Economía

"El bajo crecimiento causa tensión global"

El economista Eduardo Lucita considera que la baja inversión y la debilidad de la economía y el comercio exacerban la disputa entre Estados Unidos y China.

Domingo 12 de Enero de 2020

A contramano de la opinión generalizada, para el economista Eduardo Lucita la disputa entre Estados Unidos y China no es la causa de la desaceleración de la economía mundial sino un síntoma de un proceso más profundo: en su opinión es la ralentización del crecimiento del producto mundial por la baja inversión, lo que incentiva la pelea entre ambos gigantes por espacios de acumulación. En diálogo con La Capital el docente e integrante del colectivo Economistas de Izquierda traza su balance de la economía global en 2019 y evalúa que a pesar del anuncio por parte de Donald Trump sobre la “fase uno” del acuerdo entre China y EEUU la pulseada entre las dos grandes potencias mundiales continuará, sobre todo en el campo tecnológico.

—¿Cuál es su balance de la economía mundial en 2019?

—La economía mundial viene debilitándose ya desde antes de 2019, y esto se ha agudizado este año. No hay acuerdo entre los distintos analistas internacionales sobre la profundidad que puede tener este debilitamiento. Por un lado, se piensa que vamos hacia una desaceleración medianamente controlada, y por otro lado se cree que hacia fines de 2020 podemos caer en una recesión. La economía está creciendo menos de lo que crecía antes de la crisis de 2008, que es un parteaguas en la economía mundial, pero está creciendo un poco más que lo que fue inmediatamente después de la crisis: a partir de 2010 mejoró un poco el crecimiento de la economía mundial. Sin embargo, el nivel de inversión es muy bajo, el comercio internacional no está traccionando a la economía mundial. Por el contrario, se debilita fuertemente.

—Existe un consenso generalizado de que el conflicto entre Estados Unidos y China es el factor clave en la economía global, ¿Cómo ve la relación entre ambas potencias?

—La gran disputa entre Estados Unidos y China es por quién va a encabezar el liderazgo tecnológico de acá en adelante: el 5 G, la inteligencia artificial, la nueva camada de robotización, etcétera. Sin embargo, esto no es lo que causa la crisis de la economía mundial o la posibilidad de una desaceleración o de una recesión. Por el contrario, es a la inversa: es la debilidad del crecimiento mundial lo que está exacerbando la disputa entre China y EEUU. La economía china se ha desacelerado, igual que la del conjunto de los Brics, con la excepción de la India que sigue creciendo al cuatro, cinco por ciento anual. Europa está estancada y de las grandes economías del mundo la economía de EEUU, que es el 25% del PBI mundial, está creciendo hace diez años continuado, es el proceso de crecimiento más largo de las últimas décadas. Es un crecimiento tenue, no es mayor del 2% al 3% anual, pero que le ha permitido a Estados Unidos reducir la tasas de desocupación a 3,9%, el nivel más bajo en 30 años. También han subido un poco los salarios, que estuvieron estancados por diez años, y además Trump ha presionado a la Reserva Federal para que baje la tasa de interés. EEUU va a contramano de la tendencia mundial pero también hay indicadores de que eso puede estar agotándose, y de que en algún momento se va a frenar esa economía.

—Si la disputa entre Estados Unidos y China no es causa sino una consecuencia de la desaceleración de la economía mundial, ¿Cuáles son los factores que la explican?

—El problema es que hay una crisis sistémica, estructural, en el mundo porque el capital a escala mundial no logra recuperar los niveles de productividad. Si no aumenta la productividad del capital no hay inversiones, no hay acumulación, y no hay desarrollo capitalista. La esencia de la crisis es la baja tasa de productividad. Al ir lentificándose el crecimiento de la economía mundial aparece la disputa por ganar internacionalmente espacios de acumulación capitalista. Por eso China lanzó el Banco Asiático de Inversión, y también la Ruta de la Seda, que es un camino muy largo de inversiones en numerosos países que llega hasta América Latina. China está presente en distintos países de América latina con inversiones bastante importantes. Uno de los detonantes de la crisis en Bolivia fue que el gobierno de Evo Morales firmó un acuerdo con China del orden de los mil millones de dólares.

—Hace unas semanas Trump anunció que se había alcanzado la “fase uno” del acuerdo entre ambas potencias.¿Puede ser un pacto sólido y duradero, que modere la tensión y los conflictos entre ambas potencias?

—Donald Trump es un personaje muy errático, que puede afirmar algo con total firmeza y a las 24 horas modificarlo con la misma firmeza. En ese sentido declaró que es un trato increíble para todos, y que habrá vía libre para muchos cambios, especialmente para la exportación masiva de productos agrícolas, energéticos, y también manufactureros. Lo que está jugando claramente es la perspectiva electoral de Trump: el viejo proletariado industrial del “cinturón oxidado” de EEUU y los farmers son la base de sustentación electoral que tiene. Esto se da en un momento en que el impeachment avanzó en Diputados y se instala en la Cámara alta. Se supone que no va a prosperar, pero es un impacto político. Al mismo tiempo que Donald Trump decía que es un acuerdo increíble, los chinos son más moderados: no han sido muy explícitos en cuanto al alcance que tiene la fase uno, y además han dicho que este acuerdo está en su fase de revisión. Ahora en la fase dos ya se ingresa en temas que son más complejos, como los derechos de propiedad intelectual, una cuestión en la que EEUU está muy interesado. El acuerdo de fase uno establece un sistema de resolución de diferendos que garantizaría cierta estabilidad para las relaciones comerciales. Frente a esto los chinos dicen que esperan que EEUU cumpla honestamente sus compromisos. Ahora bien, no creo que esto dispare o resuelva el problema de la disputa tecnología o geopolítica. Se han conocido las presiones que la administración norteamericana ejerció sobre Alberto Fernández por los acuerdos con el FMI por la deuda; entre otras cosas, para que negocie lo que quiera con China pero que no deje entrar a Argentina su 5G. Es una muestra de que la disputa tecnológica va a seguir y vamos a ver a futuro como se puede resolver.

—El mundo actual está atravesado por protestas movidas por diferentes demandas, ¿Ve posibilidad de que cristalicen en reformas económicas más sustanciales?

—Creo que hay una reedición de las primaveras árabes a otro nivel, que alcanza a buena parte del mundo. En Hong Kong fue por la ley de extrañamiento; en Libia, en Irak y en Argelia por las élites presidenciales y la corrupción. En Libia por el precio de la llamada de Whatsapp; en Irak y en Irán por el precio de los combustibles; en Francia es por la reforma previsional. En Ecuador y en Colombia es por el paquetazo del FMI, en Chile ha sido el precio del metro lo que desató todo. Ahora bien, son todas demandas diferentes, pero el hilo conductor que une todo esto es la profunda desigualdad social. La desigualdad es inherente al sistema de acumulación capitalista, sin desigualdad social el capitalismo no puede funcionar. Las medidas que tomó el capitalismo mundial para tratar de resolver la crisis de 2008 _que todavía no lo pudo hacer_ fueron aumentando tremendamente las desigualdades. Eso se está expresando en todos estos países, y está poniendo en tela de juicio el régimen democrático liberal que se instaló también a la salida de la Segunda Guerra Mundial, que no alcanza a contener esas contradicciones sociales. Si nos fijamos en varios países de América latina han tenido que sacar el ejército a la calle bajo regímenes democráticos, y la represión que se está viendo en Francia no se había visto en mucho tiempo. La contrapartida de todo esto es que en países como Uruguay y Argentina el régimen democrático burgués, los sectores dominantes, han logrado encauzar estos conflictos sociales hacia el proceso electoral. Estoy seguro de que si hacemos una revisión de las protestas y los conflictos sociales en los últimos cuatro años han sido mayores en Argentina que en Chile, Ecuador y Colombia. Sin embargo, esos países no logran encauzar eso y acá sí se logró. Eso plantea cuál es la fortaleza real del régimen democrático liberal en la Argentina, y lo que significa el peronismo como partido del orden.

—La economía argentina está en un momento muy vulnerable a los shocks externos, ¿Cómo proyecta el 2020 en relación con la economía mundial?

—En primer lugar, el país no tiene moneda: ninguno de nosotros quiere tener pesos en el bolsillo, o lo gasta o hace un arreglo en la casa o se compra moneda dura. Nadie quiere quedarse en pesos porque se devalúa todos los días. En segundo lugar, estamos al borde de la hiperinflación, que sólo está contenida porque están congeladas las tarifas y el dólar está maniatado por el control cambiario. Además, el otro elemento que tenemos es el riesgo país, que cerca de los 2.000 puntos, lo cual indica que Argentina está en default virtual pero default al fin. Son los tres elementos que dominan la economía argentina. Hay una serie de medidas que está tomando el nuevo gobierno que posiblemente atemperen el proceso inflacionario. Los propios sectores dominantes necesitan que la inflación caiga un poco. Una hiperinflación puede desatar una situación incontrolable. Todos en la Argentina tienen muy presente la crisis del 2001, y lo que fue el 18 y 19 de diciembre del 2017, las 18 toneladas de escombros que se levantaron el 20 de diciembre. Y tienen el espejo de Chile. Por lo tanto algún margen de maniobra a este gobierno le van a dar. Nadie quiere una situación de este tipo.

—¿Qué debería hacer Alberto Fernández en este marco?

—La Cepal advirtió que los mercados no están inversores, ni en lo productivo ni en lo financiero, así que no debería esperarse un flujo de capitales. Así, lo único que le queda es recuperar la demanda interna. Las primeras medidas del gobierno están tratando de mejorar ciertos ingresos populares para lograr ese objetivo. Por otro lado, el gobierno ha sido muy claro en que sin crecimiento no se puede pagar la deuda.

—Para pagar la deuda se necesitan dólares, y el gobierno necesita conseguirlos en un mundo que se cierra y se vuelve más proteccionista, ¿Puede aumentar los dólares vía exportaciones?

—Difícilmente se avance mucho en las exportaciones. Puede ser que alguna mejora haya. Hay una novedad interesante: se está volviendo a exportar carne. Este año se cierra con exportaciones de carne por 2.200 millones de dólares, lo que no es una cifra despreciable. Se exporta a China, y todavía no incide en los precios porque las vacas que se exportan son vacas viejas, que en China se usan para hacer caldo. Por suerte todavía no descubrieron ni el asado ni el vacío, sino estamos fritos (se ríe). Ahí sí se encarecería la demanda interna de carne si cambian los cortes que se exportan. Otra novedad importante es que se está exportando 6 mil millones de dólares por año de software. De todas maneras estamos más o menos en los 60 mil millones de dólares de exportaciones al año, cuando en 2015 ó 2014 eran 80 mil millones. En este momento hay superávit comercial de 14 mil millones de dólares pero es producto de la recesión que hay, no se importa nada. Si la economía empieza a recuperarse las importaciones van a crecer: se estima que por cada punto que aumenta el producto industrial aumentan tres puntos las importaciones industriales. Creo que en este gobierno habrá un poco más de criterio de que no se importe cualquier cosa: basta de importar baratijas, que se importe exclusivamente lo que sea necesario, sino los pocos dólares que hay se derrochan.

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