1929: la madre de todas las crisis de la economía capitalista
La caída de la Bolsa de Nueva York cambió la historia del siglo XX. Puso en duda las teorías neoclásicas y le abrió las puertas al keynesianismo.

Domingo 29 de Enero de 2012

El crack de 1929, seguido de la Gran Depresión, fue algo así como la Ferrari de todas las crisis, la madre de la criatura, el momento a partir del cual cambió tanto la historia del siglo XX como la misma teoría económica desde las entrañas profundas de las finanzas mundiales: la Bolsa de Nueva York.

Ese año marca el inicio de la mayor debacle del capitalismo contemporáneo, el fin de la monarquía teórica neoclásica y la aparición del keynesianismo, doctrina en la que el Estado ocupa un lugar preponderante y aparece como garante y propulsor del desarrollo económico y que señala, al mismo tiempo, la "imperfección" de los mercados.

También fue el arranque de una ola proteccionista que rediseño el mapa del comercio internacional.

Poco antes, Estados Unidos mostraba una cara reluciente de gran potencia y se presentaba como gran acreedor mundial, mientras Europa penaba para acomodarse después de los dolores y las pérdidas construidas a la sombra de las trincheras de la primera Guerra Mundial.

Pero el imperio naciente hervía de contradicciones, ya que mientras el fordismo multiplicaba la productividad de las empresas, el peso de los salarios era cada vez mas chico respecto al Producto Bruto Interno, achicando el poder adquisitivo del estadounidense promedio.

1929 marcó el último año de crecimiento económico de Estados Unidos: en 1933, el PBI representaba apenas el 30 por ciento del alcanzado en el '29, y el desempleo era del 25 por ciento. En sólo cuatro años, el PBI estadounidense cayó a la mitad; el consumo de bienes durables un 70 por ciento; la inversión se redujo cinco veces, y los precios cayeron un 25 por ciento.

El historiador de origen británico Eric Hobsbawm, en su libro "Historia del siglo XX", resume lo que significó, en perspectiva histórica, el crack del '29 y la Gran Depresión: "nadie esperaba la extraordinaria generalidad y profundidad de la crisis que se inició en la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929. Fue un acontecimiento de extraordinaria magnitud, que supuso poco menos que el colapso de la economía capitalista mundial, que parecía atrapada en un círculo vicioso donde cada descenso de los índices económicos reforzaba la baja de todos los demás. Si no se hubiera producido la crisis, no habría existido Hitler, y casi con toda seguridad tampoco Roosevelt. Difícilmente el sistema soviético habría sido considerado como un antagonista económico del capitalismo mundial y una alternativa al mismo...por decirlo en otras palabras, el mundo de la segunda mitad del siglo XX es incomprensible sin entender el impacto de esta catástrofe económica".

Antecedentes. Son varios y variados los factores que explican, cada uno con diferente intensidad, el porqué del derrumbe generalizado de las finanzas primero y de la economía real después a partir de la fecha emblema de 1929.

El primer lugar que hay que mirar es Europa, donde cambios radicales estaban ocurriendo. Por una parte, el siglo XX marcó el final del poder financiero y comercial de Gran Bretaña, el más poderoso imperio colonial hasta ese momento.

A eso se agregaron hechos trascendentes, como la Revolución Rusa de 1917 y, más al oeste, en el corazón europeo, el surgimiento del fascismo. Ya en 1924, el gobierno estadounidense había lanzado un plan de ayuda financiera para Alemania, muy golpeada por las compensaciones que el Tratado de Versalles le había impuesto al finalizar la Primera Guerra.

El final del conflicto dejaría huellas que redefinieron las pautas económicas de los bloques dominantes: por una parte, dejó de funcionar el patrón oro, que regía los cambios entre las monedas nacionales; por otra, el comercio entre las naciones dejó de orbitar bajo el multilateralismo para dejarle lugar a una creciente ola de proteccionismo.

El declive británico iba a la par del ascenso estadounidense, que se afianzaba como el imperio emergente y, al mismo tiempo, el principal acreedor internacional. Además, Washington copó los deprimidos mercados europeos y aprovechó la falta de competencia. El dolar se convirtió en la moneda de los intercambios internacionales, enterrando a la libra esterlina en el cajoncito de los recuerdos.

Fronteras adentro, ese país también redefinía nuevas pautas sociales y económicas sobre todo por la aparición del fordismo, una nueva forma de organización del trabajo con repercusiones hondas en la organización y el imaginario de toda la sociedad.

Pero a pesar del brillo externo, coexistían flaquezas internas: tal como lo señalan Mario Rapoport y Noemí Brenta en "Las grandes crisis del capitalismo contemporáneo", la desigual distribución de los ingresos y el bajo nivel de los salarios en relación son su productividad funcionaban como una bomba de tiempo: "entre 1920 y 1929, la participación de los beneficios de las empresas en el ingreso nacional aumentó un 45 por ciento, mientras los salarios lo hicieron sólo en un 13 por ciento".

Esas cifras marcaban, con elocuencia, el límite al consumo de masas que resultaba del propio fordismo.

A su vez, en el mundo financiero, nadie supo ver la burbuja que se armaba, y muy por el contrario tanto desde ese ambiente, como desde ámbitos políticos y académicos, se destacaba el gran momento que atravesaba es nación.

La burbuja. Hacia 1928, los capitales de todo el mundo tomaron nota de las astronómicas ganancias que se producían en la Bolsa de Nueva York, y hasta allí fueron a la búsqueda de rendimientos superlativos: la perspectiva de crecimiento parecía no tener fin en Estados Unidos: crecía la producción, los ingresos, la Bolsa subía y no había inflación.

Como señalan Rapoport y Brenta, la necesidad que se le planteaba a Estados Unidas en esa época era como ampliar las posibilidades de inversión: "por un lado, comenzaron a llegar enormes sumas de capital hacia actividades especulativas y, por el otro, crecieron los recursos hacia otros lados del mundo".

A principios de 1929, los síntomas de agotamiento y recesión a través de una sobrevaluación de títulos y acciones de empresas mediante dibujos especulativos eran evidentes.

La economía real tenía beneficios agotados ya, y todos los flujos de capital iban a parar directo al "casino especulativo" de la Bolsa, aunque las maniobras financieras se estiraban también a sectores como el inmobiliario y la industria de la construcción.

"En forma breve y sostenida la Bolsa se fue escindiendo del sector productivo, era difícil seguir sosteniendo que el crecimiento en el precio de las acciones era un reflejo del crecimiento en la economía real", señalan los autores, un fenómeno que se multiplicó de manera exponencial ya que no existía ningún tipo de regulación estatal para el negocio bursátil.

La burbuja explotó el martes 29 de octubre de 1929, con un descenso del índice bursátil de 43 puntos: "sin dudas, las causas del crack hay que buscarlas...en el desenfreno especulativo que se propagó a lo largo de la década del '20", escribieron los dos economistas, que agregan que a eso se sumó la política de la Reserva Federal, "que no hizo más que alimentar la burbuja con continuas expansiones de la liquidez".

Al combo de sociedades de inversión, bancos, Reserva Federal e inversiones a la búsqueda de rápidas ganancias se sumó la ausencia total de regulaciones por parte del Estado.

El resto es historia conocida...en 1933, el gobierno de Roosevelt devalúo el dolar, lo que afectó al comercio internacional y provocó un auge de políticas proteccionistas y la fragmentación del mercado mundial. Las quiebras bancarias se multiplicaron en Estados Unidos y en Europa, lo que redujo el flujo de créditos, hizo bajar los precios y profundizó todavía más la depresión.

Revolución teórica. Como pasa cada vez que el orden establecido muestra su cara fea, la depresión económica y la falta de respuesta académica a lo que pasaba sirvió para abrir la puerta a nuevas visiones teóricas, que ofrecían maneras diferentes de entender las relaciones económicas.

Hasta bien entrada la década de 1920, prevalecía la idea de la "mano invisible" de Adam Smith, para la que la sociedad es un "todo orgánico" cuyas partes interactúan hasta encontrar un equilibrio que optimiza beneficios. Para Smith, el interés particular coincidía con el interés general, por lo que había que "laisser faire" (o "dejar hacer") a los mercados sin interferencias estatales.

Pero como explican Rapoport y Brenta, la Gran Depresión demostró que la premisa neoclásica de que la oferta siempre encuentra su demanda no es siempre cierta: "desde el punto de vista teórico se empezó a reconocer que la oferta no crea por si misma su demanda, y que la producción se puede acumular como inventarios no vendidos ante la falta de compradores".

En ese contexto, se engrandeció la figura y el pensamiento de John Maynard Keynes, a contramano de los postulados neoclásicos, tanto el keynesianismo como el marxismo tomaban la desigualdad de ingresos y la insuficiencia de la demanda como elementos centrales para entender el funcionamiento de los sistemas de mercado. Comenzaba otra época. •