A la selección de Diego le volvió el alma al cuerpo y va a Sudáfrica
Cuando el 19 de noviembre del año pasado Argentina derrotaba 1-0 a Escocia, en el debut de Maradona como DT, nadie hubiera imaginado que casi un año después el equipo nacional debía sufrir para lograr la clasificación al Mundial 2010. Es el final. Diego y Bilardo se funden en un abrazo conmovedor, mientras los jugadores hacen lo propio luego de conseguir el pasaje directo a Sudáfrica. Se lamenta Uruguay, sin dramatizar, por una derrota que no esperaba pero que entraba en sus cálculos y que ahora le significa jugar el repechaje.

Jueves 15 de Octubre de 2009

Cuando el 19 de noviembre del año pasado Argentina derrotaba 1-0 a Escocia, en el debut de Maradona como DT, nadie hubiera imaginado que casi un año después el equipo nacional debía sufrir para lograr la clasificación al Mundial 2010. Es el final. Diego y Bilardo se funden en un abrazo conmovedor, mientras los jugadores hacen lo propio luego de conseguir el pasaje directo a Sudáfrica. Se lamenta Uruguay, sin dramatizar, por una derrota que no esperaba pero que entraba en sus cálculos y que ahora le significa jugar el repechaje. Una realidad que, de la mano del Diez, arrancó a pura ilusión en Escocia, se fue transformando en una enorme desilusión para terminar en un desahogo gigante.

Es el final. Argentina se subió al tren. Es cierto que lo hizo con el último aliento, casi por la ventana, pero se metió en uno de los vagones que van a Sudáfrica 2010 por el camino más corto, aunque cargado de angustia y con algo de escepticismo. Casi como un calco en la vida de Maradona, donde nada fue lineal.

Es el final. Diego se desboca contra la prensa, lo traiciona su temperamento y vuelve a quedar preso de su verborragia, como tratando de sacarse de encima el fastidio y la bronca que estos días de sufrimiento le generaron. Perdiendo de vista su responsabilidad. Bilardo suspira aliviado. Y Grondona, el hombre que hizo la gran apuesta por el Diez, mira socarronamente sabiendo que se sacó una mochila pesada, mientras se relame porque la jugada, riesgosa, le terminó saliendo bien. Aunque, si el desenlace hubiese sido diferente no hubiese tenido ningún reparo en mandarlo a la guillotina.

Es el final. Y las voces de felicidad se multiplican. Diego muestra su rencor. Y los jugadores se desahogan. En el medio, hay un equipo que casi nunca tuvo identidad a lo largo de los últimos tiempos y que venía en caída libre y sin un paraguas protector. Maradona no entiende lo que para él fueron críticas despiadadas, aunque debe aceptar que no es casualidad. Algo que su entorno, al menos por una vez, bien podría hacerle entender.

Es el final. Y la Argentina vivió los 90 minutos con el corazón en la boca. Son las últimas imágenes que llenaron de preocupación y alimentaron el miedo a tener que mirar lo que suceda en Sudáfrica 2010 por televisión. Con mucho nerviosismo y una tensión que se palpaba en todos lados. En las casas, detrás de los televisores y en la calle. Y ni hablar de las casi 3.300 almas que desafiaron la lluvia, el frío y la distancia para acompañar a la selección y hacerle el aguante a Diego.

Es el final. Y a diferencia de lo que fue el cierre del cotejo ante Perú, esta vez la selección no necesito de un milagro ni de un manotazo de ahogado, casi una marca registrada de este equipo en los últimos tiempos. En parte por las falencias de Diego, pero los jugadores no pueden mirar para otro lado ni hacerse los distraídos. Porque los mismos que ahora disfrutan de la clasificación hasta ayer pusieron en serio riesgo el pasaje a Sudáfrica. Pero, al menos anoche, comenzó a dar señales de vida. Para que a Diego y a los argentinos les vuelva el alma al cuerpo.