Domingo 21 de Agosto de 2011
Te conocimos hace algo más de veinte años cuando, con muchos ideales y nada de recursos, un grupo de soñadores iniciamos un trabajo de carácter social en uno de los asentamientos de nuestra ciudad. Llegamos a vos a través de otra persona que sabía de tu sensibilidad, de tu compromiso con los más humildes, de tu calidad humana y profesional. Y fuiste nuestra médica en esa humilde salita que abrimos. Venías a atender sin cobrar nada, ni un centavo. Aprendimos a tener con la gente ese trato cuerpo a cuerpo que nos permitía ir más allá de brindarles un consultorio con una médica para que los atendiera. Esa pequeña salita que pudimos sostener durante diez años y que ya sin más posibilidades económicas debimos cerrar cuando contaba con seis mil pacientes, y a la que habíamos podido equipar “con todo”. Estuviste con nosotros poco tiempo. La Municipalidad “nos robó” tu presencia. Pero ese tiempo fue suficiente para que aprendiéramos cuál era el camino, que entendiéramos que no existían enfermedades sino personas que las padecían, y que cada uno vivía la misma enfermedad de distinta forma. Aprendimos a escuchar a cada uno de los que pasaban por nuestro local, a prestar una silla y nuestros oídos a muchos ancianos que no venían sólo a atenderse sino a pasar la tarde con nosotros impulsados por la necesidad de no sentirse solos. A trabajar en la prevención, a trabajar con los jóvenes, con los niños. Creo que para todos nosotros ese fue uno de los períodos más felices de nuestras vidas. Recuerdo cuando Rocío superó la desnutrición, esa noche hicimos una fiesta en la calle con todos los vecinos para festejarlo. Los médicos que te sucedieron, que fue una cadena que llegó de tu mano, trabajaron con la misma filosofía. Hace muchos años que dejé de verte, pero siempre estuve atenta a tus pasos. Sentí un gran orgullo viendo la notable gestión que realizabas en el Ministerio de Salud de la provincia, ese orgullo de decir “yo la conozco”, “compartimos un hermoso tiempo”. La noticia de tu alejamiento de la función primero me sorprendió, luego me dolió, y finalmente me colmó de felicidad. Hay castigos tan absurdos que se transforman en condecoraciones. Y hoy necesito decirte en mi nombre y en el de muchos que te conocieron que sentimos la inmensa alegría de saber que seguís siendo la misma maravillosa persona de hace algo más de 20 años. Esa Débora fuerte, con ideales, trabajadora, honesta, sensible. Los santafesinos hemos perdido a una funcionaria gigantesca. No le resultará fácil al gobierno provincial reemplazarte.
Silvia Fernández Leon silviafleon@hotmail.com