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A un año de la gran tormenta, la región aún sufre sus consecuencias

Fue un fenómeno extraordinario que inundó ciudades enteras, derrumbó un puente y causó invaluables daños. Hubo una víctima fatal en la provincia y otra en Victoria, y familias enteras debieron dejar sus casas. Lo que se hizo y lo que falta.

Domingo 20 de Octubre de 2013

Tormentas para algunos, tornados para otros, algo excepcional, seguro. Se cumple en estos días un año de los devastadores temporales que azotaron la región y se ensañaron con algunas localidades dejando a su paso pérdidas materiales millonarias, familias sin techo, invaluable vegetación devastada y múltiples consecuencias, algunas de las cuales se fueron resolviendo, mientras que otras, más complejas, aún esperan, como la reconstrucción de un puente derrumbado que une San Lorenzo y Puerto San Martín.

Los meteoros ocurridos entre en los últimos diez días de octubre de 2012 tuvieron su preludio el 2 de ese mes, cuando literalmente "cayó piedra sin llover" en la ciudad de Santa Fe, con viento y una pedrea en seco que por la madrugada arrasó árboles, mató cientos de pájaros, provocó un sinnúmero de daños y dejó sin luz a media capital, sin víctimas fatales y con unos 50 autoevacuados.

El domingo 21, Servicio Meteorológico Nacional había lanzado un alerta por tormentas con un pronóstico de un nivel máximo de 100 milímetros de precipitaciones, aunque para el norte de la provincia. Luego emitió dos informes a corto plazo, en los que advertía que acontecerían con mayor fuerza en Rosario, Venado Tuerto, Arequito, San Gregorio, Santa Fe y en Entre Ríos, en Gualeguay y Villa Paranacito. Sin embargo, los golpes más duros de lo que muchos describieron como un tornado se dio en 16 localidades del sureste provincial, entre ellas Roldán, Funes, San Lorenzo, Puerto San Martín, Granadero Baigorria, Pérez, Zavalla y Casilda.

La consecuencia más grave se dio en Capitán Bermúdez, que si bien no registró el nivel de desastre de los pueblos más afectados, fue el único que contabilizó un muerto en plena tormenta, por electrocución. Otra ciudad que también tuvo una víctima fatal fue Victoria, en Entre Ríos, donde una joven embarazada perdió la vida a raíz de un árbol que se derrumbó sobre el techo del baño donde se estaba duchando.

La furia del viento, granizo en algunos sectores y el agua fue desoladora y se desató en dos cuotas: se calculó que la mitad caudal de lluvia —no menos de 100 milímetros, según la zona— cayó en la primera media hora de tormenta, y cuando parecía que lo peor había pasado, se desencadenó una segunda, a las pocas horas. Tantas precipitaciones en tan poco tiempo desbordaron arroyos, desagües y canales—, por lo que la postal del desastre se completó con el desfile familias hacia los centros de evacuación.

Con los pies sumergidos, en canoas, a bordo de camiones, de carros. Con lo puesto, con los chicos y las mascotas a upa. Así llegaron a los refugios más de 500 personas, según los primeros datos oficiales, aunque fueron muchas más. Llegaron después de padecer la voladura de sus techos, el azote de los árboles (muchos quedaron con sus raíces expuestas), el implacable ingreso del agua a sus hogares. Llegaron con la angustia de perderlo todo, aunque otros no se resignaron y permanecieron en sus casas por temor a los robos, como ocurrió, por ejemplo, en San Lorenzo.

Nadie podía abandonar los centros de evacuados sin antes pasar por un control sanitario y recibir la vacunación correspondiente. En tanto, no hubo clases en las localidades más comprometidas por los cortes de luz, de agua y anegamientos como Capitán Bermúdez, Granadero Baigorria, San Lorenzo, Ibarlucea, Funes y Roldán.

 

Lo urgente, lo importante. Llegó entonces el apoyo estatal y de los solidarios que quedaron en tierra seca, aunque éstos en su mayoría padecieron el corte de servicios por la caída de postes y saturación de napas. Roldán sin dudas fue en este sentido la ciudad más afectada (ver aparte).

En los próximos tres a cinco días el gobierno provincial asistió con elementos básicos para los damnificados y bombas de desagüe, entre otros elementos. La EPE resolvió el grueso de los problemas de media tensión. El agua potable fue un problema en la zona de San Lorenzo, que se abastece de 25 pozos rurales de los cuales sólo el 10 por ciento se pudo restablecer en lo inmediato. Assa asistió entonces con cubas en este lugar y en Baigorria, Funes, Roldán y Pérez. Mientras tanto, el personal municipal y los bomberos de las localidades más afectadas trabajaban a destajo para despejar las calles de la vegetación caída, y de los amenazantes postes y cableados inclinados.

Para desagotar las calles, algunos municipios y comunas debieron disponer de bombas extractoras (algunas aportadas por la provincia). Todo un tema, teniendo en cuenta que el agua retirada había que derramarla en algún lado y de allí que algunas localidades, las ubicadas “cuesta abajo”, acusaban a las de “arriba” de transferirles el problema. Ello, sin contar el propio escurrimiento de los campos que fueron perdiendo permeabilidad por la siembra directa y los numerosos canales clandestinos que se evidenciaron más que nunca.
  Así es como, por ejemplo, Funes e Ibarlucea, se quejaron del desagote de Roldán. Y ésta recibió el húmedo legado de Pérez, que a su vez temía por el drenaje desde Coronel Arnold, Soldini y Zavalla.

Prohibido pasar. Si de consecuencias secundarias se trata, una de las más críticas fue la del caos vehicular que se generó, más allá de las rutas anegadas, por los numerosos piquetes que empezaron a proliferar, paradójicamente en localidades que en la lista de afectados no estaban en los primeros puestos. Grupos de damnificados reclamando ayuda cortaron accesos, egresos y calles de Baigorria, Capitán Bermúdez y Fray Luis Beltrán, y generaron largas colas de vehículos, en ocasiones, de varios kilómetros. Estas protestas se extendieron hasta el 25 de octubre.
  En San Lorenzo “hubo algún incidente menor que no duró más de una hora porque la respuesta llegó”, indicó el intendente Leonardo Raimundo, quien evaluó que a un año del nefasto fenómeno meteorológico al que definió como “una tormenta convergente violentísima”, la ciudad “tuvo consecuencias muy graves, especialmente para los vecinos —250 familias perdieron sus techos y los asistió el municipio con la ayuda de la provincia—; los comerciantes, que pese a que los afectó en su actividad colaboraron con la administración local y también para el patrimonio histórico, que tuvo una pérdida irremediable con la muerte del Pino Histórico” (ver aparte).
  
El puente. Un capítulo aparte dedicó Raimundo al incidente que ocurriera tras una segunda tormenta entre el 28 y 29 de octubre, que generó anegamientos porque el suelo ya había perdido permeabilidad con la anterior: la caída del puente sobre el arroyo San Lorenzo. “De todo lo ocurrido hace un año, ésta es la única obra que resta para saldar los daños, que también alcanzaron al cementerio, al centro cultural, luminarias, más lo que perdió la gente, que significaron la pérdida de varias decenas de miles de millones de pesos”, lamentó.
  En el balance de las malas y las buenas, Raimundo clasificó entre éstas últimas “la comprensión y la solidaridad de la gente y de los comercios, que acompañaron al municipio en todo el proceso, al igual que los profesionales de la salud, Defensa Civil, la EPE y Assa”. Y remarcó además “el trabajo conjunto desarrollado incluso días antes de la caída del puente con Puerto San Martín”, cuyo intendente, Carlos De Grandis, coincidió al señalar a este diario que la asistencia para poner en pie ambas ciudades se hizo “sin colores políticos”.
  “Sufrimos una catástrofe y ojalá que no vuelva a suceder”, expresó el intendente puertense, quien indicó que en su ciudad las mayores consecuencias se presentaron en el barrio Petróleo, donde el municipio ejecuta hoy con fondos propios ocho viviendas para familias damnificadas por el temporal del año pasado y encara la puesta en valor de este antiguo sector de la ciudad.

 

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