Miércoles 17 de Octubre de 2012
Cuando los delincuentes que mantienen viva la inseguridad que padecemos, penetran en nuestras viviendas y se llevan televisores, computadoras y todo lo que pueden, o nos arrebatan en la vía pública mochilas, celulares, relojes, o lo que sea, se quedan con algo muy nuestro que seguramente hemos adquirido con esfuerzo. Quiero avanzar en mi paso imaginario para "ver" qué destino le dan a los objetos sustraídos. Y mi perspicacia me dice que un ladrón no necesita cientos de celulares, como tampoco tantos relojes, computadoras o televisores, y como no es un ciempiés, tampoco tantas zapatillas. Es entonces cuando la pregunta acude a mi mente retorcida y le permite pensar que alguien "compra", por poca plata seguramente, el objeto robado, sabiendo que es robado, por su costo ínfimo y por la poca presencia de comerciante que tiene el "vendedor". Ese es el punto. En la escala de delincuentes encontramos así dos categorías. El que sale a la calle armado o no y roba en la vía pública, en comercios o viviendas. Y el segundo delincuente, ese desconocido de siempre, tan ladrón como el primero, que no sólo "compra" los objetos robados sino que permite la hazaña delictiva. Sin el segundo ¿para quién robaría el primero? Quizás sea hora de que comencemos a sacarnos la careta. Y nos preguntemos (y nos respondamos) qué clase de sociedad estamos forjando. Sé que muchos de mis conciudadanos piensan como yo. Pero el número no alcanza para comenzar a desenvolver aunque sea una punta del ovillo que tiene asfixiada a nuestra sociedad. Sé que es un ovillo de muchas puntas, pero ¿qué tal si al menos comenzamos por una?
Edith Michelotti,
ediluobs@hotmail.com