Al Hospital Italiano
A fines del siglo XIX un grupo de pioneros comenzó a pergeñar la idea de asegurar la salud de su comunidad. ¿Habrán sabido el inconmensurable aporte, y el alcance de su quimera?

Martes 28 de Agosto de 2012

A fines del siglo XIX un grupo de pioneros comenzó a pergeñar la idea de asegurar la salud de su comunidad. ¿Habrán sabido el inconmensurable aporte, y el alcance de su quimera? Solo el hecho de la vivencia de un trauma, como lo es la certeza de un accidente cerebro vascular en un hijo, comienza a darle forma a la respuesta. Una experiencia de estas características comienza con la sorpresa, mas concretamente con la estupefacción ante el cuadro vivido. Genera una real sensación de dolor y desamparo que paulatinamente se convierte en angustia. Estos sentimientos solo serán mitigados por la fuerza de la solidaridad y la fe. Es en estos aciagos momentos que aparecen en escena los artífices del milagro. Comienza con una rápida atención domiciliaria, un urgente traslado, una solícita atención en la guardia, y un certero diagnóstico. La dura e irremediable realidad crea cavilaciones de todo tipo, es en este momento cuando se manifiesta un prodigioso círculo virtuoso que engloba a todas las áreas del nosocomio. Desde la serenidad y la prudencia, y de la mano del profesionalismo, con el invalorable aporte tecnológico, surge la esperanza, a la cual nos aferramos como única salida ante el padecimiento del ser querido. Nos acostumbramos a reconocer un nuevo mundo en el cual abundan nuevas palabras: terapia, hemodinamia, angiograma, neurología, malformación congénita, etcétera, las cuales solo son mitigadas en la imprescindible capilla con la fuerza de la fe. Cuesta aceptar la realidad, pero fuimos encontrando en las miradas, en las palabras serenas, en el plan de acción del día a día del cuerpo médico la reconfortante sensación de reconocer la excelencia al servicio del paciente y la contención familiar. Ese humanismo tan declamado fue elevado a su máxima expresión desde cada una de las áreas y sentimos que fueron imbuidos del mandato póstumo del doctor Favaloro. Solo cabe declamar nuestra eterna gratitud a todos y cada uno de los que nos devolvieron la vida de Leandro, incluye a aquellos que rezaron y sufrieron junto a nosotros. Seguramente el sueño de aquellos pioneros y su quimera están absolutamente cumplidos. Y ellos debieran estar orgullosos de sus sucesores.

Marcelo Italo Lazzeretti / DNI 12.239.735