Lunes 17 de Noviembre de 2008
He leído la carta de Hernán Kruse (12/11) y he notado con qué ligereza, falta de escrúpulo e intolerancia, ya sea por cultura inadecuada o ignorancia del tema, ofende y denigra a la Iglesia y, por ende, a millones de católicos. Tratar de cinismo a la más grande institución universal que fue fundaba por Cristo, sustentada por los mártires y continuada a través de su Vicario en la tierra, el Santo Padre, le cabe solamente a una persona con odios muy profundos y de peligrosa intolerancia. La Iglesia Católica tiene sus mandatos y preceptos y se regula a través de ellos, por lo tanto tiene la facultad religiosa, que emana de Cristo, de proceder, canónicamente, contra aquellos que hacen apología de la muerte, pues están a favor de los asesinatos de niños dentro del vientre de su madre. Los que estamos por la vida lo consideramos un crimen aberrante, macabro y repugnante, porque se comete un delito contra un ser de inocencia suprema y con incapacidad absoluta de defensa. También, y con razón, es considerado un delito de lesa humanidad, pues se impide una nueva existencia de un ser, cercenando una vida antes de ver la luz, se hiere a la humanidad en la continuidad de la ley de procreaciòn y se priva a la misma de una persona potencialmente probable, estadísticamente, de ser un benefactor para la raza humana. A aquellos que no son católicos, pues profesan otras religiones o no, no les cabe ninguna responsabilidad ni obligaciones, por lo tanto no es su problema. Por eso, cuando se quiere opinar sobre ello se debe tener la mente libre y no sumergida en odios profundos y lacerantes que terminan siendo apologías de la ofensa gratuita y muy perjudicial para una sociedad que quiere vivir en paz. No obstante, los católicos tenemos esa "manía evangélica", perdonamos a los que nos ofenden.
Juan Bressan,
LE 6.347.664