El Covid-19 en la economía política
El Nuevo Banco de Desarrollo del grupo de países conocido como Brics asignará unos 15.000 millones de dólares para reforzar las economías de los países miembros del bloque, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, en medio de la pandemia de coronavirus. Así lo afirmó el canciller ruso, Serguei Lavrov, durante una rueda de prensa. "Creemos que debería ser un muy buen refuerzo de las economías de nuestros países a medida que salgan de la etapa crítica y reanuden las operaciones económicas", dijo después de una reunión de cancilleres del BRICS dedicada a la pandemia.

Domingo 03 de Mayo de 2020

Y entró la pandemia sin ser invitada. Hacia fines de febrero de 2020, presidentes de países desarrollados, periodistas connotados y filósofos de renombre, pisaron una cáscara de banana y patinaron feo: minimizaron lo que se avecinaba, no le dieron importancia comparando con otras epidemias en la historia y, consecuentes, los formuladores de políticas públicas (“policy makers”) se dejaron estar.

Hoy no sirve sostener que el coronavirus es de laboratorio, es un invento o que los medios lo exageran. Lo cierto es que hay hospitales colapsados en el llamado primer mundo, miles de muertos, barcos en el río Hudson y hospitales de campaña en el Central Park, tumbas colectivas en la isla Hart. ¡Qué más evidencias necesitamos!

El efecto sobre la economía mundial es de convulsión y parálisis. La actividad ha caído estrepitosamente, aumentando el desempleo, la quiebra de empresas y disminuyendo el nivel de actividad económica: sería la mayor caída desde la crisis del 29, dicen.

Un falso dilema

¿Hay un dilema entre la salud y la economía? No. ¿Hay una carrera? Tampoco. Aunque si la hubiere, sería como la aporía de Zenón de Elea o paradoja de Aquiles y la tortuga, siendo el coronavirus la tortuga. Éticamente, hoy (y siempre) la salud tiene dominancia sobre la economía. Es un derecho del ser humano que debe ser garantizado por el Estado, simplemente por serlo. Es obsceno sostener que hay que cuidarlo porque es un recurso que, en tanto enfermo, no produce.

Sin duda, la ética que debe presidir toda decisión política, impone atender prioritariamente la salud, aun cuándo, haciéndolo, se afecte a la actividad económica y viceversa. Si hoy estamos viendo en tiempo real como se expande el contagio, si desconocemos las características del virus, si una vacuna no estará en el corto plazo peligra la salud mundial, entonces, la estructura y medios sanitarios y la atención de la población es lo primero. Una reciente encuesta muestra que un 74% cree que la cuarentena es una medida adecuada y oportuna. Y lo que más preocupa son las consecuencias económicas (74%), luego la inflación (64%) y después el riesgo de contagio (63%). Se muestra que hay consenso sobre la gravedad y prioridad de la pandemia.

La globalización y su otra cara

La crisis ocasionada por el coronavirus pone de manifiesto el sesgo del capitalismo globalizado, con la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza global (el 1% de las mayores fortunas poseen lo mismo que el 99% restante). Asimismo, a nivel de los capitalismos nacionales y, dentro de ellos, entre sus clases sociales. También evidencia el daño causado por los gobiernos neoliberales (o no tanto), seguidores del dogma de la mano invisible del mercado y del déficit cero, que deterioraron los sistemas sanitarios, educativos y de la seguridad social. El individualismo liberal autosuficiente, domina el funcionamiento del capitalismo globalizado.

Si bien otras pestes han existido y otros virus ocasionaron más decesos que el coronavirus a nivel mundial, este es diferente. ¿Qué tiene de singular? Creo que es su capacidad de adelantar un peón más en la transición del modo de producción capitalista, un elemento disruptivo adicional y poderoso a los que ya se venían sucediendo, sin que nos diéramos cuenta: la robótica, la internet de las cosas, la industria 4.0, etc. Con el coronavirus se desnudan aún más las distorsiones generadas por un sistema en el que la lógica del capital, no acepta la planificación preventiva para la atención de eventos extemporáneos como este.

En términos temporales, el entendido general de que no todos los efectos de los fenómenos económicos y sociales ocurren simultáneamente, no se cumple con el coronavirus: la pandemia y sus efectos son instantáneos. En apenas tres meses el virus aparecido en Wuhan se extendió en el mundo como pandemia y paralizó la economía mundial.

En los países desarrollados, y más aún en los emergentes, el coronavirus desnuda las distorsiones estructurales y hace más obscenas las desigualdades sociales. También pone de manifiesto la importancia de los trabajadores en la producción de bienes y servicios; las máquinas solas se oxidan. El teletrabajo permite resolver algunas actividades, pero no es relevante en la producción de riqueza.

No sólo hace evidente los problemas no resueltos en los sistemas de salud y educativos, en el régimen jubilatorio y asistencial, sino también en la estructura productiva y en el heterogéneo mercado laboral, agudizando, por ampliación e intensificación, los niveles de pobreza. Quedan patentizados los efectos perversos del Estado mínimo neoliberal y la necesidad que aparezca otro Estado como solución: un Estado protector social y satisfactor de los derechos de los sectores sociales más débiles. Paradójicamente, lo bueno es que se reconstituye el medio ambiente, poniendo en evidencia el uso abusivo e indiscriminado que el proceso productivo y la vida hacen de él.

Si bien nadie duda que la pandemia es un problema global, la solución sanitaria (biológica y médica) y la recuperación económica y social también deben serlo; pero la globalización solo ofrece como remedio: “quedarse en casa”. La globalización no da respuesta al problema global, porque no se generó para eso, sino para concentrar riqueza en pocas manos y aumentar las desigualdades.

Por su parte, las instituciones financieras y los mercados globales han fracasado en la protección del capitalismo y en impedir, más allá de la crisis sanitaria, la catástrofe de carácter político, social, económica y psicológica que se avecina, de la cual, al decir de Martin Wolf, acaso no nos recuperemos por décadas. No por ello hay que dejar de pedir involucramiento, aunque sea asistencial, de todos los gobiernos y un papel activo de los organismos internacionales en la área de la salud (OPS, OMS) y de financiamiento (FMI, BID, BM, etc.).

¿Cómo y cuándo salimos de la cuarentena? La atención de los sectores sociales y económicos más dependientes de ingresos adicionales o ayuda alimentaria, así como los incentivos impositivos y crediticios a las pymes no siempre responden a los tiempos de las necesidades sociales y productivas. La flexibilización pautada y supervisada de la cuarentena es un elemento a considerar para disminuir una reacción social negativa.

La pregunta del millón es si contamos con la información adecuada para tener una función epidemiológica apta para la toma de decisiones. Por los pocos análisis de detección del coronavirus, pareciera que no hay un registro epidemiológico con un suficiente número de personas, estadísticamente hablando. O sea que con un diagnóstico precario no sería procedente sólo observar el comportamiento en otros países, para garantizar una adecuada política sanitaria. Es obvio que no ocurrirá un levantamiento de un día para otro, sino una distensión gradual, programada y con protocolos de comportamiento. Así, se facilitaría la movilidad laboral y la recuperación de la oferta de bienes.

Según el profesor Leung, de Hong Kong, se trataría de ora levantar, ora imponer el aislamiento, de manera de poder mantener bajo control la pandemia, a un costo económico y social aceptable. Pero agrega que para ello se necesitará contar con datos sólidos epidemiológicos y el movimiento agregado y anónimo de la población. Luego de haber calculado la capacidad de atención del sistema de salud, se debería preguntar cuanto puede aceptar la actividad económica y cuánto puede aceptar social y psicológicamente la población. El día t+1 debe definirse cuidadosamente, sin apresuramientos, a la luz de la lección que ofrecen algunos países (Japón, Singapur, etc.) que se apresuraron y vieron resurgir las infecciones.

Lo que vendrá (y no es un tango)

La interconexión temporal de los efectos de las políticas públicas, nos debe alertar acerca de que la situación a enfrentar el “día después” (t+1) en materia económica y social dependerá de cómo se atienda y resuelva la problemática de la pandemia en la coyuntura actual. El futuro será distinto, sus diferencias con nuestra vida en el pasado son impredecibles.

Así, el control de las consecuencias económicas dependerá de la suficiencia de las políticas económicas que se apliquen y de que se resuelvan los conflictos geopolíticos latentes. Lo contrario agudizará los nacionalismos y llevará la economía mundial a una larga depresión con colapso del mercado financiero (Nouriel Roubini).

El capitalismo se reinventará, quizá no como capitalismo salvaje, pero siempre como modo de producción movido por la lógica del capital, en su larga transición hacia otra formación social.

Todo apunta a que el sistema económico y social en el t+1 se organizará de otra manera. Habrá cambios en procesos productivos, con nuevas actividades económicas, en hábitos de consumo, en la logística de circulación de mercancías y en las relaciones interpersonales. También la globalización financiarizada, con sus efectos adversos en los capitalismos nacionales debiera cambiar, pero ello no ocurrirá en tanto capitalismo.

Después de todo esto, ¿hemos visto afectada nuestra libertad? He leído a algunos que dicen qué nunca antes se vio, salvo en el nazismo, tanto control sobre los ciudadanos. Una desmesura: a partir de internet todo se sabe de cada uno de nosotros. La libertad como la propiedad privada, son relativas. Son un “constructo”, una conducta que se construye en el cerebro (Carlos Belmonte), entonces, ¿cómo debe entenderse la libertad individual de elegir? Vale aquí recordar a Rosa Luxemburgo: “La libertad es siempre y exclusivamente libertad para aquel que piensa diferente”.

Otros, viendo lo acontecido en China, piensan que, como nunca, el Gran Hermano de Orwell se ha hecho presente. Esto es más preocupante; la cibervigilancia ya está entre nosotros y el “big data” abre la puerta a nuevos actores con poder informático. El peligro en ciernes es una administración cibernética del orden social.

Pese a ello, opongámosle a la presencia de la contingente angustia por el porvenir, la certeza del poder de la esperanza. Tengamos esperanzas en el hombre.