Economía

La economía, entre realidad y expectativas

Dos caras de una compleja puja distributiva que aflora a través de la superficie de los análisis de la farándula económica.

Domingo 06 de Septiembre de 2015

Alentada por el recalentamiento de la campaña electoral, la discusión económica argentina se agita entre la realidad y las expectativas. Dos caras de una compleja puja distributiva que aflora a través de la superficie de los análisis de la farándula económica.

En medio de un recrudecimiento de la crisis internacional, que se verifica en la caída de los precios de las acciones y materias primas, la reducción del comercio, la fuga de capitales desde los países emergentes a los centros financieros del Primer Mundo, y el freno brusco de la economía de los países de la región, la actividad económica argentina no deja de emitir señales sobre una modesta y frágil pero sostenida recuperación respecto del año pasado. Un año que estuvo entre los peores de la posconvertibilidad, luego de la devaluación forzada de enero.

El activismo estatal para recomponer reservas, domesticar el frente financiero, desacelerar el ritmo inflacionario y cebar el consumo como forma de traccionar la deprimida actividad económica, comenzó a dar sus frutos con los comienzos de este año y coronó su mejor nivel a partir de la segunda mitad del año, cuando los aumentos salariales acordados en las paritarias y el refuerzo de los programas de ingresos mínimos a la población consolidaron un piso importante para la demanda interna.

La mejora en estas variables, modesta pero real, se apoya en cifras incontrastables, que van desde el aumento fuerte de la construcción, el incremento en la comercialización de bienes de consumo masivos(enancado según las principales consultoras de retail en el consumo popular, el de los sectores de ingresos más bajos) y el sostenimiento del empleo y de la actividad en buena parte de los rubros que mide el Estimador Mensual Industrial. Esto, en un contexto de restricción externa y crisis internacional. También persisten importantes utilidades en las compañías que informan sus balances a la Bolsa y en indicadores menos simpáticos para la salud de la macroeconomía, como es el incremento de turismo al exterior.

Esta apuesta a la reactivación tiene su contracara en el déficit fiscal, una mayor emisión monetaria, déficit de cuenta corriente y atraso cambiario. Son consecuencias de la política económica elegida para salir de la recesión del año pasado, pero también de la situación de la economía global.

Estas cuentas en rojo alimentan los argumentos de los economistas y candidatos de la oposición, que alertan sobre la bomba que el gobierno kirchnerista dejará a sus sucesores, tanto los que se suponen oficialistas como los que están directamente en la vereda de enfrente.

Sin mencionar las “palabras malditas”, este conglomerado tiene como principal eje de campaña exigir al gobierno actual que ponga en marcha medidas para “corregir” estas distorsiones. Le exigen que ponga en marcha el ajuste y la devaluación, remedios que consideran impostergables. Ni siquiera por unos meses, cuando ellos mismos estarían en condiciones de hacerlo en caso de ganar las elecciones. Brecha curiosa para un programa electoral: los aspirantes a gobernar el país tienen en su receta un conjunto de medidas que pretenden que sean llevadas a cabo por su feroz adversario: el gobierno saliente. Este, capciosamente, se empecina en mantener el rumbo erróneo, quizás porque paradójicamente ese yerro paga en las encuestas. Ergo, deja a su seguidor las glorias del ajuste, que de manera no menos paradójica no lo ve como una reivindicación de su programa, sino como un presente griego.

En una campaña pobre en definiciones económicas, las críticas, los reproches, las advertencias y las amenazas infieren las políticas propuestas para 2016. Un desafío de lectura para los electores, obligados a discernir entre la guerras de diagnósticos, cuánto de sustento técnico y cuánto de puja distributiva hay en cada uno.

La pelea política electoral crispa los ánimos y atenaza los razonamientos en las consigna simples del blanco y negro. La posibilidad de que haya puntos atendibles entre los argumentos a favor de sostener la actividad económica, aunque sea a través de anabólicos monetarios, y también la preocupación por la pérdida de rentabilidad de importantes sectores de la producción se pierde en esa guerra de hinchadas. Y sin embargo, es tan cierto que es el activismo estatal lo que evitó hasta ahora que la situación económica local sea la misma que Brasil, como que es necesario amortiguar el impacto de la crisis en las economías regionales y en un sector de los agronegocios cuya parálisis afecta a las economías del interior. Ni la vuelta a la convertibilidad ni la repetición de la fallida experiencia devaluatoria de 2014 parecen ser las vías de salida de una situación más compleja de la que se pretende mostrar en algunos debates entre economistas y políticos. En cada diagnóstico y cada propuesta aflora una disputa por repartir ingresos y/o costos. Entre empresarios de una misma cadena productiva, entre actividades orientadas a la exportación y al mercado interno, entre el sector industrial y el sector financiero, entre regiones y, sobre todo, entre capital y trabajo. La ola de ajustes anunciada en la región estos días augura mucha presión en ese sentido. Y será la política la encargada de administrar esa puja.

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