Martes 05 de Junio de 2012
A todos aquellos lectores que siempre esperan encontrar en este espacio airadas denuncias, quejosos reclamos, irregularidades de grave tenor y visiones apocalípticas por lo que es pero debería ser, les pido que no pierdan su tiempo en este caso. Yo sólo quiero referirme a una sencilla carta que se publicó el 6 de mayo pasado por parte de una señora de nombre Angélica, indignada por la atroz mutilación que sufriera un árbol del espacio público, aparentemente para hacer visible un negocio. Es decir: la pequeña historia de un árbol talado, tan simple como eso. A juzgar por el DNI, quien firma la nota debe tener unos 90 años (quizá la edad del infortunado árbol), por lo visto sabiamente llevados. Aunque se deslizó un involuntario error, ya que el árbol en cuestión no se encuentra allí donde se indica sino cuatro cuadras antes y seguramente Angélica hacía referencia al ahora talado plátano de San Martín 4211. Ello no quita esencia ni vigor al comentario pues ese tipo de atropellos por parte de frentistas inescrupulosos o funcionarios poco idóneos ocurre todo el tiempo y en cualquier lugar. Mutilar un árbol, al igual que orinar un mástil, pintar una estatua o destruir un nido (entre otras iniquidades) habla muy mal de nosotros porque significa degradar innecesariamente un símbolo, más allá del mal ocasionado. Nos hemos convertido en extrañas y modernas criaturas despojadas de sensibilidad, permeables a cualquier influencia banal, proclives a la seducción hedonista, militantes del mínimo esfuerzo. Autistas tecnológicos sin capacidad de avergonzarnos ante el daño irreparable. Tal vez, sólo a una respetable nonagenaria le preocupe un árbol de la ciudad cobardemente talado. El resto, entre vanidades y egoísmos, nos hemos convertido en hacheros de nuestro propio destino.
Roberto Castaño / DNI. 17.113.141