Economía

Economías con una nueva identidad

Los efectos nocivos del capitalismo sobre el ambiente y las relaciones humanas generaron otras formas de pensar y encarar los negocios. La sustentabilidad como eje.

Domingo 16 de Junio de 2013

Las evidencias cada vez más reiteradas acerca de la destrucción ambiental que trae a la rastra el capitalismo financiero han provocado en grupos de académicos, científicos y ciudadanos, la multiplicación de propuestas que apuntan, como mínimo, a su reemplazo por un “capitalismo sustentable” que permita la convivencia entre este modo de producción y la naturaleza.

   En ese recorrido, desde las propias ciencias económicas y otras disciplinas se formaron durante los últimos veinte años al menos nuevas visiones sobre la forma que deben adoptar las relaciones económicas para garantizar la sustentabilidad de los ambientes. Esas “nuevas economías” incluyen desde innovadoras maneras de organizar la vida de las empresas (con las llamadas empresas B a la cabeza) hasta nuevos hábitos de consumo conformados desde los propios ciudadanos en lo que se denomina la “sharing economy” o “economía del compartir”.

   En torno a temas como estos giraron varios de los paneles que animaron, sobre finales del mes de mayo, el II Foro Latinoamericano de Desarrollo Sostenible que tuvo lugar en la ciudad con la presencia de especialistas y ONGs que compartieron saberes y preocupaciones con estudiantes, trabajadores y curiosos.

Nueva organización. El replanteo sobre la manera de hacer negocios y la búsqueda de armonizar los beneficios económicos con el respeto del medioambiente se ha instalado —con diferente intensidad— en el debate público de los últimos 20 años. En la opinión del sociólogo y economista Ricardo Abramovay, profesor del departamento de Economía de la Universidad de San Pablo, en Brasil, lo que se conoce como empresas B forma parte “de un nuevo movimiento social” nacido y criado en el medio empresarial que busca promover iniciativas que van incluso más allá de la responsabilidad ambiental.

   “Se trata de hacer de los negocios un verdadero medio de cambio”, se entusiasmó el experto, quien apuntó a nuevos ciclos de producción que terminen en el reciclaje y la reutilización, para poder así anular o disminuir al máximo el concepto de basura.

   “Se trata de cambiar de lógica para adoptar formas de economía circular, donde se reemplaza la secuencia extracción / producción / distribución / consumo / desecho para reeemplazarla por otra lógica en forma de espiral donde no existe el “afuera” o “la basura”.

   Entre los rasgos más distintivos que caracterizan a esta nueva forma de organización empresarial, el primero que se destaca es su “sentido de la urgencia”.

   “El cambio en el clima es tan grande que es como si estuviéramos cambiando de era geológica, es para algunos la década más importante de la historia desde ese punto de vista y no se puede esperar para accionar, hay que revertir el ritmo de cambio de la biodiversidad y del clima ya mismo, no dentro de 20 años”, dijo el experto.

   Se trata, de alguna manera, de romper con los esquemas impuestos por la llamada “corporación modelo 1920”, que separó de manera total la vida de las corporaciones de sus responsabilidades comunitarias y sociales, para implantar una nueva “corporación 2020” que vaya en sentido contrario.

   A la urgencia por el cambio se agrega, en segundo lugar, un propósito y una búsqueda de sentido en el mundo del trabajo. “Cada vez más, las personas precisan buscar trabajos con sentido, por eso hay un movimiento cada vez más fuerte que va en contra de la insatisfacción laboral”, afirmó.

   Bajo esa pérdida de sentido aparecen varios rasgos de la forma moderna de producción, como la separación (moldeada durante la Revolución Industrial) entre ética y economía. “En el siglo XVIII quedó establecido que las empresas sólo debían moverse según finalidades utilitarias. Es hora de reintegrar la economía y la ética.También se separó la sociedad de la naturaleza, y es hora de volver a hacer una declaración de interdependencia”, explicó Abramovay.

   En ese sentido, se preguntó si es realmente necesario producir más alimentos, en un mundo con una verdadera epidemia de obesidad: “Hoy hay más gente obesa que con hambre”.

   Algo parecido ocurre con los autos, subrayó, ya que el parque automotor de las grandes ciudades es tan desmesurado que ya no cumplen con su objetivo de acelerar los traslados. “Hay cada vez más autos, pero cada vez menos movilidad”, dijo el experto, para quien los vehículos “ya no pueden convivir con las ciudades”.

   “Los autos particulares han perdido su propósito, y hoy son ineficientes desde un punto de vista energético, estrangulan la circulación, y responsables de diseños urbanos deshumanizados. Es cada vez menos obvia la asociación entre esos vehículos y la libertad a la cual estuvieron ligados hasta mediados del siglo XX”.

Economía del compartir. El actual modo de producción, fruto de un liberalismo sin regulación ni asignación de responsabilidades ambientales, genera grandes cantidades de costos ambientales ocultos como en la gestión del agua, de los gases de efecto invernadero o de la basura.

   “Estamos en un sistema global de precios mentirosos: hay que atribuirle un precio a los elementos de la naturaleza por los que las empresas hasta ahora no pagan, son verdaderos costos ambientales que les salen gratis y de los cuales abusan”, agregó.

   Otra de las nuevas maneras de entender las relaciones económicas tiene que ver con la llamada “sharing-economy” o economía del compartir, basada en que el uso de los bienes es más importante que su propiedad.

   En ese punto, la gran puerta para que funcione es a partir de la masificación de internet, como ya pasa en la esfera de la cultura con YouTube o la escucha de música on line, donde se consume sin comprar.

   También empieza a verse en el dominio material, como a través de los sistemas de autos compartidos, bastante utilizado en grandes ciudades europeas.

   Otra forma de economía del compartir aparece gracias al mayor acceso a herramientas tecnológicas para producir lo que sea, como ocurre con los “fab-labs” o laboratorios de fabricación.

   Se trata de espacios de producción de objetos físicos a escala personal o local que agrupan máquinas controladas por ordenadores. Su particularidad reside en su tamaño, y en su fuerte vinculación con la sociedad.

   Esta fusión de la sharing-economy con los dispositivos digitales recién empieza a mostrar todo su potencial, aunque para Abramovay se trata de una tendencia en crecimiento que será cada vez más frecuente en las ciudades.

Nuevo ADN empresarial. En todo ese tablero de innovaciones en el consumo y en la producción, las denominadas empresas B ocupan un lugar de pioneras.

   Pedro Tarak, abogado y fundador de la ONG Avina en América latina, explicó que se trata de firmas que incluyen dentro de sus estatutos responsabilidades no sólo hacia los capitalistas, sino también respecto a la sociedad y al medio ambiente.

   “En las empresas B, el ¿para qué? aparece en el objeto estatutario, lo cual nos cambia de las formas jurídicas de hace 200 años que seguimos usando, donde se privilegian los derechos de los detentores del capital por sobre todo el resto”.

   En estas nuevas firmas se amplía la responsabilidad fiduciaria hacia la comunidad, el medio ambiente, la cadena de valor y los colaboradores, e incluso aparece la figura de un tercero independiente que es el encargado de evaluar esas relaciones.

   Como ejemplo en Argentina citó a la empresa Guayakí Latin America, una firma que trabaja en conjunto con productores de yerba mate orgánica certificada y bajo sombra de especies nativas de la Mata Atlántica en Argentina, Brasil y Paraguay.

   Uno de los objetivos de la empresa, por estatuto, es la conservación y el desarrollo de las comunidades mediante la comercialización de sus productos en Estados Unidos y en Canadá.

   “Las iniciativas aún son minoritarias, pero emblemáticas. La empresa de artículos deportivos Puma, por ejemplo, lanzó un movimiento llamado environmental profit & loss donde calcularon los costos ocultos del uso que hacen de cinco servicios ecosistémicos, y los valuaron en 145 millones de euros. El resultado fue que pasaron a planear productos que eliminan esos costos”, ejemplificó. •

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