Economía

Dólares y salarios en la economía PRO que se viene

Analistas consideraron que los salarios medidos en dólares deberían caer 30 por ciento para “recuperar competitividad”. En otras áreas estimaron que se avanzará de manera gradual.

Domingo 29 de Noviembre de 2015

El programa económico del gobierno que encabezará Mauricio Macri a partir del próximo 10 de diciembre combinará medidas de acción inmediata como el levantamiento del cepo y la desaparición de algunas de las retenciones al campo —promesas repetidas hasta el hartazgo durante la campaña—, con otras que se desplegarán a más largo plazo y que tendrán a la depreciación del peso respecto al dólar como espada más filosa.

   El camino devaluatorio, de menciones recurrentes pero difusas en las últimas semanas por parte del candidato victorioso y agitado como fantasma por el lado del candidato perdedor, significa en los hechos que al menos una parte del ajuste presentado como “inevitable” se hará sobre los salarios, ya que el costo laboral unitario en dólares de los trabajadores argentinos es considerado como un elemento central de la escasa competitividad nacional.

   En números duros, se estima que el poder adquisitivo de los salarios caerá hasta un 30% medido en moneda estadounidense, un impacto feroz sobre el bolsillo que sólo podría ser tolerado en la medida que no caigan los niveles de empleo, según las especulaciones previas que se hacen en los búnkers del flamante oficialismo.

   Así lo manifestaron los consultores Ricardo Arriazu y Eduardo Fidanza durante la conferencia “Descifrando el futuro” organizada la semana pasada por el Banco Industrial en Buenos Aires, donde junto al economista Mario Blejer analizaron la herencia dejada por los gobiernos kichneristas, el nuevo escenario global, y enumeraron algunas de las prioridades de gestión que —imaginan— tendrá la administración macrista. “La política económica del nuevo gobierno estará marcada por un gradualismo con shocks sectoriales”, resumió Arriazu, quien consideró que entre esos sectores elegidos para poner quinta velocidad y dar rienda suelta al ADN amarillo estarán la actualización de las tarifas de servicios públicos, la política oficial hacia el sector agropecuario, y por supuesto, el tipo de cambio.

   En ese escenario, el sentido real de la palabra gradualismo se explica porque tanto para Arriazu como para Fidanza “no hay lugar para un ajuste global”, tanto por lo ajustada que resultó la victoria de la oposición sobre el candidato oficialista Daniel Scioli, como por la ausencia de mayorías parlamentarias que enfrentará el gobierno entrante en las dos cámaras del Congreso de la Nación.

   “Macri ganó porque supo subirse a lo que denominó la ola, que es un movimiento de opinión que se vuelve mayoritario circunstancialmente, pero su victoria no se apoya en un hecho social consolidado. La mitad de sus votantes quiere algunos cambios, pero no un giro de 180 grados”, explicó a su turno Fidanza.

   A ese complicado escenario interno con el electorado dividido en mitades casi perfectas, se agrega un frente externo decididamente malo, con el gobierno de Dilma rascando la olla y los precios de los granos en un declive lento pero persistente. “Se terminó el viento de cola, ahora tenemos viento de frente, y bastante intenso”, dijo Blejer en su presentación.

La herencia. Según la visión de Arriazu, el nuevo gobierno se encuentra con un país que cuenta con varias ventajas a su favor que le permitirían una rápida reactivación de su economía.

   Algunas vienen heredadas desde casi siempre, como un buen nivel educativo en líneas generales y la consabida riqueza de los recursos naturales patrios.

Otras tienen su explicación en razones externas, como la demanda global de productos agroalimentarios por parte de los países asiáticos.

    Un tercer grupo de factores encuentran su razón en algunas de las políticas desplegadas por las gestiones salientes, entre las cuáles Arriazu citó la solidez del sistema financiero (con buenas tasas de ahorro), una tasa de interés todavía baja, el bajo nivel de deuda pública, los buenos niveles de empleo y las mejoras registradas en distribución de la riqueza y lucha contra la pobreza.

   Del otro lado de la balanza, el economista ubica las dificultades que existen: déficit creciente, falta de reservas en el Banco Central, excesivo gasto público, elevado costo laboral unitario en dólares, distorsión de precios, inflación, control de capitales y deterioro de la infraestructura.

   “No se necesita un ajuste general, el escenario no es como en 1989 o en 2001, aunque sí se precisan ajustes micro sobre todo respecto al costo laboral, como a las tarifas de servicios públicos”, dijo durante su presentación.

   El economista se mostró cauto respecto a 2016, un año que encontrará a Argentina con su principal socio en recesión, y con una caída del valor de la cosecha que estimó en 4.500 millones de dólares.

   “No hay más reservas, así que acabó el dólar ahorro y el turismo subsidiado. Hay que ver de dónde se van a sacar fondos”, agregó.

Nuevos consensos. Por su parte, Fidanza se sumó a la idea de que se viene una suerte de gradualismo obligado: “Entramos en una etapa de mediaciones, donde habrá que negociar aunque se termina la era del borramiento del otro, del que no piensa como uno”.

   Para el sociólogo, el estilo del PRO es “más instrumental que ideológico”, con eje en la gestión práctica a lo que suma un poco de construcción política, y otro tanto de buen marketing.

   Por el lado de las fortalezas, enumeró las expectativas favorables que el recambio político genera tanto a nivel interno como externo, un gabinete “de calidad”, y la división del peronismo.

   Sin embargo, alertó contra la legitimidad “ilusoria” que dejó el ballotage, ya que el núcleo duro del PRO ronda el 25% de los votos cosechados por Macri, mientras que otro tanto quiere modificaciones pero defiende al Estado como actor importante de la vida económica y social.

   “La diferencia fue exigua y el equilibrio será delicado. Sin mayoría legislativa, Macri tendrá que administrar con pocos recursos las demandas de una sociedad exigente”.

Mundo en crisis. El momento global que le toca al gobierno de Cambiemos no es el mejor. Según Blejer, si bien existe cierta recuperación el mundo atraviesa una “recesión del crecimiento” que se traduce en tasas de actividad mediocres con fuertes desigualdades regionales. Además de Europa, esta vez los que se llevan la peor parte son los países emergentes, sobre todo aquellos que exportan commodities agrícolas, donde las monedas se deprecian volviendo a repetir una debilidad histórica. 

“Pasamos del bloque conocido como los Brics a una nueva imagen que se llama The fragile five, o los cinco frágiles, donde India es reemplazada por Turquía”, dijo el especialista, para quien la era de los emergentes “se terminó”. El panorama no es bueno para Argentina: con Brasil penando y envuelto en escándalos de corrupción , China con tasas de crecimiento en baja, la soja en el tobogán y el petróleo barato “se acabó el viento de cola”.

Un escenario 2016 con el desafío de la inflación.  El último informe del estudio que dirige Miguel Bein alerta por la estampida inflacionaria de noviembre, que con un indicador mensual del 3% duplicó los indicadores de meses anteriores, que promediaban el 1,5%.

También presenta “un primer escenario” para 2016 con un dólar a $13,8 a fines de diciembre de 2015 y un tipo de cambio promedio de $14,8 para todo 2016. Respecto a las paritarias, estima aumentos en torno al 28% y un aumento de la tarifa eléctrica en torno a 350%.

“Si esto ocurre, en 2016 la economía caería en torno al 2%, con un consumo que lo hace algo más rápido y una tasa de inflación promedio en torno al 40%”.

El informe señala que hasta que Mauricio Macri se convierta en el neuvo presidente de los argentinos, “el país convive con un BCRA ilíquido y una demanda por cobertura dólar que ya, sin venta de nuevos contratos a futuros, empieza a filtrarse en forma creciente a los precios internos”.

Esto ocurre, según el estudio, en parte como contracara de las decisiones de los agentes privados “frente a la expectativa de una corrección cambiaria más rápida en una economía altamente protegida”, pero también en parte como contracara de la decisión de política de postergar algunos de los aumentos para después de las elecciones “tal lo ocurrido con el precio de los combustibles, cuya indexación al dólar (a un precio 50% por encima del internacional) dejó de operar en septiembre pasado y volvió a operar al día siguiente del balotaje”.

La advertencia inflacionaria es clara: “Luego de un año en que la inflación se ubicaba en la zona de 1,6% mensual promedio, los datos de noviembre apuntan a 3%”.

Mientras tanto, las nuevas regulaciones del Banco Central de la República Argentina para obligar, una vez más, a los bancos a desprenderse de dólares operan con urgencia para conseguir cajas alternativas para financiar la gestión hasta el final.
Según Bein, más allá de los intentos tanto del gobierno saliente como del entrante por distribuir los costos de las correcciones pendientes “lo cierto es que en un esquema con cepo sigue siendo el BCRA el que, casi en ausencia de operaciones, maneja la paridad cambiaria oficial, mientras la escasez de divisas se filtra a la brecha y a la actividad”.

Para el economista, el margen para levantar el cepo aunque sea sólo por los flujos el primer día “corre el riesgo de overshooting cambiario y/o de tasa de interés”.

“Si bien asumir este riesgo sin tener aseguradas las reservas está en las antípodas de nuestras recomendaciones, pareciera ser la agenda del flamante presidente, quedando los niveles de tipo de cambio y/o tasa de interés en manos del éxito que tengan en conseguir dólares rápido y de las decisiones que se tomen de mantener algunas restricciones cuantitativas para algunos flujos, sobre todo los asociados a grandes volúmenes”, resumió el trabajo.

Además del capítulo inflacionario, el trabajo aborda otras asignaturas pendientes: la cuenta de subsidios (contracara del desajuste tarifario en sectores de servicios públicos y combustibles) y la brecha fiscal, “en un contexto donde la indexación corre en torno al 23%”.

“Es cierto que una aceleración de la inflación ayudaría a licuar el gasto, no obstante esto depende directamente del manejo de la puja distributiva y de la gobernabilidad, pero fundamentalmente del manejo tributaria”.

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