Jueves 04 de Septiembre de 2014
Alguna vez un profesor de contabilidad nos enseñó una regla de oro, aquella que dice que si se producen productos en masa, (y es el objetivo que persiguió la Revolución Industrial) esos productos indefectiblemente tienden a abaratarse. Y si la venta de los mismos es óptima, es decir, hay oferta y demanda y como la primera es buena y capaz de satisfacer a la segunda, los productos tienden a abaratarse. En definitiva, el fin último del buen comerciante, que con orgullo puede vender barato asegurándose nuevos clientes tentados por los buenos precios, accesibles y razonables, y gracias a que siendo buena la venta por sí solo ese hecho elemental le permite mantener los precios bajos. Ahora bien, otra regla de oro es que, al menos en nuestro país, existe gente rica, de clase media y gente pobre. ¿Qué ocurre si un miembro de cualquiera de las tres clases decide invitar a su mujer a comer a un restaurante? El rico bien puede elegir uno caro. Más que seguro que el medio, y no digamos ya el pobre, no tendrán más remedio que acudir a un local modesto. En general sería así. Y si el bolsillo del pobre o del medio no resiste, se quedan a comer en casa. Con la vestimenta ocurre lo mismo. El rico comprará en un shopping, el medio probablemente también, pero su economía para el resto del mes se tambaleará, y el pobre quizá compre en una tiendita del barrio. Pero si los que menos tienen no pueden comprar ropa, no van a perecer por ello. En fin, cada carancho comprará en el rancho que le corresponda. Lo mismo si hablamos de libros, discos, etc, que en general no son productos imprescindibles. Podemos privarnos de ciertos artículos (incluso de la TV, el celular, el auto) que no vamos a morirnos por ello. Pero con la comida es otra cosa. Para comenzar, no existe un supermercado o granja o almacén para gente rica, otro para clase media y otro para los pobres. Es caro para las tres clases en todos lados y sin que nadie aclare el porque y sin justificativo alguno, la comida sigue aumentando, todos los días, cosa que no se hace con los sueldos de los empleados o trabajadores. Y hay un factor impostergable, que de la comida nadie puede prescindir. O comemos o nos enfermamos e incluso nos vamos al otro mundo. Y es indiscutible que el negocio que vende comida es el único del cual su propietario puede jactarse de que tiene venta todos los días a cualquier hora. Y no vende una única bolsa de fideos, una única papa y un único sachet de leche. Por suerte aún no ha llegado ese momento que alguna vez llegara, dado que aumenta la población mundial paralelamente al agotamiento de la Tierra, pero cuando llegue, si hay en oferta para ejemplo una sola caja con ravioles, o una única lata de arvejas, la muchedumbre hambrienta se arrancara los ojos por obtenerla. Pero aún no es así, y quien esto escribe puede asegurar que en el lugar donde vive en un radio de cuatro o cinco cuadras a la redonda hay 5 supermercados (eran 6 pero uno tuvo que irse porque le solicitaron el local), y los cinco trabajan a rabiar, clientes y ventas nunca le faltan. Por lo tanto, la única explicacion posible es que nos encontramos ante la angurria y la mala fe de los comerciantes del rubro comida, que de por sí tienen un muy buen margen de ganancia, y mucho peor, y por obra y gracia de que el ser humano nace con un estómago, ante un chantaje.
Miguel A. Decunto
DNI 11.270.762