Martes 31 de Julio de 2012
Fue una mujer realmente única. Cuando todas las mujeres cocinaban rico y eran buenas amas de casa se fue a estudiar medicina. No conforme con eso, se especializó en ginecología y, como para que no queden dudas que lo suyo era ir contra el statu quo, comenzó a hablar de los derechos de la mujer. Defendió a la mujer, pero también al hombre, defendió la especie. Entendió antes que muchos que la igualdad es la meta. Fue fervorosa feminista, pero siempre defendiendo a la mujer, nunca atacando al hombre. Habló de planificación familiar en los 60, de métodos anticonceptivos, de educación sexual. De todo lo que no se podía hablar, habló. Fue generosa con los suyos y con los otros. Enseñó que la generosidad no pasa sólo por el dinero, pasa también por lo que uno da como ser humano a los demás. Dio mucho a muchos, sin pedir nada a cambio. Cuidó a su familia, la protegió, le dio amor, sabiduría y verdaderos valores en la vida. Su casa respiraba arte, libros, viajes, canciones, diarios, lámparas de Aladino y esculturas de Blotta, máscaras del Japón y de seres en exóticas poses de amor. En su casa vivían historias de selvas amazónicas, de elefantes africanos, de nieve suiza, de tortugas gigantes de mares del pacifico, de vendedores de mercados de medio oriente. Era lindo escucharla. Lo tuvo todo y lo perdió todo. Y lo volvió a tener. Siempre dijo que con todas las causas nobles que hay en la vida, no tenía sentido ser un rebelde sin causa. Fue el ejemplo de una vida en rebeldía, una vida de luchas. Una vida revolucionaria. Fue feminista, ecologista, libertaria, sexóloga, educadora, humanista, doctora. Fue eso y mucho más, pero por sobre todas las cosas fue una madre y abuela ejemplar. Cuidó a su familia, la protegió, le dio amor, sabiduría y verdaderos valores en la vida. A un año de su partida la quiere y la extraña su nieto.
Juan Pablo Jozami