Agradecimiento desde el dolor
Juan había empezado a trabajar el 11 de abril. Estaba feliz, hacía mucho que buscaba empleo. El 24 cumplió 22 años. Exactamente un mes después se reunió con sus compañeros de trabajo...

Sábado 18 de Junio de 2011

Juan había empezado a trabajar el 11 de abril. Estaba feliz, hacía mucho que buscaba empleo. El 24 cumplió 22 años. Exactamente un mes después se reunió con sus compañeros de trabajo a cenar y divertirse. De la comida y la diversión no sabemos nada. Lo que sí conocemos es el desenlace. La alegría de la noche pasada y la curva en descenso de la calle invitaban a la velocidad: eso era vivir, eso era disfrutar la vida. Pero la madrugada del 25 de mayo fue húmeda, con lloviznas y lluvias y el asfalto estaba mojado. Luego hubo probablemente el cordón de los canteros de la avenida Belgrano, hubo un conductor que ya no supo conducir, hubo un árbol. Se incrustó de lleno del lado del acompañante, del lado de Juan. El recibió todo el impacto. Una llamada telefónica nos transmitió crudamente la noticia: nuestro hijo estaba internado en el Heca. Como pudimos recorrimos los más de 40 kilómetros que separan nuestra casa del nosocomio, con angustia y en silencio. Allí pasamos los siguientes 19 días. Los primeros 14 o 15 no nos movíamos de allí. Nuestras vidas transcurrían pendientes de las llamadas del personal: “Familiares de...” Y nuestros corazones saltaban y se detenían hasta que, con alivio egoísta, escuchábamos otro apellido. Sólo nos retirabamos a descansar por la noche a casa de mi madre cuando la fiebre cesó y comenzó una aparente mejoría, que nosotros creímos definitiva. Pero después hubo nuevamente fiebre, la tristeza y el final. La mañana del 13 de junio su corazón dejó de latir. Y en esos días terribles quedaron a la vista muchas miserias de parte de quienes él creyó compañeros y no lo fueron, de quien ocasionó el siniestro (no accidente) y no se interesó en ningún momento por su estado, de otro “compañero” que teniendo su misma sangre (difícil de conseguir) se ofreció como dador pero nunca concurrió al Banco de Sangre; de una funeraria que cambió el costo del servicio cuando llegaba la hora del sepelio. Atrocidades. Pero también en esos días hubo otras cosas: la solidaridad de nuestros amigos, familiares y compañeros. El respeto y calidad humana y profesional de todo el personal del Heca, médicos, enfermeros, administrativos y hasta las mozas del bar. A todos ellos, a quienes donaron sangre, a quienes organizaron cadenas en busca de dadores, a amigos y conocidos de Rosario y Oliveros, a nuestros compañeros de la Facultad de Ciencia Política de la UNR y del Samco de Oliveros, al psicólogo de Pami, donde concurrí con mi madre descompuesta y me brindó contención; a quienes nos llaman interesándose por cómo lo sobrellevamos. Repito, a todos ellos y a quienes injustamente olvido, gracias. En nuestros nombres, los de sus hermanos Valeria y Pablo, y fundamentalmente el de Juan. Mil gracias.

Adrián Ottonello y Raquel Taler / adrianottonello@yahoo.com.ar5 / raqueltaler@yahoo.com.ar