Economía

Economistas, una pasión argentina que surgió en los 70

La socióloga Mariana Heredia investigó el origen del protagonismo que adquirió la profesión y lo plasmó en un libro denominado "Cuando los economistas alcanzaron el poder". 

Domingo 25 de Octubre de 2015

Superministros, científicos, hombres de negocios, referentes políticos, gurúes, analistas mediáticos y, más recientemente, hasta algún que otro personajes de la farándula. Los economistas protagonizan la vida pública argentina con una intensidad singular. Esto no siempre fue así. Mariana Heredia, socióloga de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet se interesó por reconstruir el proceso por el cual esta comunidad académica alcanzó tamaña centralidad en los últimos cuarenta años.

   El resultado de este minucioso trabajo de investigación, que incluyó decenas de entrevistas, es el libro “Cuando los economistas alcanzaron el poder”, editado por Siglo XXI. Concebido en 2002, “cuando el orden que los economistas habían contribuido a concebir se desmoronaba”, la obra estudia cómo se gestó la confianza en estos expertos, y el apogeo y la crisis de “la más reciente utopía tecnocrática”. En una entrevista con La Capital, Heredia explicó cómo los cambios en la estructura política y económica, y en particular la aparición de la inflación como fenómeno persistente, aportaron para que, desde los 70, este colectivo monopolizara el análisis de la realidad social. “Lo primero que enseña el libro es que la suerte de los economistas no depende sólo de ellos sino que son fuertes cuando la autoridad política es débil”, concluyó.

—¿Cómo se fue gestando esta centralidad de los economistas en vida pública argentina?

— El caso argentino es singular por su presencia tan fuerte en los medios y en la vida política. Pero es cierto que el protagonismo de los economistas es un fenómeno que se empieza a observar en muchos países del mundo a partir de la década del 70 y, sobre todo, en los 80 y 90. Creció en las democracias más débiles y en los países soviéticos cuando entran en crisis. Nuestros abuelos, cuando escuchaban la radio, difícilmente se toparan con la opinión de los economistas. Y este cambio se ve de distintas maneras. En las notas de opinión en los diarios, en la presencia de cronistas financieros, en los asesores económicos de los candidatos que toman la palabra en las campañas, y en los grupos de profesionales que empiezan a ocupar lugares en el Estado. Antes, la abogacía era la profesión de Estado. Después vinieron los ingenieros en las áreas de planificación y, más tarde, los economistas ocuparon, primero las carteras específicas, pero luego fueron más allá. Pensemos que en el gobierno de la Alianza el gabinete estaba compuesto por una mayoría de economistas.

   —Primero ganan especificidad, luego un espacio en el Estado. Y de ahí pasan a convertirse en un poder autónomo.

   — Lo que es interesante de los economistas es que, como otras profesiones —los especialistas en la salud pública por ejemplo— originariamentre eran profesiones del Estado. La idea era que iban a ser asistentes de un Estado que se expandía, regulaba y planificaba en pos del desarrollo. Lo que empieza a pasar a partir de los 70 es que se vuelven particularmente ubicuos. Uno los va a encontrar en distintos espacios. En el mundo de las empresas, de las asesorías, de las redes internacionales de expertise. Es un fenómeno que compromete a la vez la vida pública y la vida privada. Porque allí donde hay mercado, y el mercado se ha expandido mucho a actividades que antes estaban vinculadas casi exclusivamente a la vida pública, encuentran un espacio para desarrollar su profesión.

   —¿Qué importancia tuvo la inflación en este posicionamiento?

   —En cada uno de los países, la crisis que despertó este llamado de los economistas a la intervención pública fue distinta. En algún caso fue la recesión económica, como en Europa. En Rusia fue el desmoronamiento del régimen soviético. Pero en muchos países, especialmente en el Cono Sur, el problema fue el de la persistencia de la inflación en el tiempo y su agravamiento. Estos países a partir de los años 30 y 40, empiezan a tener inflaciones del orden del 20 y 30% y conviven con esas tasas durante varias décadas. Pero a partir de los 70 esos valores se disparan y llegan a las tres cifras. Frente a la perplejidad de los políticos y de los dirigenes sindicales y empresariales, se empiezan a buscar nuevos tratamientos e interpretaciones. Ahí los economistas van a ir ganando más lugar en la elaboración de diagnósticos y en la toma de decisiones. Hasta implementar políticas de singular osadía como la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, el Austral durante el gobierno de Alfonsín y finalmente la convertibilidad, que es la que va a logra resolver el problema de la inflación durante una década, pero con consecuencias colaterales.

   —En el libro menciona justamente el episodio en el que Cavallo manda a los científicos a lavar los platos, que nace de una nota de la socióloga Susana Torrado que identifica al desempleo como consecuencia del plan económico.

   —En la primera mitad de los 90, cuando aún todos creían que la convertibilidad era la pócima mágica, la socióloga del Conicet Susana Torrado afirmó que el gran riesgo del tipo de cambio fijo en un mercado abierto era que aumentara la tasa de desempleo. Y advirtió que ya se empezaban a ver algunos indicios. En ese momento Cavallo no sólo la mandó a lavar los platos sino que amenazó cerrar el Conicet, diciendo que los que trabajaban en ese espacio no contribuían al bien del país. Esta parte es interesante porque a veces en naciones jóvenes como Argentina hay una tensión entre la voluntad de usar el conocimiento como una técnica, como palanca para transformar las sociedades de manera más o menos popular, y por otro lado, una ciencia que tiene una actitud más cauta, de observar los fenómenos y describirlos, sin necesariamente intervenir para modificarlos. Lo que le molestaba a Cavallo es que esta gente planteaba recaudos y criticaba, cuando para él y para toda una generación de expertos más volcados a la acción política, lo que había que hacer era comprometerse con la transformación que el mundo necesitaba. Es una tensión muy presente en la modernidad, y en particular en las ciencias y las técnicas. La opción de intervenir supone la posiblidad de hacer cosas de una gran potencia, como volar o descubrir la penicilina, pero supone también algunos riesgos importantes. Y los economistas no están ajenos a esos riesgos.

   —Algunos economistas parece que pasaron de la ciencia a casi una religión.

   —Y eso también abre un interrogante sobre qué significa para una disciplina del conocimiento intervenir tan fuertemente en la discusión pública. Lo que ocurre en los 90 es que se establece una especie de autocensura entre los expertos, que saben que su palabra tiene una autoridad y efectos importantes y entonces piensan que a veces es mejor callar. Es muy interesante ver que en los finales de la convertibilidad, cuando una gran cantidad de economistas consideraban que el tipo de cambio fijo no se iba a poder sostener, lo callaban porque temían que hubiera una corrida cambiaria o podía contribuir a disparar fenómenos que ellos querían evitar.

   —Contrario a lo que están haciendo ahora, que vaticinan la devaluación. El peso de los pronósticos es un campo en el que coparon la parada.

   —Es cierto que uno abre los diarios y ve que quienes concentran la discusión preelectoral son los asesores económicos de los candidatos. Los economistas se constituyeron casi en los únicos analistas de la realidad social y siguen monopolizando ese espacio. Lo que sí creo que es un buen cambio, es que la herencia de la crisis de 2001, y de algunas de las políticas que vinieron después, volvió más difícil separar la evolución de la economía de las cuestiones sociales. Cuando uno ve el debate de los candidatos o la discusión de los asesores económicos hoy, aparece fuertemente la necesidad de proteger el trabajo, de garantizar cierta distribución del ingreso. A diferencia del 89, el 95 o el 99, donde la inflación, la estabilidad y crecimiento, sin mayores consideraciones, alcanzaba; ahora hay una preocupación mayor por mejorar las condiciones de vida.

   —¿Esto es lo que la crisis de la convertibilidad les hizo a los economistas?

   —A los economistas y a la sociedad. Los números se adelantan a la calle. La tasa de desempleo empieza a escalar entre 94 y 95 y se mantiene en niveles elevados hasta 2004. Pero a fines de los 90, mucha gente no tomaba conciencia de lo que significaba que el 20% de la población en condiciones de trabajar no pudieron tener un empleo y que aquellos que lo tuvieron, fuera con bajos ingresos y condiciones muy precarias. En 2001, con los movimientos sociales en la calle, el tema se vuelve más sensible y hoy estamos más alertas.

   —En la convertibilidad, cuando los economistas lograron su mayor reinado, todas esas recomendaciones se transformaban en discusiones de expertos, ahistóricas. ¿Esa discusión se abre en la posconvertibilidad?

   —Exactamente. Y que haya más voces implica también que haya más problemas a tratar y resolver en paralelo. En la campaña del 99, sólo tenían derecho a opinar los expertos en economía y los grandes empresarios. Y para ellos el balance de la década era virtuoso. Dos años después todo se caía a pedazos. Por eso, que haya otras voces en el espacio público, otro tipo de expertos permite tener una mirada más rica. Esto ha cambiado. En términos disciplinarios y en términos teóricos e ideológicos. Porque lo que sucedió en los 90 no fue sólo que los economistas monopolizaron el debate. Sino que hubo una figura muy central de economista, vinculado al «mainstream», a esa confianza casi irreflexiva en las virtudes de los mercados desregulados, que cooptó completamente la voz autorizada. Después de 2001 resurgen voces dentro del debate económico que prácticamente habían quedado afuera de la disciplina durante una década.

   —Desde que se fue (Roberto) Lavagna hubo unos años en los que no hubo ministro de Economía como figura fuerte. Ahora, con el cambio de contexto económico, ¿hay una suerte de revancha?

   —Lo primero que diría es que el libro muestra las virtudes de la crítica en general. La importancia de tener voces críticas en todo momento, más allá de la adscripción de esos sectores que alertan o señalan insuficiencias. Es cierto que la situación de la última década fue diversa. Hubo momentos en los que los economistas discreparon entre sí. En gran medida, los años de Kirchner fueron acompañados con bastante apoyo por parte de ciertos miembros de la profesión. Y después hay algunos hechos como la intervención del Indec, los controles al comercio exterior y a los precios, que generaron discusiones. Hasta llegar en el 2008, con la crisis del campo, y a esta suerte de dicotomía que les gusta a algunos economistas entre populismo y racionalidad económica. En realidad, esa dicotomía aparece muy tardíamente, al final del segundo gobierno de Cristina. No va a estructurar la discusión de toda la década. En este punto hay como un doble nivel. En los discursos públicos, las disidencias entre los pares se soslayan un poco en pos de posiciones más taxativas. El libro analizó mucho de lo que se publicó pero también hay charlas con economistas de distintas corrientes. Y ahí las posiciones en general son menos rígidas, más empáticas con los desafíos que supone la función pública, con los dilemas que supone el gobierno, que a veces los lleva a elegir entre dos cosas valorables que no se pueden alcanzar a la vez. Hay momentos en que la discusión económica se crispa, como entre 2008 y 2013, y momentos como este en los que hay que salir a proponer. Entonces, el antagonismo con el ministro de turno, si bien puede ser fuerte, se matiza porque ¿qué harías vos en su lugar? Y aparece una discusión más práctica y más concreta que es bueno recuperar.

   —Menciona en el libro en el tema de la distinción entre economia y politica, entre expertos con recetas adecuadas y políticos que fallan.

   —Desde el discurso de muchos economistas siempre las fallas se atribuyen a la implementación, a las inconsistencias de quienes los acompañan en el gobierno y que no adoptan con la profundidad necesaria ciertas reformas. En algunos casos esa hipótesis es válida. En muchos otros, cuando uno habla con los que acompañaron ciertas reformas, se da cuenta de que los ministros tomaron decisiones con conocimiento de causa. Se los alertaba sobre las consecuencias de las medidas que adoptaban. A a veces salió bien y a veces no. A veces, el germen de la propia destrucción anida en el éxito inicial que se tuvo. Por ejemplo, si lográs anclar las expectativas inflacionarias al dólar, cuando controlaste el dólar controlaste la inflación. Lo que pasó entonces que que cuando dejaron de controlar el dólar la inflación se recontradisparó. El otro tema importante es esta oposición entre política y técnica. Tiene muchos componentes. El más importante es suponer que desde el conocimiento se puede gobernar sin tener que tomar decisiones morales. En economía, las decisiones suponen que hay quienes se benefician más y otros que se benefician menos. Lo mismo pasó en el mundo. A partir de los 70 pagó estabilidad económica con desempleo. Y ahi está España, Francia, con tasas muy altas de desempleo. Las decisiones de política, aún las tomadas por las personas más formadas, suponen dilemas desgarradores. Y uno puede estar más o menos armado con estadísticas, procedimientos metódicos y asesorías, pero en algún momento va a tener que decidir y esa decisión tendrá impactos concretos.

    —Desde el punto de vista de los economistas esa es responsabilidad de los políticos.

   —Es una responsabilidad compartida. Es cierto que el político pone la cara. También ahí hay toda una discusión muy interesante sobre qué significa el poder. A veces significa la visibilidad, tener la capacidad de que la gente se interese en algunos temas. Lograr la elaboración de diagnósticos y de políticas también es una manera de participar en la toma de decisiones. Durante mucho tiempo del período analizado en el libro, el lugar de la autoridad presidencial fue simplemente refrendar con su firma productos que habían sido elaborados por otros. Desde ese punto de vista, la política es un mero aparato de acumulación electoral para después llevar a cabo decisiones que no suponen ningún compromiso con lo se se ha votado. En ese sentido ojalá también hayamos avanzado.

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