Jueves 14 de Octubre de 2010
Al parecer, al destino en Sudamérica le gusta jugar con los números y particularmente con el 33. Porque fueron 33 los orientales que en 1825, partiendo desde Quilmes y San Isidro, desembarcaron en la playa La Agraciada ubicada en la margen izquierda del Río Uruguay. Al mando del general Juan Antonio Lavalleja y del sargento mayor Manuel Oribe expulsaron a los brasileños del ejército imperial que ocupaban por entonces la Banda Oriental. Y fueron 33 los mineros que en el desierto chileno de Atacama, quedaron sepultados en la mina San José. En un principio se supuso que no tenían posibilidades de salvación. Sin embargo, la fe, el esfuerzo, la tecnología y la inteligencia puesta al servicio del bien; la perseverancia y el trabajo inclaudicable de ingenieros, mecánicos, geólogos, médicos, psicólogos, voluntarios y rescatistas, obraron el segundo milagro en el historial de los Andes. El primero había sido el del salvamento de los rugbiers uruguayos víctimas de un accidente aéreo en 1972. Así, en los primeros minutos de ayer, el primer minero fue rescatado mediante la ya célebre cápsula Fénix 2, que lo trajo a la superficie desde 622 metros de profundidad. El histórico rescate concitó la atención del mundo, generando una expectativa no tan grande como la que suscitó el alunizaje del Apolo 11 en 1969, pero tuvo un contenido emotivo más intenso. Celebramos este acontecimiento milagroso sucedido en Chile y esperamos que su majestad, el destino, juegue nuevamente con el número 33, pero en algo que no tenga que ver con una acción bíblica o de salvamento. Podría ser, por ejemplo, que 33 multimillonarios de esos que no gastarán sus fabulosas fortunas ni en 100 años de existencias, donaran parte de esa riqueza para mejorar la calidad de vida de miles de personas que sufren la más pavorosa miseria. Claro; que se produzca eso, es más improbable que el doble milagro del que fue testigo la cordillera andina.
Edgardo Urraco,
urracoweb@latinmail.com