Viernes 13 de Noviembre de 2009
El feroz ataque perpetrado contra el ex futbolista internacional Fernando Cáceres aparentemente por una pandilla de adolescentes ha puesto una vez más sobre el tapete el flagelo de la inseguridad. La popularidad de la víctima incrementó en estos días las voces de conocidas figuras de la televisión en demanda de una solución drástica y definitiva al problema de la delincuencia. Los apóstoles de la mano dura no se cansan de repetir hasta el hartazgo que la seguridad sólo se garantiza "metiendo bala" a los delincuentes, aunque se trate, como en el trágico caso de Cáceres, de niños. En mi opinión, la "mano dura" es completamente inútil. De nada vale incrementar las penas o, como sostienen algunos desaforados, implantar la pena de muerte. La inseguridad es un problema mucho más complejo que requiere soluciones de fondo. Nadie duda de que la adolescencia criminal está íntimamente vinculada a la droga, la exclusión social, la pobreza. Los adolescentes criminales carecen de ideales, de perspectivas, de optimismo. Nada les importa. Están dominados por el odio y el resentimiento. La pregunta crucial es, entonces, la siguiente: ¿los adolescentes criminales pueden ser reeducados para reinsertarlos en la sociedad? Estoy convencido de que ello es posible. Pero para que semejante empresa tenga éxito es fundamental la existencia de instituciones especializadas en el tratamiento de estos enfermos, con un personal experto en psiquiatría, marginalidad, drogadicción y reinserción social. De nada sirve condenarlos a sobrevivir en nuestras cárceles, verdaderos campos de concentración, ya que cuando salen son más criminales que cuando ingresaron. De nada sirve tampoco que, luego de haber cometido un acto delictivo, estén detenidos apenas unos minutos. Ello agravia la dignidad de la víctima y la de sus familiares. Los adolescentes criminales deben ser condenados severamente, porque si ello no acontece ingresamos en la jungla. Pero si cumplen la pena en instituciones que los traten con afecto, con respeto, que los eduquen para que sean en el futuro hombres útiles a la sociedad, que les eliminen el rencor que circula por sus venas, que los consideren personas y no animales, entonces sus víctimas no murieron en vano. Lamentablemente, siempre que acontece una atrocidad como la de Fernando Cáceres los medios de comunicación lo único que hacen, particularmente los televisivos, es poner en primer plano las caras de los familiares de las víctimas de la delincuencia, sedientos de venganza. La violencia no se cura con más violencia, sino con comprensión, con respeto y, fundamentalmente, con plena confianza en la capacidad del ser humano de mejorar como tal.
Hernán Andrés Kruse, hkruse@fibertel.com.ar