Economía

El egoísmo como ordenador de la economía

Es sin dudas una noble consigna que nuestros padres y profesores nos aportan, quizás para emparejar oportunidades, para no discriminar o simplemente porque es lo correcto dar una mano a quien más lo necesita

Domingo 22 de Octubre de 2017

Seguramente uno de los valores que más se nos inculca de chicos es el de compartir y no ser "egoísta". Es sin dudas una noble consigna que nuestros padres y profesores nos aportan, quizás para emparejar oportunidades, para no discriminar o simplemente porque es lo correcto dar una mano a quien más lo necesita. ¿Es válido para el funcionamiento económico? ¿Aporta?

La ciencia económica de base se plantea esta disyuntiva. Es un dilema, si el Estado como regulador de estas "diferencias" (que por su accionar o falta de él) genera, debe intervenir para resolverlas o bien el mercado con sus instituciones en el marco de la libertad deban corregirlas. Los costos por cierto son muy diferentes.

El hombre como agente económico, nace libre y esta libertad (bien entendida) es el activo más valioso que debe tutelar y afianzar a lo largo de su existencia.

Esa libertad es también aquella que debe consolidarse justamente como resultado de su aporte al sistema económico, es la que le permite progresar. En el explorar sus propios diferenciales y valores agregados, comienza el ejercicio de su libertad, para luego volcar en el mercado su producto o servicio y con él generar riquezas. Dando lo mejor de sí, para sí mismo (operando en su nivel óptimo), naturalmente ofrecerá su mejor versión a la economía y sociedad.

Las riquezas se generan de forma mutua solo cuando hay mercados libres y los agentes económicos pueden tomar decisiones que le son favorables (si querés, con un sesgo "egoísta"). En definitivas van a entregarse al mercado, uno con su trabajo y otro pagará por él, solo si cada cual satisface su necesidad individual. Si esto no ocurre, no se completa el acto económico. Uno no vende y el otro no compra.

Los marxistas planteaban que el valor de los bienes o servicios se determinaban por la cantidad de trabajo necesario para su producción (la teoría se complementaba con un valor de uso y cambio). Este es un concepto que ha quedado en las bibliotecas y que los clásicos, desde Adam Smith hasta los contemporáneos vienen evolucionando la idea hasta resaltar que el valor percibido (el motivo por el que elegís algo) es el que determina finalmente las decisiones que tomás.

El mercado da cuenta que el valor de las cosas ya no depende de cuánto te gusta lo que hacés o el tiempo y esfuerzo que te llevaron hacerlo, sino lo que tu potencial cliente esté a dispuesto a pagar por él. Te puede encantar el Frankenstein que creaste, pero si a nadie más le gusta, nadie pagara por él y no habrá teoría económica que te ayude a resolverlo. Ah, y al supermercado hay que ir igual.

La nueva teoría subjetiva del valor es un eje sobre el que gira el liberalismo económico y sobre esta definición renovada se determinan el precio y la cantidad que vas a pagar por algo que elegiste.

Pagarás seguramente un valor muy superior por una taza de café en estas franquicias americanas o las de perfil parisino en contraposición a las clásicas cafeterías fuera de las avenidas. La diferencia (además de la indudable calidad de productos) es la valoración subjetiva individual de la experiencia de consumo obtenida. Por ello, pagás más, justamente hasta el punto en que lo consideres viable y valioso.

Como la voluntad y libertad cuentan, pagarás un precio diferencial porque así lo consideras justificado. El dueño de la franquicia y vos se beneficiaran mutuamente dado que fue una elección voluntaria y cada uno escogió "egoístamente" lo mejor para sí sin pensar más que en un mismo. Vos consideraste que pagar el precio te retornaba (el café + la experiencia) igual o más beneficio que el costo monetario invertido y el empresario obtuvo en el precio un retorno superior sobre la inversión.

Es justamente en el marco de esa libertad económica en la que se definen los precios que guían las decisiones y estos últimos son el termómetro del deseo que ordenan la economía de producción y consumo, se convierten así en la guía para el funcionamiento de la economía como un todo.

Estos precios relativos (porque los comparas contra algo para decidir) juegan un doble rol: para el empresario, reflejan los inputs de su negocio (costos, inversión y mark-up); para vos, un disparador de compra. En este punto en que ambos lados del mostrador decidieron libremente un acto económico, se genero un beneficio mutuo y un "efecto derrame", demandando nuevos productos y servicios al resto de la economía.

Bienvenido entonces, al "egoísmo" como el lubricante del mecanismo por el cual, la economía se pone en marcha.

De esto también se trata la economía.

Por Gustavo Helguera


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