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A un año de la solitaria búsqueda de un rosarino que desapareció en la Capital

Llamó a la mamá para que fuera a buscarlo a Buenos Aires y después se esfumó. Lo encontró un amigo detective, enterrado como NN en Berazategui. El Estado jamás lo buscó. 

Domingo 14 de Julio de 2013

Cristian Moreira sentía que lo perseguían. Cuando le ocurría, le avisaba a la madre que se marchaba de la casa y desaparecía por un tiempo para escapar de sus fantasmas. El 27 de junio de 2012 lo hizo por última vez: le dijo a Esther que se iba a la ciudad de Buenos Aires. Desde allí la llamó el 3 de julio para pedirle que fuera a buscarlo. Fue la última vez que hablaron. El muchacho desapareció misteriosamente y la mamá volvió a saber de él recién dos meses después. Lo habían encontrado muerto en un parque público, en Berazategui, y lo enterraron como NN en el cementerio público de esa ciudad.

Como otros, el caso de Moreira muestra las dificultades con las que se encuentran los familiares de personas que desaparecen y la soledad con la que realizan la búsqueda. A veces tienen "suerte" y los encuentran, aunque sea muertos. Otras veces ni siquiera eso.

Cristian tenía 27 años y había tenido una vida torturada. A los 17 empezó a sufrir delirios persecutorios y pronto le diagnosticaron una esquizofrenia paranoide. Solía desaparecer con aviso, pero volvía.

El día que habló por última vez con su mamá dijo que estaba en 9 de Julio y Lavalle, en la Capital Federal, y le imploró que fuera a buscarlo. "Tengo hambre y frío", contó a través del teléfono. Acordaron que el muchacho se fuera hasta la casa de un tío, en Villa Domínico. Ese hombre le compraría el pasaje con el que una vez más regresaría a su casa, en Gutemberg al 500.

Pero eso nunca sucedió. Pasaron los días y Esther no volvió a tener noticias de su hijo. Una semana después viajó a la Capital Federal y a la casa de su hermano, en el conurbano sur, pero Cristian no estaba en ninguna parte. Aunque estaba acostumbrada a sus ausencias, presentía que le había ocurrido algo.

Cuando volvió a Rosario decidió contarle la situación a Sandro Galasso, un detective privado del que es amiga desde hace años. Galasso conocía a Cristian desde que era chico y estaba al tanto de los conflictos familiares y problemas de salud mental del muchacho. Eran amigos.

Lo primero que hizo fue reparar un error: mandó a Esther a hacer la denuncia por averiguación de paradero en la comisaría 12º de Rosario. Pero como sabe que la policía no busca a nadie que haya desaparecido, decidió ocuparse personalmente. Sabía que debía buscar en el lugar donde el muchacho hizo su último llamado y que ya se había perdido demasiado tiempo. Y viajó a Buenos Aries.

Allí se instaló el 9 de julio. En la comisaría 4ª, con jurisdicción en la zona desde donde se produjo el último contacto de Cristian con Esther, no le prestaron mayor atención. "De casualidad me aceptaron que dejara una foto, pero no hicieron nada", recuerda. Por su cuenta indagó en el barrio y en las estaciones de Retiro y Constitución. También en hospitales neuropsiquiátricos y en sitios donde se asiste a personas indigentes. No encontró nada.

Buscar en las morgues. El tiempo pasaba y la desesperación de Esther aumentaba. Era una búsqueda solitaria. Ya en su tercer viaje Galasso comprendió que debía buscar en las morgues. La madre del muchacho desaparecido se resistía, pero su experiencia decía que era lo más atinado. Recorrió varias sin éxito, pero en el Area de Búsqueda de Personas de la Policía Federal dio con una oficial que le habló del hallazgo de un cuerpo NN en Berazategui. No era una pista concreta, pero era algo.

El cadáver al que Galasso debía prestar atención había sido encontrado el 8 de julio a media tarde en el parque Pereyra Iraola, al lado de la autovía Buenos Aires-Mar del Plata. Correspondía a un joven muy flaco y estaba desnudo y en posición fetal. Galasso supo que era Cristian cuando vio las fotos que le mostraron en la comisaría 4ª de Berazategui. Era el 1º de septiembre y la búsqueda al fin concluía, aunque con el peor resultado.

Pronto el investigador privado averiguó que el cuerpo estaba en el cementerio de Berazategui, enterrado como NN. El detective afirma que fue sepultado apresuradamente, sin que la fiscal que intervino en la causa abierta tras el hallazgo del cadáver haya ordenado medidas para identificarlo. Esther lo reafirma. "Si Sandro no lo hubiese encontrado yo todavía lo estaría buscando", reflexiona con amargura.

Cristian tenía cuatro hermanas. Vivía con dos de ellas, su madre y la pareja de la mujer en la zona oeste de Rosario. Aunque sufría delirios persecutorios, era pacífico y bohemio. "Le gustaba leer y hasta estaba estudiando inglés", cuenta Galasso.

La madre recuerda que, cuando se iba, Cristian casi siempre se refugiaba en Buenos Aires, aunque una vez terminó en San Luis. "Un día me llamó desde allá y me pidió que lo buscara. Le compré el pasaje y se lo mandé, pero no llegué a tiempo: al otro día estaba en casa". Se lo había comprado un desconocido, alguien que se condolió de él.

A un año del último viaje de su hijo, Esther intenta convivir con la idea de su ausencia. También procesa la desidia de organismos del Estado que nunca la ayudaron, como en otros casos. Y le agradece a Galasso, el amigo que le tendió una mano aunque llegara a la verdad más dolorosa: "Las respuestas que no me dio la Justicia las tuve gracias a él".

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