Economía

Represión y crisis: la batalla de los jubilados

Macri juega al límite con los peores recuerdos de 2001, desde el lado de la represión y el autoritarismo.

Domingo 17 de Diciembre de 2017

En este diciembre caliente, Macri juega al límite con los peores recuerdos de 2001, desde el lado de la represión y el autoritarismo. Mientras sus voceros acusaban a los diputados de la oposición de convertirse en "piqueteros", las fuerzas de seguridad cazaban ciudadanos con ferocidad. Los hechos hablan. Como ocurre con los muertos en el Sur, donde el gobierno fantasea con la existencia de una guerra antiterrorista, las víctimas siempre están del otro lado. El jueves fueron apaleados manifestantes y diputados de la oposición. Y la única piña que se vio volar en el recinto partió de un legislador de Cambiemos. El gobierno intentó atropellar con un proyecto de ley destinado a desarmar una institución de la seguridad social, como es la ley de movilidad jubilatoria. El objetivo es reducir el índice de actualización de haberes que permitió que los magros haberes del sector pasivo se actualizaran entre 2009 y 2017 por encima de la evolución de la inflación del período. Chocó con una oposición unida y se le cayó la careta del diálogo. Volvió al palo y a la amenaza del decretazo. Luego, completó el combo con el manual de la "democracia tutelada". Antes de sacarlo de prepo, le dará al Congreso una "segunda oportunidad" de que vote como el Ejecutivo quiere.

También en diciembre, pero de 2016, la oposición se unió y obligó al gobierno a cumplir parcialmente su promesa electoral de aliviar la carga de Ganancias a los trabajadores. Para contrarrestar la media sanción de una iniciativa que juzgó muy generosa, apeló al acuerdo con los gobernadores y a la CGT. Logró sacar un empate. Este año hizo el camino inverso. Fue directamente a buscar el apoyo de ese "parlamento corporativo" para obligar al Congreso a votar su controvertida triple reforma: previsional, laboral y tributaria. Esos sectores políticos, a los que el oficialismo derrotó en octubre y pretende consagrar como la "oposición ideal". Pero al salir del cuarto cerrado se encontró con la oposición real. En la calle, en los gremios que amenazaron con fracturar la central obrera y, finalmente, en el Parlamento, donde los nuevos diputados que ingresaron con el programa claro de oponerse a las leyes de ajuste, articularon con los que combinan apoyos y rechazos. La defensa de los jubilados fue una trinchera ideal para plantar bandera,.

La CGT, interpelada por esa calle y esa política que traspasa los limites de la rosca partidaria, dio el golpe decisivo. Su pronunciamiento cerró las filas de la oposición, que expresó la representación política del 60 por ciento que no votó a Cambiemos y sus aliados. La derrota sacó de las casillas al gobierno, que desempolvó la doctrina Buryaile durante el conflicto de la 125: la democracia funciona si se pronuncia a su favor.

El recuerdo del conflicto con el campo, del cual en 2018 se cumplen diez años, fue convocado el jueves pasado por un periodista porteño, notoriamente antikirchnerista. Aun en su porfía, Cristina aceptó en aquel tiempo la ajustada y dura derrota parlamentaria sin apelar a la amenaza del decreto. Se puede ir más lejos. Pese a la virulencia de ese levantamiento patronal no se disparó una sola bala de goma.

Con su reacción inversa, Macri convoca adrede a otro fantasma. El de aquel 2001 en que las balas policiales se potenciaban con los requerimientos extorsivos de ajuste al Congreso y a los gobernadores por parte de la dupla De la Rúa y Cavallo. A pesar de que no son escenarios equivalentes. Allá, el poder del Estado agonizaba por la prolongada depresión y la crisis del modelo neoliberal. Hoy, y a pesar del efecto de la política económica sobre la inflación, los tarifazos, el estancamiento económico, la pérdida del empleo e ingresos, el endeudamiento y los déficit gemelos, la herencia de una economía desendeudada y dotada de un poderoso sistema de protección social todavía ofrece alguna amortiguación.

Durante dos años, el gobierno se dedicó a crear la crisis que no recibió, para recrear otras experiencias ajustadoras. En ese rumbo tensa la cuerda y mete mano a un sistema previsional que recibió con superávit. Juega a ser la versión exitosa De la Rúa sin la necesidad y urgencia que lo amerite. Salvo que, en silencio, el equipo económico perciba que el esquema Ponzi que armó con la deuda y la bicicleta financiera haya llegado a su límite.

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