Economía

Soja: de simple yuyo a surtidor de divisas

La oleaginosa se transformó en una pieza clave de la economía argentina. En 2013 el complejo exportó 137 por ciento más que diez años antes.

Domingo 01 de Febrero de 2015

En los primeros años del siglo, si se observaban las exportaciones del país por empresa, se podía sospechar el inicio de un cambio de tendencia. Las petroleras, con YPF a la cabeza, empezaban a ceder los primeros puestos del ranking frente a las que todavía suelen ser llamadas las cerealeras, un nombre seguramente heredado de hace cuando el país no hacía más que cultivar trigo, lo que le valió también el mote de granero del mundo.

En aquellos primeros años del 2000 todavía resultaba impensable que el país fuese a convertirse en importador de combustibles fósiles, así como que la soja pasara a ser el principal surtidor de dólares. Eran tiempos en que algunos libros de texto todavía caracterizaban a la Argentina como productor de lino, un cultivo ya casi desaparecido, y la palabra soja tenía forma de brotes en la ensalada o de milanesas dietéticas.

Unos pocos números duros muestran lo que la soja representa hoy para la economía argentina. En 2013, las exportaciones de porotos de soja y los productos de su industrialización (aceite, harina y biodiesel principalmente) generaron 23.208 millones de dólares, un 137 por ciento más que diez años antes, de acuerdo con la cámara de las empresas que procesan y exportan oleaginosas y cereales, Ciara-Cec.

Ese monto representa más de una cuarta parte (26 por ciento) de todas las exportaciones del país. De allí el problema del gobierno con esas alcancías en que se han convertido los silobolsas: la soja guardada no se transforma en dólares ni en recaudación fiscal.

Los productos del complejo oleaginoso en 2013 generaron un valor de u$s 30.900 millones, conformaron el 5,5 por ciento del PBI y aportaron el 10 por ciento de la recaudación fiscal total del país, contando sus aportes en derechos de exportación (retenciones), impuesto a las ganancias e IVA, y sin considerar los aportes a la seguridad social, de acuerdo con un trabajo de Sebastián Senesi e Iván Ordóñez, especialistas de la carrera de Agronegocios de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Según estos especialistas, el sector invirtió u$s 2.600 millones en 2012/13, en combustible, agroquímicos, fertilizantes, semillas y maquinaria. Y genera 28.000 empleos directos y 200.000 indirectos, sostiene Ciara-Cec. Como yuyo —como en su momento se lo mencionó—, es bastante importante.

más DEMANDA Y OFERTA. El pronto desarrollo de la soja en el país vino de la mano de varios factores, pero claramente, de la demanda de China luego de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio (OMC), a fin de 2001, y sus reformas pro mercado. En el gigante asiático, la soja se transforma en peces, en chanchos, en pollos y en vacas, y así y todo no alcanza para la necesidad de proteína animal de los millones de chinos que pasan del campo a la ciudad cada año, y suben en la pirámide social y alimentaria.

Mientras tanto, acá se habían dado varias condiciones para abastecer esa demanda creciente. Por el lado productivo, la autorización en 1996 de la soja RR, modificada genéticamente para resistir el herbicida glifosato, lo que permitía matar cualquier maleza sin dañar la planta, que incrementó enormemente los rendimientos por hectárea, junto con la difusión de la tecnología de siembra directa, en lo que la Argentina también fue pionera.

A la par, la creciente extensión de la superficie de soja fue acompañada y canalizada con la construcción de un enorme complejo industrial sojero a la vera del Paraná en la segunda mitad de los 90, a su vez posible por el aumento del calado del río a 32 pies de dragado, con la concesión de la hidrovía.

Ese polo sojero exportador conoció una segunda fase de inversión en capacidad tras la gran devaluación de 2002, la explosión del cultivo de soja y la profundización del Paraná hasta 34 pies efectivos, que permitió cargar más los barcos y reducir costos.

Unos años después vino otra tanda de dólares, no ya en capacidad de molienda sino en valor agregado, con la construcción de plantas de biodiesel, el biocombustible con el que se corta el gasoil, y que llevaría a la Argentina a ser el primer exportador mundial de este producto, así como ya era de aceite y harina de soja.

INCIDENCIA EN SANTA FE. Santa Fe fue la provincia que más captó las inversiones en construcción y sucesivas ampliaciones y agregados de valor en materia sojera por ese complejo industrial portuario que desde el vamos fue uno de los más modernos y eficientes del mundo. Su capacidad de molienda es por lejos la mayor del país: en 2013 procesó 29 millones de toneladas de granos de soja, de los 34 millones que se industrializaron en total.

En cierto sentido, la naturaleza favoreció a la provincia en este desarrollo, ya que la barranca alta que la orilla del Paraná tiene del lado santafesino permitió en los últimas dos décadas la instalación de los puertos que hoy exportan más del 95 por ciento de las harinas, aceites y subproductos del país. Son los llamados puertos up-river, que se extienden sobre unos 90 kilómetros con Rosario al centro, Timbúes al norte y Villa Constitución al sur. Un desarrollo encabezado por las mayores comercializadoras de granos del mundo: Cargill, Bunge, Dreyfus, Toepfer, Nidera, Noble, pero también por las argentinas AGD, Vicentín, Molinos y ACA.

El movimiento que generan es fenomenal: en 2013, habrían ingresado a ese complejo cerca de 1,5 millón de camiones, 170.000 vagones ferroviarios y casi 4.000 barcazas llevando granos para procesar, y unos 2.200 buques transoceánicos para buscar granos, aceites, harinas y subproductos, y llevarlos a destino. Esta expansión, como en el resto del país, no fue acompañada de la infraestructura adecuada, a lo que se deben muchos cuellos de botella en otoño, época de cosecha.

En cuanto a la producción agrícola, Santa Fe tuvo el 16 por ciento de las hectáreas sembradas con soja (3,2 millones) en la campaña 2012/13. Eso la convierte en la tercera provincia con más superficie sembrada con la oleaginosa, después de Buenos Aires (que tiene un 34 por ciento) y Córdoba (27 por ciento), y también es la tercera en producción: cosechó 10,5 millones de toneladas de soja en esa campaña, una quinta parte del total del país. Así, la provincia procesa tres veces lo que produce.

El Ministerio de Agricultura arroja un dato llamativo: Santa Fe es el territorio en que la soja tiene mayor rendimiento por hectárea: 3.317 kilos en la campaña 2012/13 (contra 2.689 de Buenos Aires y 2.489 de Córdoba).

EL MAYOR CONFLICTO K. Las retenciones o derechos de exportación (se descuentan del precio en el momento en que el productor vende el grano), fueron lo que desataron el largo y penoso conflicto entre el campo y el gobierno en 2008. En marzo de ese año, en plena cosecha (cuando ya no hay opciones), el gobierno presentó un sistema de retenciones móviles según el cual, cuando el valor internacional del grano subía, la tasa aumentaba. El mayor problema que planteaba no era tanto el sistema en sí como la escala que fijaba: si el precio de la soja superaba los u$s 600 en Chicago, la retención subía al 95 por ciento. Es decir, tendía a quedarse con toda la ganancia del productor. Para peor, el seguro aumento que planteaba en medio de precios internacionales crecientes era el tercero en 14 meses: del 23,5 por ciento con que se habían reinstalado las retenciones en 2002, habían pasado a 27,5 por ciento en enero de 2007 y a 35 por ciento en noviembre de ese año.

Los productores no toleraron la famosa resolución 125 y cortaron rutas. El gobierno contraatacó, frenando exportaciones y agregando al conflicto a los camioneros, por entonces aliados. La presidenta llamó "yuyo" a la soja y "oligarca" al sojero, y lo acusó de desabastecer de alimentos a las ciudades, entre otras leñas que se echaron al fuego en esos cuatro meses de altísima conflictividad en todos los frentes. Finalmente, la famosa resolución se volvió proyecto de ley, y murió en el Congreso con el recordado voto no positivo del entonces vicepresidente, Julio Cobos.

Se trató de la más grave crisis política que enfrentó el kirchnerismo en los once años que lleva en el poder. Desde entonces, las retenciones a la soja quedaron en 35 por ciento: de cada tres camiones de soja que se producen, uno se lo queda el Estado directamente al vender.

FUERA DE CONTROL. Si el alto nivel de retenciones a la soja hubiese estado solo, podría pensarse como una medida de política económica orientada a desalentar su monocultivo. Pero no. Las altas retenciones que paralelamente gravaron al maíz, al trigo y al girasol, y el control imprevisible a las exportaciones de trigo y maíz (que requieren más inversión), provocaron el efecto contrario: una sojización que preocupa más al mismo sector agropecurio (desde los productores de siembra directa de Aapresid hasta incluso los promotores de la oleaginosa, como Acsoja) que a las autoridades.

En la campaña 2002/2003, se sembraron en la Argentina 12,6 millones de hectáreas con soja. En la última, 21,6 millones, más que toda la superficie de Uruguay y El Salvador sumadas, o que toda la provincia de Río Negro. Desde que el kirchnerismo llegó al Ejecutivo, el país pasó de producir 35 millones de toneladas de porotos de soja, a 54 millones.

Esa expansión se ha realizado ganando terrenos hacia el norte del país, pero también sobre las zonas más fértiles de la región central, llamada zona núcleo, donde la rentabilidad de la soja desplazó al maíz, al tambo y a la ganadería de carne, cuando no al maní, las hortalizas y otros cultivos. De los 9 millones de hectáreas que se volvieron agrícolas en estos años, el 85 por ciento fue para soja.

Según explican en la asociación Fertilizar, se han devastado tanto los suelos cultivando soja sobre soja, que hoy incluso este cultivo, como nunca antes, empieza a necesitar fertilización. Aún así, hay nutrientes que solo la biodiversidad de la rotación de cultivos puede brindar, algo que la humanidad aprendió hace muchos siglos en la práctica. Por si fuera poco, el monocultivo ha fomentado la aparición de malezas resistentes al glifosato, lo que consiste la mayor preocupación productiva del momento.

A todos estos problemas se agregan otros en los que el gobierno tiene potestad, algunos nuevos, como las restricciones crediticias que el Banco Nación les impone a los productores de soja que no han vendido toda su cosecha, o la espada de Damocles de la ley de abastecimiento. En cuanto a los viejos —como la irresolución acerca de si hay que pagar o no un canon por las semillas modificadas, que ya lleva diez años, o la ausencia de normativas sobre uso de agroquímicos y aplicación de fertilizantes—, no parece que vayan a encontrar solución en un año electoral.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS