Domingo 09 de Enero de 2011
Esa noche desde el bar donde estaba escuché el ruido más espantoso que jamás había oído. Sin saber por qué, tomé el celular y te llamé, no me contestaste, me pareció raro porque siempre me atendías, yo sabía que estabas con una amiga pero no sabía dónde. La gente corría hacia el lugar, mi corazón comenzó a palpitar cada vez más fuerte, corrí yo también y cuando llegué a ese lugar, mi presentimiento se había hecho realidad. Primero veo a tu amiguita en el suelo, y luego te encuentro a su lado, caída, inmóvil, en un charco de sangre ¡casi sin vida! Pregunté qué había pasado "una moto las atropelló, iban muy fuerte, como locos", era la respuesta de toda la gente. Busqué con insistencia la moto, pero no estaba (después me enteré que se la llevaron para esconderla porque no tenía la documentación correspondiente ni el seguro). Desde ese momento, hija mía, mi vida se partió en dos. Una parte de mi murió, se fue con vos. Aún no habías empezado a vivir con tus 16 añitos y en un instante todo se terminó. No me consuelo. Era una muerte evitable. Cuántas responsabilidades. La de aquél que conducía la moto, a sabiendas que la misma no estaba en condiciones; la de aquellos que tenían la obligación de controlarlo; la de los adultos, que sin dar ejemplos se transforman en cómplices. Si todos y cada uno tomaran conciencia del terrible dolor que produjeron quizás tu injusta muerte tuviera un valor. ¡ Esto no tiene que volver a pasar! Vos hijita de mi alma ya no estarás a nuestro lado, te quedarás en nuestros corazones para siempre, pero ojalá ayude para que otros padres no pasen por tanto dolor. ¡Te amo hija! A la memoria de Yoana Frassi.
Gabriela Servidio