Domingo 30 de Enero de 2011
Durante décadas, las tradicionales concepciones normativas de nuestro sistema educativo se basaron en las estructuras jerárquicas de entidades como la eclesiástica y la castrense, referentes intachables de la obediencia, la disciplina y lo correcto, válidos para organizaciones sociales donde las bases no son protagonistas en la toma de decisiones determinantes y trascendentes. Este tipo de herencia se instala culturalmente en la sociedad como un legado normativo basado en supuestas verdades absolutas, por lo tanto nunca se lo considera como variable a discutir, reflexionar y/o modificar, la realidad nos muestra que ante cualquier propuesta de transformación evolutiva, siempre subyacen intereses corporativos para que en la praxis nada cambie.
Cualquiera sea la característica o metodología aplicada para consensuar las bases legales de todos los concursos que definen el ingreso a la docencia, la antigüedad siempre encontró la forma de desplazar a la competencia en el escalafón de méritos que garantiza el acceso a un sistema donde la calidad educativa no es una prioridad. Creo que la antigüedad no es un mérito adquirido por virtuosas cualidades personales, sino un simple estado de referencia de origen circunstancial y a veces fortuito, que brinda cierta experiencia condicionada a repetir más de lo mismo según las circunstancias; sin embargo, la competencia de títulos define, avala y legitima el perfil académico docente más adecuado para desempeñarse en una actividad específica acorde al nivel educativo correspondiente. Gracias a este criterio normativo, una vez más están por titularizar en el nivel medio a agentes con títulos habilitantes y supletorios, que oportunamente tomaron reemplazos y luego se transformaron en interinatos. Esta situación se da generalmente en las escuelas periféricas debido, entre otras cosas, a la falta de información que tienen los profesores sobre su existencia y al poco interés sobre el futuro de estas comunidades. En un mundo globalizado donde los paradigmas se adaptan a un pensamiento complejo y las relaciones humanas promueven continuos cambios en pos de una mejor distribución de saberes, creo que es hora de modificar estas cuestiones con el fin de brindarles a los jóvenes estudiantes algo de igualdad educativa. Alguna vez deberíamos definir conceptualmente qué significa la carrera docente; si la visión sólo contempla la actividad laboral, sus integrantes se identificarán como trabajadores de la educación, cuyas premisas y reclamos priorizarán los derechos adquiridos, el salario y la estabilidad laboral a cualquier costo, si la perspectiva de identidad se hiciera desde lo profesional dentro de un sistema que garantice esta concepción en todos los niveles educativos, creo que la actitud y el compromiso ante la sociedad sería otro.
Patricia A. Maciel