Economía

La gran herencia que dejó la crisis en el orden económico mundial

Una de las consecuencias más claras de la gran crisis económica que golpea a los países centrales, tal vez incluso la única certeza disponible que entrega el nuevo mapa del mundo, es el final del ciclo de supremacía absoluta de Estados Unidos como hiperpotencia.

Domingo 11 de Enero de 2009

Una de las consecuencias más claras de la gran crisis económica que golpea a los países centrales, tal vez incluso la única certeza disponible que entrega el nuevo mapa del mundo, es el final del ciclo de supremacía absoluta de Estados Unidos como hiperpotencia. Al frente de las decisiones mundiales desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y fortalecido durante los 90 por el final del comunismo y la adopción planetaria unánime de la economía de mercado como modo de producción, el gigante americano empieza a sucumbir bajo el peso de su unilateralismo político y su enorme déficit económico. A la par de la caída al infierno recesivo y al desempleo estadounidense, otros actores geopolíticos se consolidan como jugadores de peso en el escenario global. La influencia creciente de China, India, Rusia y Brasil confirma el ascenso de los emergentes como contrapeso del gran imperio del norte.

Bye bye America

Una vez consumada la elección presidencial en Estados Unidos y confirmado el triunfo de Barack Obama como nuevo mandatario, el diario Financial Times acuñó el concepto de "nueva decadencia" para graficar el momento histórico que atraviesa ese país. Es evidente que el liderazgo global de Washington, que parecía indestructible hace apenas cuatro años —con la segunda presidencia de George W. Bush— es ahora cuestionado desde todos los rincones del mundo. "Es posible describir con certeza que la capacidad hegemónica de Estados Unidos a nivel mundial ha decaído como consecuencia de su política exterior y de su política económica", resumió Anabella Busso, especialista en Relaciones Internacionales y en Estados Unidos de la UNR.

Es que la hegemonía política de esa nación, sustentada en buena parte en su poderío militar, fracasó a la par de las interminables y frustradas guerras asiáticas emprendidas por la saliente administración republicana, la de Afganistán primero, y la invasión de Irak después. "El liderazgo de Estados Unidos en los años 90 se sustentaba en la exportación de sus ideales de democracia, economía de mercado y un abordaje multilateral en materia de seguridad", explicó Busso. Con el cambio de siglo, la importancia cada vez más grande de actores no gubernamentales, como el sector financiero, fueron minando las bases de acción de los Estados, inclusive en la hiperpotencia. "En los 90 Estados Unidos no había perdido poder frente a otros Estados, pero si frente al sector financiero. Bajo la presidencia de Bill Clinton, esto terminó de definirse a favor del poder financiero, que pasó a ser más fuerte que el poder político de Washington", explicó Busso.

Todo el poder para Wall Street

La tendencia a inclinarse frente a las decisiones de los operadores del sistema financiero tuvo, según explicó la docente, un breve período de disrupción apenas asumió la presidencia George W. Bush, quien intentó hacer prevalecer el peso del poder político buscando alianzas con los actores más tradicionales del sector industrial, como las petroleras. Pero rápidamente Bush junior perdió esa batalla y los representantes de las finanzas alcanzaron los puestos más importantes en la estructura económica oficial, como el último secretario del Tesoro Henry Paulson, ex CEO de la financiera Goldman Sachs. "Los últimos años marcaron la definitiva pérdida de poder del Estado frente a los actores financieros. Washington no perdió frente un enemigo ideológico, pero si cedió la iniciativa en el reparto de poder que se da dentro del mismo sistema capitalista", definió Busso.

Bajos las dos administraciones republicanas, la política de aumento del déficit y del gasto militar, más la baja de impuestos a la clase acomodada, terminaron por minar las bases de un modelo construido sobre el consumo irresponsable de los ciudadanos con mediano poder adquisitivo fogoneado por los gurúes de las finanzas. "Se terminó un modelo económico basado en el endeudamiento, tanto de los ciudadanos como del Estado. Lo que se viene es un profundo ajuste", concluyó la académica.

Descentralización

La crisis actual, a la que Obama prometió combatir con recetas fiscales keynesianas de fuerte aumento del gasto público y grandes obras de infraestructuras, servirá para rediseñar un sistema económico mundial menos apoyado en la especulación financiera y con mayores dosis de regulación para los mercados de capitales. Aún así, nadie vaticina el final del sistema capitalista de mercado interdependiente como eje estructurante de la política internacional, un modelo al que todas las potencias siguen apostando a pesar de las disfuncionalidades que explotaron en las bolsas de las capitales centrales.

Una de las dimensiones más importantes de esta nueva multipolaridad que asoma será la licuación de la hegemonía estadounidense para marcar la cancha en cuestiones económicas.

Un indicio en ese sentido fue el papel ocupado por el G-20 a la hora de discutir las nuevas bases que servirán para ordenar el tablero económico mundial. Con los países del G-8 en plena y feroz recesión (Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, el Reino Unido, Francia, Italia y Rusia), los países emergentes —con China e India a la cabeza— sumaron fuerzas y saldrán sin duda con mayor poder de decisión global que antes.

Con la crisis, el nuevo club de los poderosos, el bloque conformado por China, India, Rusia y Brasil (Bric) consolidó su presencia en el tope del ranking de los más poderosos.

China, que no pudo escapar al efecto derrame de la recesión mundial, aparece, sin embargo, como la ganadora del nuevo rompecabezas geopolítico.

Con reservas de 1,9 miles de millones de dólares, la nación asiática lanzó en diciembre pasado un plan de inversiones de 586.000 millones de dólares para apuntalar el mercado interno y evitar conflictos sociales por la caída de la actividad. Además, las autoridades aprovecharon la falta de liquidez en los mercados de las potencias centrales para salir sutilmente "de compras" de la mano de la agencia China Investment Corporation —el brazo ejecutor de la expansión financiera en el exterior—, que cuenta con un presupuesto de 200.000 millones de dólares. China también ganará poder de influencia a partir del nuevo rango del G-20, desde donde los países del bloque Bric podrán reclamar una mayor participación en toda la estructura institucional internacional, lo que incluye tanto el Banco Mundial como la Organización Mundial de Comercio y el Fondo Monetario Internacional.

La otra pata del renacer asiático es la India, entre las diez potencias económicas del mundo y con un producto de 850 mil millones de dólares por año. Desde hace casi una década, ese país viene creciendo a tasas de dos dígitos de la mano de un fuerte boom asentado en productos y servicios tecnológicos. India es hoy la casa matriz de algunas corporaciones de primer nivel global como Tata, un holding diversificado con intereses en el acero, los automóviles y la construcción.

Rusia, con renovado liderazgo desde principios de siglo más que nada gracias a las divisas que le aporta la exportación de petróleo y de gas a Europa, dejó atrás el trauma del fin del comunismo y logró volver a ubicarse como protagonista central de la vida política mundial.

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