Lunes 31 de Agosto de 2009
El traslado a Chile de legisladores, jueces, gremialistas y funcionarios del Ministerio de
Justicia de la semana pasada suponía una experiencia de laboratorio: constatar in situ la forma de
enjuiciamiento de delitos en el que Santa Fe se inspiró para reemplazar su actual sistema escrito.
Tras esa observación asoma un saldo de acuerdo: más allá de matices todos aceptan que el esquema
chileno, muy superador, es el modelo hacia el que hay que ir. Aunque discutiendo sus dificultades y
algunos de sus rasgos polémicos.
Pero el entusiasmo no es todo. El nuevo sistema será, como se pudo ver,
más justo, rápido y eficaz en el juzgamiento de delitos. Pero montarlo, además de tiempo, requiere
de ajustes de las normas de implementación. Y de mucha plata.
La iniciativa de ir a Santiago para ver cómo funcionan las audiencias
orales, cómo trabaja la policía, cómo es la ingeniería administrativa para tener juicios rápidos
ahorrando recursos fue una estrategia de persuasión: lo que exige un caudal de lectura exigente
allí se lo aprendía en instantes. Esa seducción el gobierno provincial la requiere para las dos
discusiones legislativas que se vienen.
La primera, las leyes que el Senado, con mayoría opositora, debe aprobar
para que el modelo oral marche. La otra es el presupuesto para hacerlo. La reforma requiere
alquilar inmuebles para las audiencias, luego una infraestructura edilicia en todas las áreas
judiciales de la provincia. También recursos para tecnología digital en audio, el registro de
archivo que reemplaza el papel de los actuales expedientes. Se demandará más personal, ante todo
para la recepción de denuncias y la administración. Y fondos para la capacitación exigida por todas
las nuevas tareas. El ministro de Justicia, Héctor Superti, calcula que lo necesario, en costos
operativos, son 70 millones anuales.
Para abrir la mano, otra vez será crucial la compuerta del Senado. El
estado financiero de la provincia puede no ayudar, pero este proyecto no es el capricho de un
sector sino una política de estado: la reforma del procedimiento que trae el juicio oral y público
fue aprobada por el peronismo en 2007. Y nadie, filosóficamente, puede defender el decrépito
sistema actual sin incendiarse, en especial luego de que la Corte Suprema nacional dijera que es
una vergüenza.
Si nadie auspicia lo viejo, lo nuevo deberá hacerse. Pero habrá
discusión. “Todos quieren el cambio. La cuestión —dice Superti— es qué
cambio”.
Puntos esenciales. El reparo es a que bajo el ademán de alteraciones leves el
sistema tradicional sobreviva enmascarado. El ministro dice estar dispuesto a enmiendas pero si se
alteran pilares del cambio, asegura, se va a la casa. Entre lo innegociable figura que las
fiscalías no tengan, como hoy, vinculación con la Corte Suprema a través del procurador: los que
investiguen de acá en adelante (Ministerio Público) deben ser autónomos del máximo tribunal
provincial bajo la cabeza de un fiscal general. Otro punto es que la defensa tiene que ser pública
e integral en todo el territorio. Otro, la división entre gestión judicial y administración.
El gran tema es que ninguno de los actores del proceso penal
—fiscales, defensas, tribunales— sea el dueño de la pelota: que cada parte tenga su
rol, su autonomía y se evite la concentración de poder propende a hacer los juicios transparentes y
más justos.
La mitad de la Corte estuvo en Chile: Roberto Falistocco, María Angélica
Gastaldi y Mario Netri. Por el derrotero de algunos de sus integrantes —designaciones, lazos
políticos, trayectorias— el máximo tribunal es blanco de críticas de quienes lo suponen
apegado más a lo tradicional que a lo nuevo. Pero más allá de inevitables juicios de valor, los
ministros expresaron compromiso y adhesión al cambio. “El sistema que vimos en Chile funciona
bien y es posible”, dijo Falistocco.
Lo que cree el titular de la Corte es que, para dar viabilidad al nuevo
esquema, al gobierno le hace falta un articulador que enlace a los actores de los distintos poderes
como quien cose los retazos de una manta. Los tres ministros estuvieron en audiencias de juicio, en
charlas con fiscales y ministros chilenos en rutinas de casi diez horas diarias. Gastaldi con
algunas intervenciones muy lúcidas.
El sistema hizo impacto visual en jueces y legisladores. Para los
primeros —una generación joven de magistrados, la mayoría docentes— fue reforzar una
convicción que ya traían. En los legisladores fue despertar a la dimensión práctica de lo que se
discute en las cámaras. Los opositores del PJ presentes—los senadores Ricardo Kaufmann,
Eduardo Rosconi y Rubén Pirola y el diputado Adrián Simil— tendrán la más difícil cuando
debatan entre sus pares los fuertes desembolsos que implica la reforma en Santa Fe. Que deben
tomarse como inversión: hoy el sistema, ineficiente, también es caro.
La transición del sistema viejo al nuevo durará unos veinte años. Entre
miembros de los tres poderes, la disposición a entender y a cooperar para dar un salto de calidad
en Santiago pareció palpable. En Chile la reforma fue una esforzada construcción colectiva: la votó
por unanimidad el Congreso en 1999 y se adoptó como política de Estado. Si este espíritu prevalece
la provincia tendrá la chance de garantizar un juicio mejor a sus ciudadanos.