Economía

El aguante: la frustración pone límites a las políticas públicas

El informe advierte que en tanto se mantenga la situación recesiva, únicamente cabe esperar un aumento del desempleo, los trabajos de subsistencia y de la precariedad laboral

Domingo 19 de Septiembre de 2021

Durante los últimos años de la década, incluyendo el escenario Covid-19, los indicadores sociales de la Argentina muestran un aumento en la pobreza y en las desigualdades estructurales. Las brechas productivas, sociales y laborales no han disminuido, sino que incluso parecen agravarse. La situación ha empobrecido aún más a un cada vez más extendido sector micro informal de subsistencia (economía social o informal) de muy baja productividad, precariedad y concentración urbana, se relata en el estudio "La voz de la informalidad" realizado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (Odsa-UCA) y la Dirección de Innovación Social de CAF (Banco de desarrollo de América Latina).

Ahora bien, no solo la pobreza describe el problema, sino también –y cada vez más- la desigualdad. Los servicios de salud, la educación, la calidad de los servicios públicos, el hábitat urbano, el acceso a una vivienda digna, y, sobre todo, la posibilidad de acceder a un trabajo decente, entre otros derechos sociales, son dimensiones que muestran no solo niveles de privación persistentes, sino también crecientes desigualdades. La segmentación social también opera sobre servicios públicos universales: educación, salud, protección social y seguridad ciudadana.

La crisis actual Covid 19 generó una importante pérdida de empleos, produciendo más desempleo y un mayor desaliento laboral. Esta situación redujo los ingresos laborales reales de los hogares, especialmente a los sectores informales y más pobres, pero también a las clases medias bajas formales o cuasiinformales, relata el estudio. En rigor, se destaca que si bien han sido los sectores informales los primeros en reactivarse frente a la mayor flexibilidad sanitaria, tales empleos son relativamente más precarios e inestables.

Entre 2019 y 2020, en gran parte por el efecto de la pandemia y de la cuarentena, disminuyó la participación de la población en el mercado de trabajo y la cantidad de puestos de trabajo disponibles. La tasa de desocupación se incrementó de 10,6% a 14,2%. La disminución de la actividad comercial y productiva que generó la cuarentena disminuyó la posibilidad de conseguir trabajo y llevó a gran parte de los cesanteados a una situación de desaliento en la búsqueda de empleo. Se estima que de no haberse generado ese efecto desaliento, la desocupación se habría incrementado a niveles cercanos al 28,5%.

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El escenario de crisis con estanflación 2018-2019 más la crisis económico-laboral generada por el escenario Covid-19 han tenido efecto regresivo sobre los ingresos reales de los hogares, con deterioro absoluto y del nivel relativo de las remuneraciones, los haberes jubilatorios y las prestaciones sociales. Asimismo, el contexto macroeconómico es desfavorable para la creación de empleo, con consecuencias sobre las posibilidades de volcar más trabajadores al mercado laboral por parte de los hogares.

La generalizada disminución de la capacidad de compra de los ingresos laborales y la pérdida de puestos de trabajo constituyen factores explicativos del aumento que experimentaron los niveles de indigencia y de pobreza. Al mismo tiempo, la relativa estabilización en la composición de la población activa según la calidad del empleo, durante la última década, nos expresa la persistencia de un mercado de trabajo precarizado que excluye a parte de los trabajadores de un empleo de calidad. Los programas sociales y las asistencias alimentarias directas compensaron en parte este deterioro, pero no resultaron suficientes, ni parecen ser sustentables, señala el informe.

En el momento de este estudio, agosto de 2020, la situación económico-ocupacional es menos grave que en el pico del confinamiento por Covid 19 (abril-mayo-junio). Sin embargo, no hay evidencias claras de una recuperación importante. Solo destacan algunas medidas parciales de compensación en materia de consumo interno y asistencia social. La reactivación no parece ser un sendero factible en el corto plazo.

El informe advierte que en tanto se mantenga la situación recesiva, únicamente cabe esperar un aumento del desempleo, los trabajos de subsistencia y de la precariedad laboral, y, por lo tanto, de las desigualdades estructurales que afectan al mercado de trabajo, con efectos directos sobre la pobreza. Un cambio de rumbo estructural no solo necesitará de fuertes inversiones e impulso hacia el mercado externo, sino también de políticas que reactiven el mercado interno, apoyen a las microempresas y mejoren su productividad, se subraya en el informe. Solo este tipo de políticas tendrá posibilidades de “derramar” demandas de actividad, trabajo e ingresos para los trabajadores de los sectores informales del mercado laboral.

Principales hallazgos del estudio

  • El alto nivel de cumplimiento de la cuarentena a sus inicios, a pesar de las consecuencias que ello produjo en las economías familiares, así como la valorización que se le dio al tema de la salud por encima del bienestar económico, acompañada de una actitud de esperanza y optimismo en el futuro.
  • El ajuste de sus presupuestos familiares con base en los ahorros, préstamos personales o ayudas de familiares a los que tuvieron que recurrir, al tiempo de poder mantener o acceder a ingresos generados por los programas de protección social.
  • La suspensión de actividades económico-laborales regulares que obligó a cambios en la organización del tiempo, la convivencia familiar, los roles domésticos, y los planes y proyectos personales y familiares, con el trabajo de la mujer aliviado por la colaboración masculina o de los hijos.
  • El respaldo generalizado a las políticas asistencial del gobierno, tanto en materia sanitaria como económicas, pero también descreimiento hacia “la política”, y creciente frustración frente a la imposibilidad de proyectar un futuro diferente fundado en un trabajo digno.
  • El sistemático agotamiento de capacidades, voluntades y esfuerzos de resiliencia, en particular, a mayor exclusión o menor capital social, mayor parece emerger el abatimiento; junto a un grito silencioso de demandas que exigen un cambio sistémico en función del bien común.

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