Viernes 14 de Marzo de 2014
Los ajustes, en general, traen consecuencias no deseadas o bien injustas. Si se trata de tuercas, por ejemplo, esto sucede al pasarnos de rosca; si nos referimos a los ajustes de cuentas, el caso es cuando se ejecutan fuera de la ley. En economía los ajustes suelen producir tsunamis arrasadores, ya que a raíz de ellos algunos se benefician y muchos pierden. Recuerdo que en la Argentina tuvimos especialistas de la escuela de Chicago que dejaron alguna doctrina y desastres varios. De todos modos cualquiera sea la base ideológica, los ajustes económicos son correctivos de errores, es decir se aplican porque alguien hizo algo mal. El ajuste más conocido es el ortodoxo liberal que apunta a corregir drásticamente el gasto oficial, la pérdida de reservas y el desajuste cambiario, aunque estas causas hayan traído, bajo las premisas keynesianas, beneficios concretos como la activación del mercado interno o el mantenimiento del nivel del empleo. Para un diagnóstico justo no debería usarse como estrategia a la negación (unos negando aciertos y otros negando errores) pero como en economía la magia no existe, en el mediano plazo la inflación (también mala palabra) pasa factura. El tema es que esta consecuencia implica un creciente impuesto al pobre, por lo cual el dilema actual en nuestro país es cómo combatirla con decisiones indoloras. Algunos iluminados esgrimen la solución brava (enfriar todo) con un volantazo en la conducción; otros se aferran a la idea del modelo intocable y mantienen una conducción rígida y peligrosa. El ajuste más ortodoxo es por el lado del gasto y supo ne reducción de subsidios, obras públicas y astringencia salarial, todo lo cual puede derivar en desocupación, estancamiento o, peor aún, en estanflación. Obviamente, este camino no es atractivo para los políticos y menos en vísperas de elecciones. Un sistema menos cruento sería utilizar la financiación crediticia del déficit (si se consigue) que permita en un primer tiempo reducir la emisión; posteriormente habría que buscar un aumento de los ingresos fiscales, lo que puede conseguirse a través de la nada simpática presión impositiva o (con mejor criterio) buscando el crecimiento sostenido de la economía con un plan coherente que acredite confianza, atraiga inversiones y evite lomos de burro. Una combinación de estas medidas podría ser considerada como alternativa a las recetas de los ajustadores clásicos. No hacer nada sería suicida. Digamos finalmente que la Argentina es como un auto de alta gama, pero los pilotos, a veces, al manejar con poca experiencia o con intereses inconfesables pasan semáforos en rojo o no se acuerdan de mover suavemente el volante ante las curvas inevitables. Creo, humildemente, que deberíamos ser más estrictos en los registros de conducir exigiendo a los que manejan una hoja de ruta coherente y realista que nos permita un viaje con menos sobresaltos.
Omar Pérez Cantón