasmitía los triunfos de Independiente en la Copa y  la cartelera de los numerosísimos cines de la ciudad y también el lugar donde íbamos en grupo a sacarnos la clásica foto  sobre ese inolvidable piso de mosaicos blancos y negros. Parte del recuerdo del diario lo constituía el bar ubicado enfrente,  puerto seguro de recalada y encuentro de nuestras  trasnochadas, que culminaban no más allá de las tres de la mañana. En este marco el centenario de La Capital en 1967 fue un hecho envuelto en el torbellino de imágenes que nos rodeaba, donde la nota que más destacábamos era el hecho que el diario argentino más antiguo fuera de Rosario. Ya por entonces  la década iba cerrando su ciclo.  Nuestra edad y la carrera habían ido avanzando. Un símbolo de ello fue la noche de despedida de algunos compañeros ya recibidos.  Cena en “La Aduana” de Maipú y Santa Fe, café en “El Yuyito” en la bajada de Maipú, donde podía compartirse con un sorprendente mundo de alternadoras y marineros,  para terminar en el “Wembley”, único lugar donde tomábamos sangría con vino reserva. Comenzaba a oírse el sonido de vidrios rotos: la política de diálogo y respeto había sido abortada, se habían consumado la invasión de Checoslovaquia y la Noche de los Bastones Largos. En lo personal había llegado el momento de pasar del mundo del estudio al del trabajo. Era el comienzo de una nueva etapa, más dura que lo previsto y que en muchos sentidos nos resultaba incomprensible. La imagen de muchos jóvenes con los que habíamos compartido sueños se llenó de olor a pólvora y sangre. La vida laboral nos mostró un rostro real muy distinto al que habíamos imaginado. Definitiva y dolorosamente los años felices habían llegado a su fin;  era hora de asumir las responsabilidades de la adultez. Construir cotidianamente la realidad personal, familiar y comunitaria era una tarea riesgosa y requería un esfuerzo permanente, pero era nuestro deber emprenderla.

DNI 6.049.351