Domingo 05 de Septiembre de 2010
En medio de una disputa política en la cual la oposición legislativa volvió a instaurar a las retenciones a las exportaciones agrícolas como un nuevo botín de guerra en su compulsa con el gobierno, el sector agropecuario dio señales de que se corrió de esa agenda, o al menos, es la que menos le quita el sueño. Rodeado de un contexto internacional de precios alcista, que no sólo incluyen a la soja sino que también involucran al trigo —la hermana más pobre de la película en el país— volvió a poner el acento en potenciar los negocios y la rentabilidad y depositó en la dirigencia del campo la tarea de batallar el frente fiscal
Con el plafón de una nueva cosecha récord, donde la soja sigue ganando posiciones, y la garantía de contar un banco propio en su campo (tienen guardadas más de 30 millones de toneladas) los productores agrícolas argentinos volvieron a meter la cabeza tranqueras adentro y empiezan a delinear acciones para mantenerse en la cresta de la ola en materia de innovación, productividad y tecnología de punta.
Están convencidos de que el negocio seguirá siendo rentable en la medida que miren al mundo, puedan atender esa demanda —que tiene un crecimiento exponencial— y sumen capacidad productiva en sectores que se fueron relegando por el poder arrasador de la soja, pero sin abandonar a la oleaginosa que les da tantas satisfacciones.
En ese combo, incluyen la necesidad de recuperar la potencialidad del suelo a través de un adecuado manejo de los nutrientes (mayor fertilización, rotación de cultivos, etcétera); la utilización de nuevas tecnologías para reducir costos y cuidar los recursos; y volverse competitivos en la agregación de valor potenciando las cadenas de maíz, soja y trigo.
"La innovación es una suma de cambios a nivel de tecnología, organización e institucional", resumió Ricardo Hara, presidente de la Asociación de Cámaras de Tecnología Agropecuaria (Acta) y aseguró que en diez años el desafío para el productor argentino no será el tamaño de sus explotaciones sino el grado de competitividad que adquieran. "Generando competitividad se gana escala y ganando escala, se trabaja en red", resumió.
En este tránsito hacia una mayor profesionalización de la actividad que expresaron en forma unívoca quienes participaron del último congreso de Aapresid, se incluyó el reclamo por un nuevo marco institucional para la actividad, no ya enfocado en la reducción de la carga fiscal (retenciones a las exportaciones) sino orientado a generar una autopista más rápida para el avance biotecnológico, por caso, una nueva ley de semillas que contemple la propiedad intelectual.
“Señores, si quieren tecnología tienen que pagarla y sino la quieren pagar, no impidan que se libere”, dijo en forma taxativa ante un numero auditorio poblado de productores el titular de la Asociación de Semilleros de Argentina (ASA), Oscar Domingo, quien recordó que el vacío legal en este aspecto impidió desde 1996 la liberación de eventos transgénicos en el país.
“El último evento fue para soja y no habrá otro hasta que se encuentre un sistema que libere el pago”, dijo y recordó que la actual ley de semillas fija el sistema de uso propio limitado, “algo que no se condice con el costo de la biotecnología”, agregó.
A su juicio, es clave encontrar un sistema “que puede ser un acuerdo entre privados” para avanzar en este sentido.
Mientras el sector busca aceitar la pata institucional del negocio, sigue en paralelo poniendo énfasis en lograr mantener a la producción argentina en los más altos estándares en materia de tecnología aplicada. Por eso, la nueva tendencia está enfocada en ajustar las tuercas allí donde las malas prácticas agrícolas pueden hacer trastabillar el negocio.
En ese punto se ubican esencialmente la rotación de los cultivos y la fertilización, dos puntos débiles en la cadena agrícola que, en la Argentina, tiene a la soja como producto estrella. “Debemos trabajar en el tema de la bolsa blanca y las retenciones pero es clave por eje en la reposición de la fertilidad, donde estamos muy mal, ya que sólo el 21% de lo extraído es repuesto”, explicó Fernando Vilella, director del programa de agronegocios y alimentos de la Universidad de Buenos Aires (UBA), aunque sumándose al discurso privado, aseguró que “la falta de rotación no es sostenible por las políticas aplicadas al sector”.
El titular de la Asociación de la Cadena de la Soja (Acsoja), Rodolfo Rossi lo resumió así: “Estamos en déficit de rotación pero eso no es por la soja”, sentenció el empresario quien consideró que la adopción de tecnología de punta permitió mitigar la destrucción del ecosistema nativo. “Acá (en el país) no hubo desmonte despiadado como en otros países por efecto de la siembra directa”, arriesgó Rossi ante un auditorio convencido de las bondades de la expansión de la frontera agrícola.
En ese punto, consideró que con el avance genético y la nueva generación de cultivo, sumado a la rotación “haremos más sustentable el cultivo”, dijo.
La sugerencia saca a la luz los puntos débiles de un sistema productivo que creció exponencialmente pero no en todos los casos logró mantener la sustentabilidad del suelo y el ambiente.
Manuel Ferrari, especialista en manejo y fertilidad del Inta Pergamino, explicó que el consumo de fertilizantes en la Argentina entre 1991 y 2009 creció de 300 mil toneladas a 3,1 millones de toneladas, con un pico de 3,7 millones en el año 2007. “Se multiplicó por diez pero eso no quiere decir que es suficiente por el balance entre la aplicación y la extracción”, dijo y sentenció: “Estamos lejos de reponer lo que se extrae y de reponer como para detener la degradación química del suelo, por lo tanto, nuestro sistema no es sustentable”, dijo.
El gerente de marketing de Bayer, Luis Mogni, explicó que el mercado de consumo de fertilizantes llegó a los 2.500 millones de dólares en 2008, 600 millones más que en 2007 y la soja concentra el 13% de ese total, que está atendido por 11 empresas que hoy concentran el 90% de la actividad de fertilizantes en el país.
Para el ejecutivo, “hay una tendencia a reconstruir el balance de nutrientes mediante la rotación y el crecimiento de gramíneas” y todas las fichas están puestas en la soja, un cultivo que sigue ganando posiciones respecto del maíz y el trigo.
Aunque los números no son los óptimos, Ferrari consideró que se fertiliza más, pero en muchas ocasiones, las deficiencias están centradas en las malas prácticas de manejo.
"Los fertilizantes representan un costo importante (especialmente en el caso del maíz) incluso mayor que la semilla, pero en general se pone más énfasis en ésta última en lugar de diseñar un esquema de fertilización adecuado”, dijo y recordó que en julio de 2010 ,sobre el total de los gastos directos para cultivos de maíz en el norte de Buenos Aires, el 40% correspondió a fertilizantes).
Por eso, para Mogni es avanzar en el manejo de buenas prácticas. “Hay que trabajar mucho en la aplicación. Se discute si se usa o no el glifosato y en lugar de eso habría que cambiar la forma de aplicarlo, esa sería una salida”, dijo.
El ejecutivo explicó que se invirtieron en el país en tecnología aplicada 5.400 millones de dólares a valores del año 2008, de los cuales 1.200 millones fueron para la soja. A la maquinaria agrícola se destinaron otros 1.100 millones de dólares, y el 40% de ese total (unos 409 millones de dólares) correspondió a maquinaria que cuenta con tecnología de mejora en la aplicación, tal el caso de nuevas sembradoras adaptada al manejo de semillas protegidas y para aplicación en surco.
Atendiendo a que la demanda de alimentos crecerá de la mano del aumento de la población mundial, los empresarios del campo en la Argentina no están dispuestos a perderse ese tren.
“La demanda de biocombustibles crecerá, los ingresos a nivel mundial también aumentan, eso mejora la dieta y eso implica mayor necesidad de consumo de maíz”, reflexionó Fernando Andrade, ecofisiólogo del Inta Balcarce y estimó que la demanda mundial de granos entre 2010 y 2050 se incrmentará en 1.500 millones de toneladas, la mitad de la cual será de maíz.
En ese contexto, es un desafío para la Argentina que hoy está en el sexto puesto como productor mundial de maíz y viene perdiendo área. “El incremento por unidad de superficie es lo más sustentable para cubrir esta demanda”, explicó Andrade y puntualizó que el maíz “es un cultivo con gran potencial de crecimiento y producción, es muy eficiente pero es muy sensible a situaciones de stress que suelen producir mucha caída en el crecimiento”.
Por eso, “tiene una marcada respuesta a un manejo adecuado”, reflexionó el técnico para aportar otros de los elementos clave a la hora pensar en la elaboración de una estrategia sustentable a largo plazo.
La multiplicación del agua
“La eficiencia en el uso del recurso es clave: en los años 80 con 200 milímetros de agua se producían 400 kilos, en los 90 unos 800 kilos y en el 2000 se llegó a 1.200 kilos”, dijo Andrade quien recordó que “con una misma disponibilidad de agua se eficientizó mucho a través del conocimiento del cultivo y eso se paga”.
Sin embargo, los especialistas condicionaron el cambio de tendencia en las prácticas de manejo a un nuevo marco legal, sobre el cual hicieron especial hincapié como reclamo al sector público y lo transformaron en el eje de la nueva agenda del sector. Según explicaron, el proceso de inversiones en el sector está íntimamente ligado a la definición de nuevas reglas que protejan la propiedad intelectual del desarrollo tecnológico, algo que incluye la discusión de una ley de semillas y los protocolos de aprobación de nuevos eventos biotecnológicos.
Pelea semillera
“Hoy hay carencia de protección legal a las empresas que invierten y también a fitomejoradores y productores”, dijo Rossi y recordó que la industria semillera está compuesta, entre otros por 132 criaderos, 141 laboratorios, más de 1.332 comerciantes. “Hoy el mejoramiento en soja lo lleva adelante el sector privado”, aseguró el especialista quien consideró clave “solucionar el problema de la propiedad intelectual”, para garantizar un nuevo horizonte a futuro.
“Hay transacciones cada vez con más dificultades y si no resolvemos esto se generará una pérdida de competitividada por inseguridad jurídica y vacío institucionales”, recordó Vilella quien como ejemplo recordó que en el país no están disponibles muchos eventos biotecnologícos que sí tienen países vecinos como Brasil que —como en otros sectores— está dejando atrás a la Argentina en competitividad.