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Ante Crucero del Norte, Central logró una victoria con ánimos alterados

La falta de juego en conjunto hizo que el equipo de Russo perdiera la paciencia. Igual le alcanzó para ser superior y dar otro paso clave para lograr el tan ansiado ascenso.

Domingo 28 de Abril de 2013

El estado de relajación hoy es absoluto. Sólo algo de intriga o más calma aún le puede poner mañana el resultado de Sarmiento de Junín (juega frente a Almirante Brown), pero no más que eso. Y sería un error intentar cualquier análisis si previamente no se hace mención a lo conseguido hasta aquí, que todavía no aseguró nada, pero que va en ese camino. Salvado ese punto sí se puede, con las revoluciones ya en su ritmo habitual, esbozar algún tipo de análisis con mayor fineza respecto a lo que fueron los noventa minutos frente a Crucero del Norte, en un partido que Central no jugó bien, al menos en la magnitud que lo venía haciendo. Existen atenuantes, que también serán atendidos, pero el equipo mostró algunas facetas que parecían ya archivadas. La principal es la que tiene que ver con la calma habitual, tantas veces destacadas, al menos desde que el equipo inició la racha de la remontada.
  “No perdimos la calma en ningún momento”, dijo Miguel Angel Russo después del partido. Existen elementos para demostrar que esa aseveración cuenta con ingredientes que pueden contradecirla. Antes que nada vale aclarar que aun no jugando en el mejor nivel, Central fue superior a su rival y que, sobre todas las cosas, le alcanzó para ganar, ni más ni menos que el principal objetivo. Un juego sin demasiado sustento colectivo fue lo que hizo que el equipo por momentos se encegueciera. Encima el gol de Crucero del Norte complicó aún más las cosas y profundizó un estado de alteración llamativo para los tiempos que corren.
  En un estado de calma absoluta el cabezazo de Hernán Encina (sobre Sagarzazú, encima en el entretiempo) no hubiera aparecido, tampoco el codazo de Rafael Delgado (sobre Fabricio Lenci), mucho menos la protesta desmedida de Jesús Méndez hacia el árbitro ante la sanción de una falta en la mitad de la cancha. Es más, a segundos del gol del conjunto misionero Diego Lagos intentó parar la pelota sobre la línea y cuando vio que no pudo retenerla tiró una patada, ya fuera de los límites del campo de juego, que bien pudo significarle una tarjeta. Todos hechos espaciados, pero no aislados en el contexto del partido. Pero la impotencia del momento tenía que ver no sólo con el resultado adverso, sino con la imposibilidad de adaptar las pretensiones a la forma de juego más conocida.
  Es imposible pasar por alto el hecho de que la gente había comenzado a mostrar una impaciencia, propia de otras épocas. Entendible sólo desde el punto de vista de que todos avizoraban otro partido sin poder ganar, pero no desde la tranquilidad que, aun habiéndose cumplido eso, todavía le entregaban los números.
  Russo también entendió que el juego de su equipo no era el mejor y por eso optó por los ingresos de Fernando Coniglio primero y Federico Carrizo después, para meterle más pimienta todavía al empuje. Es que a esa altura Crucero ya comenzaba a entender que el repliegue de sus líneas podía acercarlo más todavía al negocio que estaba haciendo y por eso el partido pasó a jugarse decididamente en campo visitante. Pero bajo los mismos parámetros. Con un apuro pronunciado.
  Después, los dos goles de Toledo y Carrizo (ambos de pelota parada) cambiaron radicalmente los ánimos. La angustia se transformó en alegría y el sufrimiento en desahogo. Lo que no varió fue la sensación de que Central no había hecho un buen partido, aunque con ello le haya alcanzado para ser, aun con poco, superior al rival y poder ganar para sentirse ya con el ascenso casi en la mano.

 

 

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