Economía

El ajuste de la política: ¿demagogia, empatía o pura supervivencia?

Con el recambio político y el avance de planes de ajuste por parte de gobiernos de distinto signo político y de todos los niveles del Estado volvió a la agenda pública un clásico de los tiempos de crisis: el cuestionamiento social al supuesto gasto excesivo de la política.

Viernes 10 de Enero de 2020

Con el recambio político y el avance de planes de ajuste por parte de gobiernos de distinto signo político y de todos los niveles del Estado volvió a la agenda pública un clásico de los tiempos de crisis: el cuestionamiento social al supuesto gasto excesivo de la política.

Rápidas de reflejos, desde fines del año pasado autoridades de la administración nacional, provincial y municipal entraron en una carrera por sacrificar dietas y gastos considerados superfluos en el altar de la austeridad.

Más que fiscal, el costo es estrictamente político. Efectivamente, según el economista Sergio Chouza, el gasto en los cargos jerárquicos representa sólo el 0,3 por ciento del gasto total del Estado nacional. El Poder Legislativo y el Poder Judicial (que incluye no sólo a legisladores, jueces y fiscales sino también a los empleados) representan un 0,4 y un 1,7 por ciento, respectivamente, del gasto público nacional.

Sin embargo, la percepción generalizada de que las autoridades constituyen una casta privilegiada y ajena a los sufrimientos de la ciudadanía puede tener un costo altísimo para los gobernantes.

En este momento, parecen combinarse tres factores en la decisión generalizada de congelar los salarios y recortar gastos: uno histórico, otro sociológico y uno coyuntural.

En primer lugar, la clase política argentina tiene grabado en la piel el 2001. Un regreso a esas jornadas calientes del "que se vayan todos" aparece como el infierno más temido para la dirigencia nacional.

En segundo lugar, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en Chile, la clase política argentina es más plebeya. Salvo el PRO, los dirigentes de los partidos políticos argentinos que después ocupan cargos en el gobierno provienen de los sectores medios, e incluso populares. La menor distancia social entre gobernantes y gobernados les da una sensibilidad particular para percibir los cambios en el humor social.

Finalmente, la dirigencia política argentina lee diarios, ve televisión y navega por internet: en la región y en el mundo estallan revueltas que, más allá del disparador, tienen como blanco a gobernantes, a los que se percibe distantes, sin escucha e incapaces de resolver los problemas que azotan a sus sociedades.

El debate sobre el gasto de la política está atravesado por una paradoja. La remuneración de los cargos políticos es una reivindicación de los orígenes de la democracia moderna, cuanto la actividad política estaba reservada sólo para los miembros de la clase alta.

Si se llevara al extremo la propuesta de ajuste a la política y los gobernantes trabajaran gratis, o percibieran un ingreso mínimo, aparecerían al menos dos riesgos para la democracia: sólo podrían hacer política los ricos, o bien los gobernantes buscarían de manera non sancta los recursos que oficialmente les están prohibidos.

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