Economía

Kicillof y la Federación Agraria: la era del deshielo

El deshielo en la relación entre el gobierno y la Federación Agraria Argentina, luego de seis años de enfrentamiento, movió el tablero de la política sectorial en el verano.

Domingo 08 de Febrero de 2015

El deshielo en la relación entre el gobierno y la Federación Agraria Argentina, luego de seis años de enfrentamiento, movió el tablero de la política sectorial en el verano.

La movida fue alumbrada en la propia dinámica que tomó el proceso interno de sucesión de Eduardo Buzzi y definida por sigilosos contactos que culminaron en la reunión del 30 de enero con el ministro Axel Kicillof. La foto tomó por sorpresa al resto de las organizaciones que integran la mesa de enlace agropecuaria.

Esa alianza centralizó desde el conflicto de la 125 la estrategia política del campo. Tanto en la pelea con el gobierno como en la articulación activa que tiene con la oposición. Ahora ve tambalear una pata clave justo en el año electoral, el partido final que las corporaciones más refractarias al ciclo K vienen jugando con el cuchillo entre los dientes.

Las voces despechadas que se escucharon tras conocerse los acuerdos alcanzados entre Kicillof y el titular de Federación Agraria, Omar Príncipe, se entienden en esa clave. La urgencia política de la oposición quedó a gran distancia de la necesidad que tiene la gremial que representa a los pequeños y medianos chacareros de volver a las fuentes. Para transitar con identidad propia el cambio de ciclo que viene experimentando la actividad agropecuaria. Factores agronómicos y económicos vienen construyendo un nuevo escenario en el campo, más complejo que el que acompañó el boom sojero de la posconvertibilidad. El fin de la simplificación productiva, la desaceleración de los precios, el reacomodamiento de la distribución del ingreso dentro de la cadena (precios de los alquileres o conflictos con la agroindustria,por ejemplo) abren frentes adicionales a la disputa por la renta del agro pampeano, que dominó hasta ahora la relación entre los agronegocios y el Estado.

La incipiente agenda de trabajo acordada entre el gobierno y FAA incluye remover del campo que deben pisar los productores más chicos algunas de las minas enterradas por el oficialismo en los tiempos de guerra, como la restricción de los créditos del Nación y el mecanismo de despojo a los productores en el mercado de trigo. También incluye una intervención en los conflictos con la agroindustria, como el caso del precio de la leche. Otro punto no menor en estos tiempos es el de los precios sostén o políticas diferenciadas para las economías regionales. Más de batalla, también acordaron el retorno de miembros de la entidad a sillones de organismos clave de la política agropecuaria. Este programa es el punto de inicio de un proceso novedoso y audaz, que no tiene final escrito.

Hay dos elementos que objetivamente inducen a pensar que este giro en las relaciones debería sostenerse. De un lado, los productores pagaron un costo económico por subordinarse a una estrategia política opositora, que los convocó el año pasado a retener la cosecha con la promesa de una devaluación y salida del gobierno. Del otro, la necesidad del equipo económico de contar con los agrodólares para administrar la restricción externa sigue marcando una urgencia, más allá del alivio temporal que le trajo la nueva política monetaria y cambiaria y los acuerdos con China.

Aun con un contexto de menores precios, el agro madura una cosecha de gran porte, que incluso podría tener alguna revalorización si el clima sigue complicando a los productores brasileños. De cualquier forma, la gran cosecha convivirá con un escenario de ajuste dentro y fuera de los agronegocios. En ese escenario, la intervención oficial comienza a tener otro valor y las necesidades mutuas pueden forzar acuerdos.

Si sorprendió la foto de los directivos de FAA sentados con Kicillof, más sorprendió la foto de Kicillof sentados con los directivos de FAA. Que el ministro de Economía se haya movido un ápice del credo oficialista que tiene al campo como un demonio, es un dato importante. Sugiere la posibilidad de que esté interesado de cambiar su modo de intervenir en el agro. Tejiendo alianzas con sujetos económicos dentro de la cadena, diferentes a los grandes exportadores con los que siempre termina acordando.

Desde que los mercados de commodities comenzaron a crujir, el gobierno repitió el esquema que desplegó desde 2003: salió presto a rescatar a la industria petrolera, con precios sostén, y subsidios. Mientras, los productores trigueros asisten a un nuevo robo de su cosecha. No hace falta ser de la mesa de enlace para compartir la idea de que el sector agropecuario merece, como mínimo, una mirada más compleja por parte del Estado, que la sola demonización.

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