Economía

Neodesarrollismo, neoliberalismo y el problema de la gobernabilidad

La economía argentina atravesó por diferentes modelos de acumulación. El actual gobierno viene con un programa de restauración.academia. Una mirada histórica sobre las políticas económicas y la puja distributiva.

Domingo 17 de Enero de 2016

Hubo una situación histórica en la que el capitalismo argentino debió convertirse en algo más que un modelo agroexportador. Fue cuando al calor de la profunda crisis del sistema capitalista que empezó en 1929, se adoptaron políticas de estado destinadas a ampliar el desarrollo industrial fronteras adentro. Era tan evidente esta necesidad, que la tarea fue emprendida por las fuerzas conservadoras que se hicieron con el gobierno a través del golpe de 1930. Al hacerlo, modificaron la estructura social de la Argentina, y masificaron a la clase obrera industrial. El proceso tuvo un desemboque político, que ellos no fueron capaces de controlar: el peronismo, la herramienta política elegida por la clase trabajadora para institucionalizar sus demandas insatisfechas.

Acrecentada ya la presencia del sector industrial en la economía del país, un segundo momento clave tendrá lugar a partir de finales de los años cincuenta, cuando con la presidencia de Arturo Frondizi se creen los mecanismos legislativos que harán posible una masiva entrada de capitales extranjeros para ser invertidos en actividades industriales.

Si bien el capital extranjero hacía décadas que había penetrado en el mundo de la producción industrial local, ahora su participación aumentaba en forma contundente. Un rasgo de no menor importancia fue que las mercancías industriales que las nuevas fábricas generaron tenían como destino casi excluyente la demanda interna.

Desarrollismo. Esto era el modelo desarrollista, que coincidía con el auge de posguerra del capitalismo y la exportación de capitales de riesgo del centro a la periferia del sistema. El Desarrollismo trajo consigo una dinámica que aún hoy permanece indeleble. La de la extranjerización creciente de los capitales que dominan la actividad industrial. A partir de allí, la influencia de las trasnacionales se hizo determinante en las ramas más dinámicas de la producción industrial, siendo las automotrices el emblema de esta etapa. El capital local subsistió con dificultad en las ramas menos favorecidas, con desarrollo tecnológico y escalas de planta rezagadas, aunque este rasgo general reconoce excepciones importantes.

Ese proceso que comenzó en los treinta, y resignificó su rumbo hacia los cincuenta, convirtió a la economía argentina en una entidad diversificada, que más allá de crisis de coyuntura, proporcionaba oportunidades de empleo relativamente seguras a los trabajadores.

Debe señalarse, de todas formas, que el grueso de las divisas que el país obtenía en el comercio internacional seguía proviniendo de la venta de productos primarios, lo que siempre proporcionó un alto poder de veto a los terratenientes sobre el resto de los sectores.

Con una clase trabajadora no enfrentada a situaciones de desempleo estructural, y con una dirección sindical que, aunque no preponderantemente clasista, era enérgica en la lucha por los salarios y las condiciones de trabajo, la tasa de ganancia empresarial tendía al estancamiento.

El significado del siniestro golpe de 1976 se relaciona con esta situación histórica. Con él llegaron, primero un férreo control represivo en los establecimientos de trabajo y la eliminación física de los militantes sindicales y populares más consecuentes. Más adelante, hacia 1980/81, llegó el librecambismo casi irrestricto, en el que el dólar barato se combinó con la previa reducción de los aranceles de importación.

Neoliberalismo. Esto último multiplicó el desempleo, bajo la forma fantasmática del “cuentapropismo”. Sin embargo, tal vez por el miedo a la reacción social que provocaría, la dictadura se excusó de privatizar total o parcialmente el abigarrado conjunto de empresas del Estado. Eran los comienzos del Neoliberalismo, en el que la eliminación de casi todas las trabas a la circulación internacional de las mercancías, diezmaba considerablemente a la industria local, salvo en algunos sectores puntuales con protección diferencial, o que tenían el resguardo de procesar materias primas producidas en el país. Con ello, el desempleo se convertía en auxiliar eminente de la represión para forzar la baja de los salarios.

¿Y la gobernabilidad? La política económica perjudicaba a la clase trabajadora de conjunto. Pero también las capas medias y parte del empresariado se vieron damnificados por el cuadro de inestabilidad, recesión, aperturismo indiscriminado y encarecimiento del crédito. Las quiebras de bancos y conglomerados industriales (BIR, Sasetru y un largo etcétera) testimonian la situación alcanzada, así como también la hecatombe de un sinnúmero de establecimientos pequeños y medianos. Pero no todo es economía, y la derrota de Malvinas convirtió el declive del poder militar en derrumbe irreversible.

El primer acto de la reconversión neoliberal había concluido, devastando una parte considerable de la estructura industrial. Con la sorprendente concurrencia de un apoyo electoral masivo, los gobiernos de Carlos Menem concretarían el segundo acto. Pero si bien la reducción a la mínima expresión de las barreras a las importaciones, y el desempleo creado por el proceso privatizador eran una manera eficaz de disciplinar a los trabajadores, el nuevo formato neoliberal encontró finalmente sus dos talones de Aquiles: la resistencia cada vez más creciente de las mayorías sociales, reforzado por el pasaje a la oposición de parte del gran empresariado local (UIA). Y los crecientes problemas respecto a la disponibilidad de divisas, porque la balanza comercial crónicamente negativa y la fuga de capitales impedían la continuidad de la toma de créditos externos.

El nuevo modelo tuvo su piedra angular en una megadevaluación (2003), que aumentó la rentabilidad de las exportaciones permitiendo gravarlas con retenciones. Y que creó una barrera a las importaciones que con lo anterior promovió la recuperación del empleo. La apreciación del valor internacional de los commodities fue un poderoso aliado del neodesarrollismo naciente. Tras unos primeros años virtuosos, el horizonte de enfriamiento de la economía internacional y el incremento del poder de negociación de los trabajadores empezaron a comprometer la tasa de ganancia del capital. El kirchnerismo recurrió entonces a una masiva intervención del Estado y su asistencia social, además de subsidiar la conservación del empleo industrial.

Con una elevada inflación como síntoma, el recambio presidencial de 2015 se produce con un mandato de la alta burguesía al poder político, en el que urge la reducción del gasto público, y un nuevo salto devaluatorio que recomponga los beneficios del sector exportador. Y el disciplinamiento de los trabajadores, para que las recomposiciones salariales queden nítidamente a la zaga de los aumentos de precios que la devaluación genera. El nuevo gobierno puede verse tentado de reducir a la insignificancia las barreras aduaneras para las importaciones, y masificar los despidos en el sector público para hincar de rodillas a los trabajadores. El último recurso puede ser el atraso cambiario. Pero allí, el interrogante es sobre la viabilidad social. La mayoría de la clase trabajadora, gran parte de las capas medias y fracciones del mundo del capital pueden verse arrojadas a la vereda de la oposición y la lucha. Y todo esto en el contexto de un enfriamiento de la economía en escala internacional.

Los trabajadores y sectores populares, entonces, parecen verse sujetos a esta dinámica cíclica de recomposición y crisis de la actividad industrial, con los drásticos efectos que genera en la vida cotidiana de las mayorías. Todo esto, mientras para el imaginario social permanezca bloqueada la posibilidad de una ruptura sistémica. ¿Será así para siempre?

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